JULIO CÉSAR Y EL GUADALQUIVIR

El destino quiso que fuese testigo de excepción del discurrir de la historia. Durante milenios los pueblos se extendieron por mis orillas, bautizándome con muchos y diferentes nombres. En la época en que transcurre mi relato fui conocido como Baetis, y la ciudad que fielmente me acompaña en el serpentear incierto de mis aguas, Corduba. En aquel tiempo, la mayor parte de Hispania era provincia romana…

Al mando de dos legiones, Julio César luchaba en la Ulterior por liberar a la región de Varrón, el legado pompeyano que sangraba a impuestos a los provinciales, intensificando sus acciones contra aquellos que suponía enemigos de Pompeyo. Sin embargo, bastaron la fama y popularidad del general para sofocar las revueltas. Su gran talento estratégico y dotes de mando, le hacían ganarse la confianza de sus hombres a la vez que elevaba su moral.

… yo pude ver la admiración en sus ojos y el respeto cuando se dirigían a él. Presencié cómo velaba por los suyos. Jamás le ví disfrutar de más privilegios que sus soldados…

Mientras marchaba hacia la ciudad que había cerrado las puertas a las fuerzas pompeyanas, hizo público un edicto en el que convocaba a los principales de las ciudades para ponerse a su disposición. La reacción de sus partidarios, abundantes entre la población cordobesa, no se hizo esperar y la mayor parte de las ciudades enviaron una representación de su senado. Ante estos hechos y viéndose en clara minoría, Varrón no tuvo más remedio que rendirse, lo que hizo en Córdoba dando detallada cuenta de sus bienes, arrebatados en su mayor parte a la población. En la Ulterior, la lucha entre César y Pompeyo parecía tocar a su fin.

Después de pasar unos días en Córdoba y agradecer públicamente el apoyo recibido, el espíritu conquistador del general le llevó a embarcar rumbo al sur de la Galia, en donde habría de ser nombrado dictator, no sin antes dejar como propretor a Q. Casio Longino. Ahora la voluntad de César regía los destinos de la región. Con el tiempo, el nuevo gobernador comenzó a forjarse numerosos enemigos entre sus administrados pues para enriquecer a sus amistades y pagar sus deudas, Casio presionó fiscalmente a los provinciales entre los que comenzó a brotar la inquietud. Al mismo tiempo, trató de ganarse el favor de las legiones dejadas a su cargo (que no le tenían especial simpatía), prometiéndoles fuertes recompensas que pretendía reunir mediante la extorsión económica.

En la primavera del año 48 a.C. recibe noticias de César que le ordena enviar sus tropas a África, donde la resistencia pompeyana está siendo claramente apoyada por Juba, rey de Mauritania. La idea de abandonar la región no tiene muy buena acogida entre las tropas, que no ocultan su descontento. El resultado de todas estas circunstancias fue un ambiente claramente hostil hacia Casio, que desembocó en un frustrado intento de asesinato.

… a la tenue luz de la media luna un grupo de sombras merodeaba por las calles empedradas, silenciando sus pasos furtivos. Tras las columnas acechaban el paso de su víctima, ajena a los sutiles entresijos de la conspiración. Como rapaces carroñeros se abalanzaron sobre su presa, que, advertida por la Fortuna, lograría escapar. Clamores procedentes de la ciudad llegaron hasta mis tranquilos parajes. Los cascos de los caballos golpearon mis aguas al galope y las antorchas prendieron los juncos de mis orillas invocando la luz del rey de los astros. La inquietud recibió al alba…

Tras el atentado prosiguieron los preparativos para la marcha al continente africano, con el consiguiente expolio a las arcas de sus administrados más poderosos. Pero un nuevo acontecimiento habría de mover los hilos del destino. Algunas legiones, las que todavía eran fieles a Pompeyo (como la Vernácula que durante mucho tiempo sirvió a Varrón), se sublevaron. Los detractores de Casio encontraron apoyo entre sus enemigos y en la indecisión de la población, que no sabía qué partido tomar. Finalmente la ciudad se levantó en armas. Cuando César tuvo conocimiento de estas noticias, ya las tropas de Casio retornaban a Córdoba para intentar recuperar la plaza…

… apostados en las márgenes de mi cauce, los ejércitos se disponen a combatir. Las ondulaciones de la llanura se extienden hacia el horizonte entre el verdeante mar de espigas, mecidas por el frío viento del norte, presagio de la inminente llegada del invierno. Polvorientas y fatigadas, las legiones avanzan sin pausa hacia su destino mientras los jinetes en sus cabalgaduras cierran la comitiva de la muerte. De nuevo el combate entre hermanos… de nuevo el dolor de Roma… Los estandartes apuntan al cielo. El silencio se rompe con el estruendoso ruido de los tambores. Comienza la batalla…

Sin embargo, y a pesar de todas las circunstancias adversas, no había en la comunidad cordobesa un declarado sentimiento de hostilidad hacia el general, sino más bien un evidente deseo de liberarse de Casio. Así, cuando César designó a Trebonio como nuevo legado para gobernar la Ulterior, la población sublevada e incluso las legiones rebeldes se sometieron a su voluntad.

Pero poco tiempo habían de durar así las cosas. El conventus de ciudadanos romanos estaba claramente dividido entre Pompeyo y César y aunque eran mayoría los sectores procesarianos, la ciudadanía adoptó una ambigua actitud… amargamente lamentada después. Las revueltas no se hicieron esperar y las fuerzas pompeyanas, encarnadas en los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto, se hicieron fuertes en Córdoba, mientras que Julio César hizo lo propio en Obulco. De nuevo la lucha…

… no tardaría César en llegar hasta mí y colocar su campamento en la orilla sur. La provincia fue el escenario de numerosos y sangrientos enfrentamientos entre los dos ejércitos. Mis ojos enceguecidos ante tanto dolor cubrieron de luto las aguas. Y las aves plegaron sus alas y las estrellas apagaron su luz y el frío cubrió de escarcha los corazones… Corría el año 45 a.C. y la paz no parecía estar cercana. El silencio recibió la llegada del invierno…

Aquel año Julio César había sitiado y tomado Ategua, donde sería proclamado imperator una vez más. Desde allí partió, al frente de sus legiones, hacia la ciudad de Munda, donde habría de tener lugar el encuentro entre los dos ejércitos, la batalla final. Los heraldos de la victoria le aguardarían mientras la guerra expiraba entre estertores de muerte. Pero Córdoba aún tendría que vivir trágicos momentos pues la ciudad recibiría el castigo que su incierta conducta había provocado. Los últimos reductos pompeyanos, negándose a ceder ante la evidencia de la derrota, incendiaron la ciudad provocando la cólera de César. Córdoba ardía y mientras el fuego purificador barría los rescoldos del odio y del rencor, la desolación se abrió paso entre los destellos rojizos de las llamas. Extinguidos por fin los focos de insumisión, Julio César salió de la ciudad para nunca más volver…

… anochece en la ribera, mis aguas se tiñen con los reflejos púrpura del atardecer. Es la hora de la despedida. Muchos fueron los hombres que surcaron mis aguas, muchos también los que cruzaron mis puentes y grandes los pueblos que se asentaron en mis orillas. Pero sólo uno entre todos sería más tarde conocido como “amo del mundo”…

Julio César fue conquistador, general, orador y, sobre todo, político. Un hombre que siempre hizo lo justo en el momento oportuno, fiel a sus principios.

… cuando caía la tarde y las antorchas iluminaban la oscuridad, una sombra paseaba entre las tiendas respirando el aire del sur, compartiendo las horas nocturnas con los centinelas o contemplando el reflejo del cielo estrellado sobre mis aguas…

Al abrigo de la noche, el estratega daba paso al intelectual que cultivaba prácticamente todos los campos del saber: ingeniería, astronomía, estudios sobre la lengua latina… y en todas estas tareas se desenvolvió notablemente. Pero su trascendencia va más allá de sus conquistas militares o sus tratados literarios. Extendió la ciudadanía y el sentimiento de ser romano por los amplios dominios del Imperio y dio cohesión a territorios sumidos en eternas disputas.

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