Julián Herbert: “En esta novela dejé la mitad del hígado”

Cuando era niño y adolescente mi madre se dedicó a la prostitución”. Julián Herbert sabía que esa época de su vida era materia narrable, pero no hallaba la forma de acercarse. “Como buen polizón de la clase media, me causaba vergüenza”. El detonante lo encontró en 2008, cuando su madre cayó hospitalizada debido a la leucemia. Las notas que escribió a pie de cama, como un ejercicio de la memoria, le sirvieron para construir Canción de tumba (Mondadori), una novela a la que él llama testimonial “no porque los hechos narrados no sean autobiográficos, sino porque la técnica de la narración es mucho más la de una novela que la de una autobiografía”. Finalmente, dice, es una versión de su pasado.

La novela, con la que obtuvo el Premio Jaén, otorgado por el Centro Cultural Caja Granada de la comunidad de Andalucía, España, es la historia de un hombre que cuida a su madre durante su larga hospitalización mientras recupera los recuerdos de su sórdida infancia, transcurrida en diferentes ciudades de México adonde ella ejerce la prostitución. La narración en primera persona, construida en tres episodios, transita de la crudeza y el testimonio al estado febril. Y su título es un juego de palabras entre la tumba y la cuna, una referencia a la muerte y el nacimiento pero también a la propia construcción del relato.

“Es un libro sobre la muerte, la prostitución, la pobreza, los bajos fondos, pero más que eso, sobre qué significa contar una historia, qué implicaciones tiene para cada persona”, dice Herbert en esta entrevista.

La memoria, sostiene el también poeta y ex vocalista del grupo de rock Madrastras, es una ficción en sí misma. Con un narrador que pasa del cinismo al sentimentalismo sin menoscabar una prosa aguda y trabajada con rigor, Herbert construye un ejercicio de estilo vuelto “mecanismo –consciente, racional–, de defensa contra el sufrimiento”.

“Quería que la novela se fuera a todas las direcciones posibles. Clive Barker, un narrador de historias de terror, dice algo que a mí me clavó mucho desde chavo: la verdadera habilidad que define a un narrador es no apartar la vista del objeto con el que trabajas. Si haces una escena sentimental debes dejarla existir, y si construyes un monstruo, tienes que lograrlo. Es una lección que traté de usar en esta novela”. ¿La razón? No desbarrancarse en el melodrama. No por pudor, sino por hartazgo.

Evidentemente la novela parte de la enfermedad…

Sí, pero desde una experiencia privada, a contraluz de la literatura de Thomas Mann, de toda esta invención que hay alrededor de la enfermedad como un mundo, como un ejercicio de debilitamiento que de alguna manera produce un grado de lucidez. Pienso más en el enfermo que en el espectador.

Creaste un narrador muy cínico, acorazado en sí mismo para protegerse.

Hay una razón técnica. En general, no creo ser tan cínico, y la novela no es propiamente cínica aunque el narrador tenga ese tono. Finalmente él también es un personaje. La decisión tiene que ver con un impulso de vida, de furia también de algún modo. Me importaba mucho que la novela caminara en todas las direcciones posibles al mismo tiempo y que no sólo fluyera el relato terrible. Corría el riesgo de desbalancearse si hubiera sido completamente cínica y hubiera prescindido de algunas cosas, como por ejemplo de la relación con mi hijo Leonardo. Debe ser la parte más riesgosamente cursi de la novela, pero tenía que confrontarme con mi condición como padre después de narrar esta historia familiar. No podía dejarlo fuera por sentimentalismo.

Una de las tres partes de la novela se desarrolla mientras el personaje está en un estado febril en Cuba, ¿cómo lo trabajaste?

El acercamiento a la fiebre me permitió moverme por distintas tonalidades de la percepción. Al menos ésa era la intención al escribir el texto. Mi cercanía con la fiebre tiene tres fuentes: una, la literaria; la otra es la experiencia directa de haber padecido algunas enfermedades y de tener al menos una relación con la intoxicación muy presente y muy constante, como experiencia personal, física, intransferible. Y finalmente la tercer fuente es la enfermedad de mi madre, la contemplación de ese vacío que es una enfermedad profunda, destructiva, completamente avasalladora, que te destruye como ser humano. Esa es la parte del libro con la que yo no quería ser cínico. Sí me importa decir que el sufrimiento no es una cosa que nos inventamos. Además, es la enfermedad entendida como una metáfora del mal social, de la desaparición de la solidaridad, de un cuerpo, en el caso de la sociedad, de un cuerpo social que es derrotado por sus cánceres.

También hablás de temas como el narcotráfico y del presidente de México, Felipe Calderón, de forma crítica aunque parecen chacoteos…

Tenía que abordar al país. No me clavé, aunque hay un par de fragmentos muy frontales acerca de Felipe Calderón, no era mi intención, porque es el presidente de la república y la presidencia de la república (en México) es un símbolo de lo más depurado de la mexicanidad. Si esto es verdad, este país es un basurero. No es Felipe Calderón, es la constante decepción que como símbolo de la mexicanidad significa la presidencia de la república. Y en cuanto al narco, traté de eludir el tema porque me parecía muy fácil y está de moda, pero sí llegó un punto en el que me di cuenta de que un escritor que no se encierra en sí mismo y que quiere participar de la visión del mundo que se construye en México a nivel social, tenía que entrarle al tema. Procuré no construir el absoluto denuesto contra las autoridades, hay denuesto por supuesto pero no he querido que sea absoluto. Y tampoco quería decir allá está el narco, esos malignos, ellos nacieron en el mismo país que yo, son un producto de la misma sociedad donde vivo, que los políticos mexicanos no quieran reconocerlo es otra cosa.

Es evidente tu preocupación por la forma, el estilo, el mecanismo narrativo de la novela, la voz del personaje…

Ahí es casi a medias un tic nervioso y un sentido de los escrúpulos que de verdad importan. Y siento que hay un compromiso vital con la forma. Yo escribo en voz alta, por ejemplo, me importa que las palabras resuenen, que tengan una cadencia, una resonancia unas hacia las otras. Es una novela esforzada, en la que dejé la mitad del hígado. Me enorgullece sentir que no le regalé mi hígado al olvido.

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