JUAN PABLO II: EL PAPA, EL HOMBRE

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras».

De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme». (Jn 21, 18-19)

El querido Cardenal Estanislao Karlic supo, hace poco, preguntarme cómo iba a festejar la escuela católica argentina la beatificación de Juan Pablo II. Desde Consudec siento que hemos quedado en deuda de gratitud para con Dios por el inmenso regalo que nos hizo en nuestro Beato Papa. Ni hablemos, si de gratitud se trata, cuando, por lo menos, una generación de argentinos le debemos estar vivos.

A su vez, el mismo Señor Cardenal me recordaba que cuando la Iglesia quiere enseñar algo siempre hace una fiesta. A veces me da la sensación que estamos enseñando poco porque nos cuenta mucho hacer fiestas. En un lenguaje futbolístico cuando un equipo no pone todo lo que hay que poner se le dice que son unos “pechos fríos”. Quiera Dios descongelar nuestros, a veces, “fríos pechos evangelizadores” que han perdido las ocasiones de festejar.

Esta pobre editorial quiere ser, entonces, un homenaje agradecido y reparador por la fiesta que no pudimos, no supimos o no quisimos hacer y perdimos así la posibilidad de enseñar cómo se agradecen los dones de Dios.

Quiero también dejar sentado que es imposible resumir en pocas palabras lo que el pontificado de Juan Pablo II ha significado y significa para la Iglesia, para el mundo y para la Argentina.

Me limitaré, por lo tanto, a destacar algunos aspectos del magisterio y el testimonio del Sumo Pontífice, que más han impactado en mi vida sacerdotal. Espero les sea de provecho.

En la tarde del 16 de octubre de 1978, la Iglesia recibía con gozo el anuncio de la elección del cardenal Karol Wojtyla, Arzobispo de Cracovia, como nuevo sucesor de San Pedro en la sede de Roma. Cuando el recién elegido se presentó en la Basílica Vaticana como un Pastor “venido de lejos”, se dirigió al mundo con las mismas palabras de Cristo resucitado, que todavía hoy resuenan en nuestro corazón, casi como una maravillosa síntesis y un programa de lo que iba a ser su pontificado: “No tengáis miedo”, y añadió: “Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo”. Por eso no llamó la atención que su primera carta encíclica estuviera dirigida a mirar a Jesucristo Redentor del hombre.

He aquí, entonces, uno de los aspectos que me parecen fundamentales del mensaje del Papa Juan Pablo II: el señalar que la preocupación central, lo propio del cristianismo es hacerse cargo del hombre, hacerse historia, “La primera verdad que debemos al hombre es, ante todo, la verdad sobre él mismo… ya que la verdad completa sobre el ser humano constituye… la base de la verdadera liberación”(Puebla, Discurso inaugural), cuyo misterio solo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado, Jesucristo, don del Padre para el hombre. La eternidad que se hace tiempo, el rico que se hace pobre, el fuerte que se hace débil. No se entiende Cristo sin el hombre, no se entiende el hombre sin Cristo, no se entiende la Iglesia sin el hombre.

El Papa lo expresará de manera reiterada a lo largo de todo su magisterio pontificio, de tal manera que hará una fantástica integración asumiendo la centralidad que el hombre tiene en nuestro tiempo con el misterio de Cristo redentor, quien tiene como centro saberse enviado por el Padre para rescatar al hombre con quién el mismo Señor se identifica. La humanidad es Sacramento de Cristo:

“En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo” (RH 10)

“La Iglesia, en consideración de Cristo y en razón del misterio, que constituye a la vida de la Iglesia misma, no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre… Tal solicitud afecta al hombre entero y está centrada sobre él de manera particular. El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza con Dios mismo… Mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre” (RH 13)

“…este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo.” (RH14)

“Para nosotros los cristianos esta responsabilidad se hace particularmente evidente, cuando recordamos la escena del juicio final… tuve hambre y no me disteis de comer… (RH 18)

“El cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que se ha puesto al lado de su criatura” (NM I 4)

“El cristianismo es la religión que ha entrado en la historia” (NMI 5)

Otro aspecto a destacar, que se deriva del anterior, es el de descubrir al mundo, no como un enemigo a evitar y del cual huir, sino como la viña del Señor que tenemos que cuidar y servir. Jesucristo constituyó a la Iglesia como sacramento universal de salvación. Lo dirá en aquella otra magnífica carta encíclica sobre los fieles cristianos laicos, cuando invita a estos a “tomar parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática hora de la historia… Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso. No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor” (ChF3), y no hay excusas para no comprometerse y meterse en el mundo: “las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública” (42). Podemos parafrasear a Juan Pablo diciendo que prefiere laicos que arriesguen, que se comprometan por intentar cambiar el mundo, a laicos puros con olor a naftalina de sacristía.

Unido a los anteriores, brillará de un modo particular, en Juan Pablo II, su pasión por evangelizar a todas las gentes. Nos muestra este desvivirse evangelizador a través de encíclicas, exhortaciones y cartas; innumerables audiencias y más de un centenar de viajes por todos los continentes, multitud de beatificaciones y canonizaciones, esfuerzos ecuménicos, sínodos continentales, jornadas mundiales de la juventud y, al mismo tiempo, su testimonio personal de vida, desde la madurez hasta la ancianidad. Asumiendo y ofreciendo el dolor del atentado y de sus enfermedades.

Juan Pablo II nos alienta a continuar y promover la misión que la Iglesia recibió de Jesucristo, el único Salvador del hombre, para el bien de toda la Humanidad.

Él es el primero en “navegar mar adentro”, en invitar a la Iglesia a realizar una nueva evangelización “en su contenido, método y ardor”. Su solicitud por todas las Iglesias durante su ministerio petrino ha sido, sin duda ninguna, un especial don de Dios, que debemos y queremos agradecer.

Cómo no agradecer sus vistas a nuestra querida y dolida Patria, sus gestiones para que se pusiera fin a la irracional guerra de Malvinas, su mediación para impedir el enfrentamiento fratricida con nuestros hermanos de la República de Chile.

“Tú eres Pedro. Te doy las llaves del Reino… Así fue en agosto y, luego, en octubre del memorable año de los dos conclaves, y así será de nuevo, cuando se presente la necesidad, después de mi muerte…” (Testamento) Fue, Juan Pablo II, a decir de San Ignacio de Antioquia, ese trigo de Cristo que deseó ser triturado en el servicio para convertirse en pan purificado.

Gracias querido Karol por enseñarnos a vivir, y, sobre todo, gracias por enseñarnos a morir.

María Santísima, de quien fuiste, todo suyo, con todos los tuyos, ahora camina contigo tomando tu mano en la vida eterna.

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