Jorge Volpi: “Desde la ciencia, no hay evidencia de que exista el inconsciente”

Jorge Volpi le pone el cuerpo a la polémica. La última vez que visitó Buenos Aires dijo sin más que “América latina –como unidad, como idea– no existe”. La furia de los comentaristas se hizo sentir entonces.

Ahora, sin que lo asuste uno de los promedios de psicoanalistas per cápita más altos del mundos, avisa –en un hotel de Recoleta– que el psicoanálisis es “una gran herramienta de interpretación, pero de ahí a que sea una disciplina científica, quizás haya un abismo”.

El hombre está agotado. Acaba de llegar a Buenos Aires para presentar su flamante novela La tejedora de sombras , que le valió el Premio Planeta Casa de América y, de alguna forma sus últimas y picantes reflexiones sobre el mundo psi.

La tejedora reconstruye la relación extramatrimonial de la atormentada dibujante Christiana Morgan y el futuro jefe de psiquiatría de la Universidad de Harvard, Henry Murray. Un rol fundamental lo ocupan las sesiones con el suizo Carl Gustav Jung a las que ambos se sometieron, luego de que el mejor alumno de Sigmund Freud rompiera con su mentor. “Todas las réplicas de Jung que aparecen son literales, son citas directas de los cuadernos de Christiana”, explica Volpi, que durante un año y medio investigó en los archivos de Harvard la correspondencia entre los amantes, los diarios de Christiana y los retratos de sus visiones que ella pintaba con los trances que Jung le inducía.

Esos dibujos, que aparecen en La tejedora inspiraron en buena medida El libro rojo , de Jung. Volpi mezcló la voz propia de sus personajes con la verdadera de Jung que, por ejemplo, le dice a Christiana: “El (Freud) es un gran profeta, pero sus discípulos usan sus teorías para cerrar las puertas más que antes”.

Christiana era una mujer oprimida y sobrediagnosticada o ¿en verdad estaba enferma?

Ella está deprimida constantemente y busca remedio en Jung. Es fascinante lo que consigue Jung para su propia investigación y a la hora de desarrollar algunas de las habilidades psíquicas de Christiana. Pero en ningún momento pareciera que el análisis la ayude a ser más feliz, me parece un punto de inflexión para juzgar qué tan bueno fue ese análisis.

¿Cree que Jung utilizó a Christiana como un experimento?

Sí.

En el libro se sugiere un romance entre ambos. ¿Existió?

No lo sabemos. Me baso en una carta de Henry a uno de sus amigos en la que él dice que cree que Christiana tuvo algo más que ver más allá de lo estrictamente profesional con Jung. Luego agrega con sarcasmo que “Jung no puede evitar enamorarse de sus pacientes”.

No parece estar muy de acuerdo con el valor psicoanalítico de Jung.

Su técnica me parece una apasionante exploración de la mente, del inconsciente –si es que existe– pero no me parece que lleve a ninguna cura.

¿Y con las otros padres del psicoanálisis? ¿Con Freud? ¿Con Lacan?

Desde la perspectiva de la neurología, no hay prueba científica de que el inconsciente exista tal como lo concibe el psicoanálisis. Es una gran herramienta de interpretación de la cultura, de la religión, del arte: por eso es fascinante para cualquier creador. Pero de ahí a que sea exactamente una disciplina científica, quizás hay un abismo.

¿Usted se analizó alguna vez?

No.

Con este libro, dijo, no quería derribar el psiconálisis sino la idea romántica del “amor absoluto”. ¿El “amor a secas” puede existir sin un final prematuro?

Yo no soy tan escéptico, creo que el amor existe. El problema es la idea de amor que todavía sigue permeando la manera en cómo nos acercamos al amor y está presente en las películas de Hollywood, en telenovelas y lecturas.

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