JEROGLÌFICO

Jeroglíficos: la escritura más bella de la historia

En ellos se sustentó durante tres mil años la civilización egipcia, la más longeva de la historia. Sólo comprendiendo estos símbolos, de múltiples significados, se puede acceder a la esencia de la religión y el arte del antiguo Egipto.

 

La escritura aparece en la historia del antiguo Egipto en una fecha muy temprana, en torno a 3100 a.C., coincidiendo con la primera unificación del país. Tal precocidad, así como el extraordinario grado de sofisticación que el sistema de escritura alcanzó enseguida, no es una casualidad. Se explica por las necesidades de un Estado que encontraba su razón de ser en una economía muy desarrollada, basada en intensos flujos comerciales y en el dominio del curso del río Nilo para proveer a la rica agricultura de sus riberas. La clase comercial y la administración de la monarquía faraónica requerían un método de comunicación apropiado a sus necesidades. La escritura jeroglífica satisfizo plenamente estas demandas.
En su origen la escritura egipcia consistía en un sistema pictográfico elemental, que sería superado pronto pero que legó a las generaciones posteriores un patrón estético que le da un sello particularísimo. A partir de esa base se desarrolló un sistema de ideogramas y luego de fonogramas cada vez más rico. Su complejidad hizo desesperar a gran número de egiptólogos, hasta que el francés Champollion, a principios del siglo XIX, desentrañó su clave a partir de un texto descubierto en una triple versión, egipcia, demótica y griega, inscrito en la célebre piedra de Rosetta. Tras este hallazgo, los especialistas pueden leer todas las inscripciones que recubren los muros de los antiguos templos y sepulturas o que se esconden en los «cartuchos», pequeños óvalos en los que los faraones inscribían su nombre. El conocimiento de las reglas de composición de los textos muestra la enorme inventiva de los egipcios, tanto para hallar símbolos nuevos y expresivos como para simplificar términos buscando relaciones inéditas entre fonemas y formas. Los jeroglíficos, de este modo, no sólo nos fascinan por su prestancia visual y el peculiar ritmo que imprimen a las superficies arquitectónicas, sino que nos permiten adentrarnos en el corazón del universo mental egipcio y escuchar unas voces apagadas desde hace mucho tiempo.

 

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