Jacques-Yves Cousteau, el defensor de Gaia

No fue un explorador al uso, pero sus expediciones, gracias a la magia de la televisión y del cine, se han grabado en el inconsciente colectivo de la Humanidad para siempre. No tenía poder, pero su autoridad moral, cuando hablaba en nombre del ecosistema terrestre era inmensa. Fue comunicador, explorador, aventurero, científico, inventor, marino, espía y buzo, y se convirtió, por encima de todo en el más conocido embajador de la conciencia ecológica del planeta Tierra. “Las futuras generaciones no nos perdonarían por haber malgastado su última oportunidad y su última oportunidad es hoy”, declaró en 1992 ante la Conferencia sobre Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas que tuvo lugar en Río de Janeiro.
Sus intereses no estaban atados por ninguna servidumbre electoralista ni por intereses económicos espúreos. Así, cuando el presidente francés, Jacques Chirac, lo nombró en 1992 presidente del Consejo sobre los Derechos de Futuras Generaciones, Cousteau aceptó, pero con la misma facilidad lo abandonó 3 años después como protesta por la reanudación de las pruebas nucleares francesas en el Pacífico. Nunca estuvo en venta ni nadie pudo comprarle.
Cousteau, curiosamente, no vino al mundo con las vocaciones de explorador submarino, comunicador y ecologista grabadas en la piel. Para decir verdad, lo que él quería ser desde niño era piloto de aviación. Y tenía todas las condiciones para ello. Nació en 1910 en Saint André de Cubzac, muy cerca de Burdeos, en el seno de una familia acomodada.
Con 20 años, entró, como cadete, en la Academia Naval Francesa. A bordo del buque-escuela Jeanne (el equivalente al Elcano español), dio su primera vuelta al mundo. En 1936, cuando estaba en fase de preparación para convertirse en piloto de la Armada, Cousteau se estrelló con su coche contra un muro, truncando para siempre su sueño. Los médicos dictaminaron que nunca recuperaría el uso de sus brazos. Pero no conocían su fuerza de voluntad, puesto que se entregó, durante los meses siguientes, a un tratamiento de choque en el mar, cerca de Toulon. En el agua salada el cuerpo pesaba menos y era más fácil que sus extremidades recuperaran la movilidad. Esta experiencia le abrió las puertas del escenario de su auténtica vocación: el mar y sus profundidades.
Cousteau se casó en 1937 con Simone Marguerite Marie Melchor, nueve años menor que él, en la capilla de los Inválidos de París. Estaba totalmente recuperado y seguía formando parte de la marina francesa, si bien, con puesto en tierra. En esa situación le sorprendió el estallido de la II Guerra Mundial y la invasión alemana de Francia. Durante la contienda, Cousteau realizó diversos trabajos de espionaje para la Resistencia Francesa. El más brillante fue el robo de los códigos de transmisiones de la Marina italiana.
Hizo una invención crucial: la primera cámara submarina de la Historia. Con ella realizó el cortometraje Par dix-huit mètres de fond (Por 18 metros de profundidad), que presento en el Palais Chaillot de París ante un público asombrado. Eran las primeras imágenes submarinas nunca vistas por el hombre, lo que significó el ingreso de Cousteau en el reducido y exclusivo mundo del documentalismo.
Durante cinco años trabajó para la Marina francesa, rodando miles de metros de película bajo el agua. En 1950 el capitán Cousteau compró por un franco el Calypso, un viejo dragaminas estadounidense. Transformó el Calypso en un navío oceanográfico y en el más famoso plató de rodaje del mundo. Un productor de la Universal le compro los cuatro primeros documentales por 10,000 dólares, y de esa forma inició su carrera de exploración y divulgación…
En 1953, obtuvo dos éxitos sonados que le proporcionaron una cierta popularidad: la primera retransmisión submarina en directo para televisión del desenterramiento del casco de un barco de carga griego de más de mil años de antigüedad, que transportaba vino en el momento de su hundimiento y que se encontraba a 40 metros de profundidad, y el rodaje de la primera película en color del fondo del mar a una profundidad de 46 metros rodada en el lecho del Mar Rojo.
De todos los exploradores de la Historia, Jacques-Yves Cousteau ha sido, sin ninguna duda, el que más kilómetros ha recorrido y también el más popular. También el pionero del mundo submarino; la última frontera para el hombre, junto con el espacio. Pero no todo fueron parabienes. En 1979 perdió, en un accidente de aviación, a su hijo favorito (y heredero principal) Philippe. En 1990 murió su esposa, Simone. En 1992 se vio obligado a cerrar su gran apuesta, el Parque Oceanográfico de París, con unas deudas enormes. Y en 1996 su barco almirante, el Calypso, se hundió en el puerto de Singapur tras ser golpeado por una barcaza. Como contrapartida, en 1991 se casó con Francine Triplet, treinta y seis años menor que él, quien le dio dos hijos.
Jacques-Yves Cousteau murió en París el 25 de junio de 1997 de un ataque al corazón, después de convalecer durante varios meses de una enfermedad respiratoria. El defensor de los mares y de Gaia, el espíritu de la Tierra, o Capitán Planeta, como también era conocido, tenía 87 años cuando partió hacia su último viaje…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *