Irene Greiser: “El psicoanálisis es incompatible con el asistencialismo”

HONGOS

Psicoanalista, directora de la carrera de psicología jurídica del Colegio de Psicólogos de La Plata, autora de varios libros sobre la cuestión del psicoanálisis y la criminología, Irene Greiser también es miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.  En su último libro, “Psicoanálisis sin diván. Los fundamentos de la práctica analítica en los dispositivos jurídico-asistenciales” (Paidós) aborda la violencia en las cárceles, en el fútbol, en las escuelas, y las demandas de seguridad, además del trabajo con los jueces, desde una perspectiva que tiene su historia pero suma una actualidad explosiva. Esta es su conversación con Ñ digital.


-La estigmatización y reinserción de los llamados delincuentes, en la Argentina tiene una larga historia. Pero, ¿desde cuándo el psicoanálisis está intentando abrir una brecha en ese campo?

-A partir del articulo de Freud, “Los que delinquen por sentimiento inconsciente de culpabilidad”, sujetos que por sentimiento de culpa y necesidad de castigo cometen una trasgresión a la ley, se abre un nuevo campo para la criminología. Allí tenemos una brecha para efectuar una lectura que corresponde a una época (la de Freud) en la cual  la culpa era subsidiaria de la internalización en el sujeto de su a lazo a la ley, o como resultado de una posición en la cual la ley, no la jurídica sino la de interdicción del incesto, dividía al sujeto. Que la  ley esté  internalizada implica una pérdida de goce y en consecuencia, que no todo el goce es posible, que algo funciona como prohibido, es decir, deseado. Orientados por ese artículo, se puede decir que para el campo jurídico, la culpa es subsidiaria de un acto delictivo cometido. Para Freud, en cambio, el neurótico es culpable de un delito no cometido. Esto último empujó, dentro de la literatura analítica, a efectuar una lectura en la cual se generalizaban los actos delictivos como un llamado al padre. Sin embargo, esto no siempre es así: sabemos que hay sujetos que quieren vivir por fuera del régimen de la ley.

En ese texto, Freud pensaba al delito como un llamado al padre, pero advirtiendo de los riesgos de generalizar. La época actual no es la de Freud, en la cual imperaba el discurso del amo como  agente de la ley.  Hoy en día asistimos a un declive de la función paterna y aparejado, la modalidad del pasaje al acto delictivo está sobre el tapete no sólo en los medios periodísticos o las cárceles sino en los consultorios.

Lacan -que entró al psicoanálisis por el lado de la sociología- situó el aporte que el psicoanálisis puede hacer a la criminología, y en ese sentido nunca estuvo a favor de la estigmatización del criminal. Dejó asentado que el criterio de enfermedad no debe borrar la responsabilidad subjetiva. (Michel) Foucault, en su curso “Los anormales”, da cuenta de las consecuencias que trae intentar “comprender” el acto criminal: estigmatización y ausencia de sanción. En “Delito y transgresión” escribo sobre la inimputabilidad y utilizando una expresión de Lacan hablo de terrorismo de la responsabilidad. Freud lleva el criterio de responsabilidad hasta el inconsciente: el sujeto debe de hacerse responsable de sus  propios sueños. Lacan habla de un terrorismo de la responsabilidad en la medida que ubica a un sujeto que siempre es responsable de la  respuesta que le da al otro. Hay un interjuego permanente entre causa y consentimiento. La causa puede venir del Otro, de lo que los padres dijeron o hicieron, por ejemplo, pero la responsabilidad surge a partir de la respuesta que el sujeto da a eso que viene del otro. Por eso Lacan ubica al sujeto como una respuesta dada al Otro. Ahí tenemos un modo de ubicar la dimensión social del  psicoanálisis sin caer en el sujeto como víctima del Otro. Hay un juego entre causa y consentimiento y la experiencia del análisis, en última instancia, se trata de eso que hace un sujeto con aquello que le viene del Otro. La culpa es de estructura y también un indicador clínico: da cuenta de la relación entre el sujeto y el otro. Si pone la culpa en el otro o se culpa él.

Pero en la actualidad también asistimos a un cinismo del goce: al sujeto, con tal de gozar, no le importa de quién es la culpa. Ahora bien, el psicoanálisis es una experiencia que se lleva a cabo con un analista. Yo no podría afirmar a priori que el psicoanálisis se interesó por la criminalidad aunque Lacan, precursor de muchas cuestiones, sí lo hizo (el caso Aimée, las hermanas Papin). Pero lo que puedo afirmar desde mi práctica es que hay un real que desborda y que desde otras disciplinas y discursos se demanda al psicoanálisis en escena pública.


-¿Qué resultados se han obtenido hasta ahora?

-Habría que ver qué entendemos por eficacia: que desde el discurso del amo, el sujeto se discipline, o que se porte bien en el colegio… Si es así, voy a repetir a Lacan: “El psicoanálisis debe fracasar”.  El discurso del amo puede pedir diferentes cosas: resocializar, mano dura, disciplina, educación, pero un analista sólo escuchando el síntoma y no eliminándolo es que puede llegar a ser eficaz, esto es, sólo puede ser eficaz escuchando al síntoma; la cura, el efecto terapéutico viene por añadidura. Como decía Freud, para curar hay que tener un deseo de no curar. En mi “Psicoanálisis…” cuento un caso que me llegó a supervisión de un recluso que apareció con la boca cosida, medida muy usual adoptada en las cárceles para ser escuchados. El asunto es que, por lo general esas demandas, no están articuladas a la palabra y esto, por sí mismo, es un problema para el acto analítico. La analista le dice que así no puede escucharlo. El recluso se descosió. Es una intervención analítica que da cuenta como la eficacia terapéutica viene  por añadidura. Que se entienda: no quiero decir con esto que vayan a dejar de existir los delitos. Pero sí  que en un medio totalmente inhumano la escucha humaniza; una escucha que no tiene que ver con la piedad porque justamente si un analista esta allí como analista, su deseo debe de ser impiadoso; en eso no hay diferencia entre los muros del consultorio y los de las cárceles.

-En estos momentos hay una querella sobre la «irresponsabilidad política» de dejar salir a condenados para diversas actividades. ¿Cuál es tu opinión al respecto, ya que es un tema por el cual cierto sentido común recurriría a la mano dura, la condena al garantismo, los presos están mejor que nosotros, etcétera, etcétera?
-Asistimos a una época en la cual se pide eficacia, transparencia, resocialización, seguridad, garantías, índices de prevención. A los jueces se les pide lo imposible: hay ocasiones en que no pueden ejercer el acto jurídico. Existe un estallido de los lazos familiares, violencia en las escuelas, en las cárceles. Y si bien es cierto que las cárceles son un medio totalmente inhumano, también es cierto que muchos reclusos no tienen afuera ningún lazo y la cárcel les organiza una rutina. Hay una clínica que testimonia de casos en los cuales los sujetos mismos piden ser escuchados cuando están por cumplir una condena y su libertad es inminente. Es frecuente ver allí una clínica de pasajes al acto suicida. Sin entrar en cuestiones puntuales respecto de la salida de los presos, los pedidos de garantías atraviesan tanto a los jueces como a los informes que ellos piden a “los expertos psi”, que muchas veces creen ser gurúes de la verdad. Es imposible garantizar la no reincidencia y una vez que un recluso cumplió su condena, el juez, desde el acto jurídico, le debe de dar la libertad, pero no hay garantías. Eso tampoco tiene que llevar a la irresponsabilidad del todo vale y negociar todas las penas. El que no haya garantías lo enuncio desde el saber analítico que me hace creyente del malestar en la cultura. Asistimos a una época que como decía una vez un juez, a modo de queja, los juzgados parecen consultorios psicológicos, a los jueces se les pide lo imposible y a los analistas que ofician allí que se ubiquen como gurúes. Al estallar los lazos familiares, en los  juzgados se suben cuestiones de “diván”, el diván también sube a la pantalla televisiva. Hay un empuje a la palabra que también impide el acto jurídico: aplicar la ley, que en sí misma es un  límite a la charla. Lacan tiene un escrito que se llama “El aserto de certidumbre anticipada”; se trata de un acertijo donde el director de la cárcel,  que es quien tiene que tomar una decisión, se pronuncia diciendo que no dará las  razones de esa decisión. LO que quiero destacar es que  esa posición (representante de la ley), implica que la ley no se explica, se aplica, pero la toma de decisión por parte del juez hace que esa decisión, como es humana, muchas veces falla. La  toma de decisión en un  acto jurídico, el juez la hace en carácter de juez, no de una ley divina. Y por esa razón puede fallar. La justicia mejor dejarla para el juicio final. No es fácil, lo sé  por mi experiencia analítica, de tener jueces en análisis, y escucho como muchas veces cuestiones subjetivas los llevan a inhibiciones en el acto jurídico o a decisiones que están orientadas desde su subjetividad. Por eso es importante la experiencia del análisis para un juez; es un modo de humanizarlos y que no sean tan creyentes en la justicia.

-Puntualmente, el juez es representante de la ley y el discurso del amo, ¿cómo perforar ese cerco de estructura para dar la palabra al sujeto?
-Jean Claude Milner, en su texto “¿Desea usted ser evaluado?” distingue dos regímenes: el de la ley, disimétrico entre quien la aplica y sobre quien es aplicada; y el del contrato entre las partes, en la cual el régimen del contrato, que es simétrico. Y ahí está lo que Eric Laurent y Jacques-Alain Miller han definido como la época del Otro que no existe. Es importante aclarar que el declive del Uno, que puede estar representado por el padre, el juez o cualquier figura que represente la autoridad, suele suplantarse con conversaciones, comités de ética o arreglo entre partes. Los dispositivos de mediación son un ejemplo de incluir al sujeto en la resolución de los conflictos y dar lugar a la palabra. Pero dar lugar a la palabra no es equivalente a que allí se escuche a un sujeto. Laley, repito, no se conversa. Se aplica. La mediación entre las partes corresponde al paradigma de que para cada problema hay que inventar una solución, es simétrico a otro, clandestino, llevado a cabo en las cárceles: las transas, etcétera. Habría qué indagar el tipo de subjetividad que se genera en un mundo donde hasta las penas se negocian.
-Cuando hablas de psicoanálisis o evaluación, ¿cómo se sale de esa encrucijada en la que tanto se necesita la palabra del sujeto pero deben tenerse también, supongo, datos cualitativos que merezcan un análisis en ese otro orden?
-Más que salir de la encrucijada es importante no entrar en ella. Yo planteo que el psicoanálisis y el asistencialismo o la criminología son excluyentes. Me oriento en Milner. Los programas de salud mental se fijan por imponer como ley un “para todos” que por ley gobierne lo imposible. El imperativo de evaluación excluye a quien no entra en el patrón de la media o lo que se considera como normal versus lo patológico. A partir de un patrón de normalidad que por lo general es la tiranía de la media, el burócrata en función  etiqueta a un sujeto. En los equipos de analistas que trabajan conmigo, advierto de no caer en esos lugares en los cuales un sujeto es reducido al estatuto de cosa evaluada. Antes de recibirlo leen su “prontuario”, los informes evaluativos, de años de prisión, internación, traslados; hay que propiciar la escucha de un sujeto.

Y es cierto que los jueces orientados por los manuales piden clasificaciones, también que está abierta la contingencia, que surja la sorpresa en la cual se hace aparecer un sujeto que jamás estará incluido en el manual. No olvidemos que esos manuales están al servicio del destino que el juez va a darle a un sujeto. Son elementos de control. Ahora se cree que la verdad se obtiene con la cámara… Con la cámara Gesell se refuerza el control.
-La evaluación, en todos los órdenes, parece ocupar hoy día, una función «meritocrática» que cumple algún objetivo. ¿Qué pensás al respecto? Si es así, ¿cuál es ese objetivo, además del más obvio, excluir?
-La evaluación y su ideología es justamente la forclusión, el rechazo de cualquier variable subjetiva. Para el psicoanálisis, el sujeto adviene a través de la palabra y en particular en los fallos de ese decir, donde se hace lugar a una verdad. Eso no está calculado en ningún protocolo. El sujeto del inconsciente adviene en los fallos de la palabra que es donde se aprehende la verdad que nunca es toda es medio dicha inconsciente, e imprevista.

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