INVIERNO SILENCIOSO

Bendito sea el silencio, que me permite escuchar…

Anónimo
Hola, todos y cada uno
 
Una vez más, como siempre, debo pedir disculpas por enviar un genérico (pero, como siempre, si lo estás recibiendo, es porque estás en mi corazón)…
 
Hace tres años, envié este mail para compartir un poco del silencio invernal introspectivo y ahora, hacia mediados de este invierno, me ha parecido interesante volver a compartirlo con todos y cada uno de ustedes, mis compañeros de viaje…
 
El invierno, para las plantas, es  la época de recogimiento de la savia en el interior del tronco y las raíces; para nosotros, tiempo de silencio y aquietamiento, de recogimiento y contemplación serena de amaneceres tardíos y atardeceres tempranos…
 
Es, por lo mismo, un buen momento para mirar hacia el interior y exponer, sin angustia ni ansiedad, la propia historia ante nuestra atenta mirada, observando, con “ojos blandos”, la vida como un guión, escena por escena, personaje por personaje (a fin de encontrar en ella – como una esencia perfumada – el Sentido)…
 
El invierno es también la época de silencio natural, donde los sonidos del mundo se suavizan, se calman y aquietan…
 
Y en esa calma, el oído atento parece captar entonces el sonido del cosmos, de Dios…Y, si afinamos aun más el oído, notaremos que ese sonido no proviene de afuera sino de adentro, de nuestro propio corazón…
*
 
La vida cotidiana es más bien ruidosa (sin importar demasiado la época del año) y un poco enajenante: enajenarse es volverse ajeno, volverse extraño a sí mismo, escindirse de uno mismo (dejar de ser yo para ya no saber quien ni qué soy), perder la unidad psicofísica y espiritual que en verdad somos…
 
El sonido nos comunica y el ruido nos enajena, porque nos hace sordos a nuestro propio mundo interno, que es – como sostienen todas las tradiciones – la morada de Dios (Tao, Brahma, Shen, etc.), que nos habla, a nosotros, en nosotros y desde nosotros…
 
La clave de la comunicación (y por lo tanto, de la vida cotidiana y de los vínculos interpersonales) es la palabra, pero la clave de la vida espiritual es el silencio…
 
No obstante, aunque la ciudad es ruidosa, es posible hacer silencio interno (y externo) aun en ella, sin necesidad de alejarse a lugares aislados (aunque sea saludable, de vez en cuando, tomarse unos días de silencio en algún ámbito favorable a tal actividad)…
 
Y es que el silencio es, realmente, una actividad, un “hacer”; en el silencio el sujeto es activo, “hace” silencio, “calla” sus voces y se “dispone” a la escucha atenta y serena…
 
¿Cómo podríamos, incapaces de escucharnos a nosotros mismos, escuchar al prójimo?…
 
Es el silencio un requisito ineludible de la vida humana, dado que, precisamente, lo que nos distingue de las otras especies, es la capacidad del habla…
Y entonces, ¿cómo podríamos hablar sin el silencio?, ¿cómo escuchar si no me callo?; aun más, ¿cómo escucharme a mi mismo si no me silencio, de vez en cuando?, ¿cómo decirle algo a alguien si no escucho siquiera lo que me digo a mi mismo?…
 
Las palabras del otro se pierden en el barullo de mi propio palabrerío y así me vuelvo sordo para con los demás…
 
Así las cosas, no puede sorprendernos que el “otro”, el “prójimo” se haya convertido en un objeto más de consumo en el mercado del mundo…
 
(Perdón por el plomazo, pero ya concluyo, jejeje)…
 
En definitiva, el invierno es buena época para desarrollar nuestra capacidad de silencio, de manera que me ha parecido interesante compartir con todos ustedes, mis compañeros de viaje,  algunos textos (de diferentes tradiciones) concernientes al tema en cuestión, que les adjunto…
 
Siempre es interesante escuchar opiniones variadas sobre un mismo tema; los dejo entonces con estos textos variados acerca del silencio…
 
Espero que anden bien y que la vida lleve siempre el rumbo de vuestra felicidad…
 
Les envío a todos y cada uno, un gran abrazo fraterno…

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