Investigación de síntomas psicóticos: ¿Tienen alguna implicancia para los parapsicólogos?

Resumen: Se suele pensar en la parapsicología y la psicopatología como en disciplinas separadas, con escasa gravitación de una sobre otra. En este trabajo, voy a sugerir las razones por las cuales ambas disciplinas se beneficiarían de un mutuo intercambio de ideas e informaciones. Tanto la parapsicología como la psicopatología se ocupan de experiencias anómalas. Además, se han hallado asociaciones estadísticas entre las experiencias paranormales y los síntomas psicológicos. Examino las investigaciones sobre delirios y alucinaciones que sugieren que las desviaciones en el procesamiento de la información y en el razonamiento desempeñan un papel en ambos síntomas. Se ha hallado también que los sesgos en el procesamiento de la información y en el razonamiento discriminan entre los que creen en los fenómenos paranormales y los que no. Estos hallazgos no establecen la veracidad o no de las experiencias paranormales, ya que ésta sólo puede ser determinada por la investigación empírica.

Introducción

Es sencillo presumir que la psicopatología y la parapsicología son disciplinas que enfocan distintos aspectos del universo. Después de todo, los actuales libros de texto de psiquiatría y de psicopatología raramente mencionan los fenómenos parapsicológicos, y por su parte los tratados de parapsicología no suelen ocuparse del estrés o la enfermedad mental, salvo ocasionalmente. No obstante, hay razones para creer que ambas disciplinas se beneficiarían de una mutua consideración.

Es de la mayor evidencia que, si bien el lenguaje descriptivo empleado por ambas disciplinas difiere radicalmente, las dos tienen como centro de interés experiencias anómalas. Los psicopatólogos tienden a describir tales experiencias como pertenecientes a diversos tipos de enfermedad mental, tales como la «esquizofrenia» y la «depresión maníaca». Pero estos conceptos son engañosos, porque enmascaran el juicio de valor implícito en el hecho de atribuir a alguien una enfermedad mental (Bentall, 1992a; Szasz, 1960), y también porque sistemas categóricos de diagnosis como los que aparecen en la cuarta edición del American Psychiatric Association’s Diagnostic and Statistical Manual (DSM-IV; American Psychiatric Association, 1994) y la décima edición de la International Classification of Diseases de la Organización Mundial de la Salud (ICD-10; World Health Organization, 1992) carecen de validez científica comprobada (Bentall, 1992b; Clark, Watson, & Reynolds, 1995).

En realidad, el foco de la investigación en psicopatología debe estar puesto en las peculiares experiencias y comportamientos que exponen los pacientes y sus familias; por ejemplo, oír voces cuando no hay nadie más presente, o sentirse perseguido sin causa justificada. Estos tipos de experiencias y conductas generalmente se simplifican bajo la denominación de «patológicas» precisamente porque no parecen tener explicación dentro del esquema conceptual de la psicología de las personas comunes (Horowitz, 1983).

De la misma manera, los parapsicólogos tienden a referirse al tema de su materia en términos de distintos procesos hipotéticos como ESP, telekinesia o precognición. Pero los fenómenos que permiten la inferencia de tales procesos (por ejemplo, la adquisición de una información sin ninguna fuente inmediata, la percepción de que los objetos se mueven a voluntad, convicciones misteriosamente acertadas acerca de hechos futuros) son de por sí experiencias anómalas que parecen desafiar su explicación dentro de un esquema conceptual convencional, en estos casos el esquema de la física común.

Esta vinculación entre los temas de estudio de la psicopatología y de la parapsicología excede la pura similitud formal. Algunos estudios indican que las personas que dicen tener experiencias paranormales tienen niveles de síntomas psicológicos más altos que lo normal (McCreery & Claridge, 1995), mientras que otros indican que los individuos que padecen enfermedades mentales manifiestan convicciones desusadamente sólidas acerca de la realidad de las fuerzas sobrenaturales (Eckblad & Chapman, 1983; Thalbourne, 1994a; Thalbourne, 1994b). Esta clase de asociaciones estadísticas no pueden usarse para rechazar la veracidad de los fenómenos parapsicológicos, ya que cuestiones de esta índole sólo pueden ser resueltas por la experimentación. (El análisis de los experimentos de ganzfeld de Bem & Honorton, 1994, debería prevenir a los psicopatólogos celosos contra el rechazo indiscriminado de todo fenómeno parapsicológico como evidencia de mentes inestables).

Sin embargo, lo que sí indican esas asociaciones es que los psicopatólogos y los parapsicólogos harían bien en tomar en cuenta mutuamente sus respectivos hallazgos.
En este trabajo, me referiré a las investigaciones psicológicas sobre los delirios y las alucinaciones, dos tipos de fenómenos psicopatológicos que deben ser de particular interés para los parapsicólogos.
Mostraré que cada uno de esos tipos de experiencia anómala puede ser explicado en términos de desviaciones o deficiencias en el procesamiento de la información. Para concluir, señalaré algunas similitudes entre los hallazgos de las investigaciones pertinentes y los resultados de la investigación sobre las creencias relativas a lo paranormal.

Delirios

Usamos el término «delirio» para describir las creencias aparentemente extrañas manifestadas por muchos pacientes que padecen trastornos psicóticos (trastornos por los cuales se dice que el individuo, de alguna manera, ha «perdido contacto con la realidad»). Los delirios más comunes manifestados por los pacientes son los de persecución (por ejemplo, «hay una conspiración para matarme que está organizada por el Director General de la BBC») o los de grandeza (por ejemplo, «soy Dios encarnado»), pero hay otros menos comunes como los delirios de referencia (en los que a sucesos aparentemente inocuos se les atribuye un significado extraordinario para el yo), delirios erotomaníacos (por ejemplo, «Madonna está secretamente enamorada de mí»), y los de confusión de identidad (por ejemplo, «Mi compañera ha sido reemplazada por un robot de origen extraño que es exactamente igual a ella»).

El DSM-IV define tales creencias en términos de un nivel de convicción por parte del paciente insólitamente alto, de que ese delirio no ceda ante los argumentos contrapuestos, y de la incongruencia de tal creencia con las creencias generalmente aceptadas dentro de la subcultura a que pertenece el individuo (American Psychiatric Association, 1994).

Este último criterio nos advierte acerca de la dificultad real que existe para determinar si una creencia puede ser considerada delirante o no. Jaspers (1912/1963) sostiene que otra característica del delirio es la de ser intrínsecamente «incomprensible» (es decir, no puede ser considerado como provisto de sentido en el contexto de la personalidad o la historia del individuo). Pero Sims (1988) señala que el criterio de lo «incomprensible» es, en sí mismo, bastante subjetivo. Esa dificultad de determinar con precisión si una creencia es o no delirante, refleja indudablemente el hecho de que los delirios se sitúan en un continuo junto a las creencias normales (Kender, Glazer, & Morgenstern, 1983; Strauss, 1969).

Recientes hallazgos de diferencias psicológicas sistemáticas entre pacientes delirantes y no delirantes sugieren que, al menos hasta cierto punto, podemos tener confianza en que el concepto de delirio no es enteramente una construcción social.
Hasta hace poco, un concepto del delirio generalmente aceptado por los psicólogos era el de considerarlo como una interpretación racional de una experiencia perceptiva anormal (caso paradigmático: el paciente que oye voces alucinatorias y cree que la policía le ha implantado un receptor de radio en la cabeza).

Este concepto fue sostenido especialmente por Maher (1974, 1992), quien señaló casos de pacientes cuyos delirios parecían haber surgido de esta manera, y que llegaban hasta a negar totalmente la existencia de anormalidades cognitivas no perceptivas. El modelo de percepción anómala de Maher es operativo indudablemente para algunos pacientes; por ejemplo, los que padecen delirios de confusión de identidad, que parecen tener dificultad para procesar informaciones referidas a los rostros (Ellis & Young, 1990). Sin embargo, hallazgos surgidos de un programa de investigación que llevamos a cabo en Liverpool durante la última década, señalan al menos dos clases de anormalidad cognitiva que parecen tener importancia en el origen y el mantenimiento de ciertas creencias delirantes.

Hemos mostrado en numerosos estudios que los pacientes afectados de delirio de persecución presentaban desviaciones anormales en el procesamiento de informaciones. Por ejemplo, utilizando el paradigma «emocional de Stroop», en que se pide a los sujetos que no tomen en cuenta el significado de una palabra y solamente digan el color de tinta con que está escrita, mostramos que los pacientes paranoides eran lentos para nombrar el color de las palabras relacionadas con su amenaza personal (Bentall & Kaney, 1989), presumiblemente debido a que esa clase de palabras «retienen» su atención. Este resultado fue reproducido por otros investigadores (Fear, Sharp, & Healy, 1996; Kinderman, 1994; Leafhead, Young, & Szulecka, 1996). No es sorprendente que los pacientes paranoides recuerden también con preferencia las informaciones relacionadas con sus delirios (Bentall, Kaney, & Bowen-Jones, 1995; Kaney, Wolfenden, Dewey, & Bentall, 1992).

Un segundo tipo de anormalidad cognitiva que podría ser aún más significativo en el origen y el mantenimiento del delirio es la atribución anormal. El ser humano siempre busca explicaciones a los hechos que lo impresionan; Zullow, Oettingen, Peterson, & Seligman (1988) estiman que en general se puede encontrar una afirmación causal cada cien palabras aproximadamente de texto oral o escrito. Abramson, Seligman, & Teasdale (1978) sugieren que determinado modo de efectuar atribuciones -una tendencia a atribuir los sucesos negativos a causas que son internas (causados por uno mismo), globales (factibles de afectar todos los aspectos de la vida) y estables (improbables de cambiar)- predispone al individuo a la depresión.

Mediante el uso de medidas creadas por Seligman y su grupo, hemos hallado que los pacientes que sufren de delirio de persecución atribuyen los sucesos negativos a causas que son externas (culpa de otros), globales y estables (Kaney & Bentall, 1989). Este hallazgo ya fue reproducido en varios estudios posteriores (Candido & Romney, 1990; Fear, et al., 1996; Kinderman & Bentall, 1996; Lee & Won, 1998; Lyon, Kaney, & Bentall, 1994) y usando distinta metodología (Kaney & Bentall, 1992).

Parece ser que los pacientes paranoides, específicamente, tienden a atribuir los sucesos negativos a intenciones deliberadas de otras personas, más bien que a situaciones externas (por ejemplo, «lo siento, llegué tarde porque el tráfico era infernal») que es lo que suele hacer la gente común (Kinderman & Bentall, 1997). (Es decir, hacen atribuciones externas, personales, y no atribuciones externas, situacionales).
Es fácil entender por qué echar constantemente a otros la culpa de las propias contrariedades puede conducir a delirios paranoides; sin embargo, no es tan fácil entender cómo puede desarrollarse este estilo de razonamiento. En nuestro último trabajo hemos explorado la posibilidad de que el estilo de atribución paranoide refleje la interacción de dos procesos separados (Bentall & Kinderman, 1998).

En primer lugar, la tendencia a evitar atribuirse a sí mismo la responsabilidad por los acontecimientos negativos parece ser una exageración de una estrategia normal para la regulación de la autoestima (Bentall, Kinderman, & Kaney, 1994). En concordancia con este concepto, hemos hallado que los pacientes paranoides manifiestan una opinión favorable de sí mismos cuando se los examina con mediciones directas (Kinderman & Bentall, 1996), mientras que al ser examinados con mediciones indirectas muestran evidencias de baja autoestima (Bentall & Kaney, 1996; Kinderman, 1994; Lyon, et al., 1994). Creemos que esta actitud defensiva es probablemente producto de desórdenes en las relaciones familiares. De conformidad con esta hipótesis, hemos descubierto recientemente que los pacientes paranoides manifiestan tener relaciones insatisfactorias con sus padres que se remontan a su primera infancia (Rankin, Bentall, Hill, & Kinderman, subm.).

Segundo, hemos afirmado que la tendencia a hacer atribuciones externas-personales, en vez de situacionales, refleja una incapacidad de inferir los estados mentales de otras personas (aptitud que a veces se describe indebidamente como «tener una teoría de la mente» o ToM; Baron-Cohen, 1995). A menudo actúa este tipo de inferencia cuando relativizamos las acciones negativas de otras personas (por ejemplo, «probablemente fue duro conmigo porque se sentía muy presionado») atribuyéndolas a las circunstancias.

Concuerda con este argumento la observación hecha por otros investigadores de que los pacientes paranoides muestran un pobre desempeño en tareas de ToM (por ejemplo, preguntas que sólo pueden ser respondidas mediante la correcta inferencia de falsas creencias en otras personas) (Corcoran, Cahill, & Frith, 1997; Corcoran, Frith, & Mercer, 1995), aunque este hallazgo no siempre se repitió (Drury, Robinson, & Birchwood, 1998). En nuestro propio trabajo, hemos descubierto que individuos normales con desempeño relativamente pobre en pruebas ToM tienden a hacer excesivas atribuciones externas-personales, tal como lo predice nuestra teoría (Kinderman, Dunbar, & Bentall, 1998). Los estudios que estamos realizando examinan las relaciones entre deficiencias cognitivas más generales, ToM y atribuciones, en muestras clínicas.

Alucinaciones

Mientras que las investigaciones sobre los delirios apuntan a la influencia de las desviaciones del razonamiento en la génesis de las creencias anormales, por otro lado las investigaciones sobre alucinaciones señalan el papel que desempeñan las creencias en la aparición de experiencias perceptivas insólitas.

Es habitual dentro de la psiquiatría considerar las alucinaciones como evidencia de enfermedad mental. El famoso psicopatólogo Kurt Schneider (1959) consideró las alucinaciones auditivas (oír voces) como síntomas de primer nivel de la esquizofrenia, y estudios más recientes muestran de manera constante que la mayoría de los pacientes con diagnóstico de esquizofrenia experimentan alucinaciones, especialmente en la modalidad auditiva (Sartorius, Jablensky, Korten, Ernberg, Anker, Cooper, et al., 1986; Sartorius, Shapiro, & Jablensky, 1974). Sin embargo, sorprendente cantidad de individuos normales, cuando se les pregunta, cuentan historias de experiencias alucinatorias (Bentall & Slade, 1985a; Posey & Losch, 1983; Tien, 1991). Además, existen pruebas de variaciones culturales bastante importantes en la disposición a tener experiencias alucinatorias (Al-Issa, 1977, 1995).

Tres observaciones han permitido a los investigadores comprender los procesos cognitivos involucrados en las alucinaciones auditivas.
Primero, hay evidencias de que las experiencias alucinatorias se producen con mayor frecuencia en períodos de tensión o cuando el individuo está expuesto a un medio ambiente que, o bien carece de estímulos o es por lo contrario, demasiado estruendoso (Slade & Bentall, 1988).
Segundo, las alucinaciones auditivas van acompañadas de ligera activación de los músculos del habla (Gould, 1948; Green & Kisbourne, 1990; Inouye & Shimizu, 1970; McGuigan, 1966), y una activación de las áreas del lenguaje en el hemisferio cerebral izquierdo (McGuire, Shah, & Murray, 1993).
Tercero, a veces las alucinaciones auditivas pueden ser inhibidas mediante la realización concurrente por el individuo de algún tipo de ejercicio verbal, como nombrar objetos o leer (Erickson & Gustafson, 1968; Gallagher, Dinin, & Baker, 1994; James, 1983; Margo, Hemsley, & Slade, 1981).

Muchos investigadores han concluido que estas observaciones pueden ser explicadas mediante la suposición de que la alucinación auditiva es una voz interior erróneamente atribuida (Bentall, 1990; Frith, 1992; Hoffman, 1986). Es decir, al parecer las personas que oyen voces están hablando consigo mismas de una manera relativamente normal, pero creen, con cierta anormalidad, que su voz interior proviene de algún otro.

No se comprenden bien las razones por las cuales algunas personas tendrían una predisposición a equivocar el origen de su habla interior. Los intentos por determinar la capacidad de los pacientes alucinatorios para controlar la fuente de su experiencia han dado pruebas de una deficiencia general en este aspecto (Bentall, Baker, & Havers, 1991; (Bentall & Slade, 1985b; Johns & McGuire, 1999). Lo interesante es que esta deficiencia resulta mucho más notoria cuando el paciente intenta controlar la fuente de estímulos emocionalmente fuertes (Baker & Morrison, 1998; Morrison & Haddock, 1997).

Pero las deficiencias en el control de la fuente parecen ser sólo uno de los factores involucrados en las alucinaciones auditivas. El cruce cultural de las evidencias anteriormente mencionado sugiere que las creencias del individuo acerca de la realidad pueden ayudar a determinar si él va a creer que sus experiencias personales tienen origen en sí mismo o en otros individuos (Al-Issa, 1977, 1995). En concordancia con este concepto, los estudios de pacientes alucinatorios y de sujetos normales con antecedentes de alucinaciones indican que su juicio perceptivo puede estar altamente influido por sugestiones (Haddock, Slade, & Bentall, 1995; Mintz & Alpert, 1972; Young, Bentall, Slade, & Dewey, 1987). Estos hallazgos tienen implicancias bastante obvias para la práctica clínica. Los pacientes que creen firmemente en la omnipotencia y omnisciencia de sus voces parecen especialmente angustiados por ellas. En consecuencia, desafiar esas creencias es una aproximación que a veces produce efectos benéficos (Chadwick & Birchwood, 1994).

¿Es posible que algunas desviaciones en el procesamiento de la información influyan sobre la creencia en los fenómenos paranormales?

Hasta ahora he sostenido que los delirios y las alucinaciones pueden ser comprendidos en términos de desviaciones del procesamiento de la información y del razonamiento. Es razonable preguntarse si la creencia en lo sobrenatural está también influida por procesos similares. Tales creencias, que son comunes en todas las culturas, plantean un desafío especial a quienes piensan que es fácil distinguir entre creencias normales y anormales. Por ejemplo, Gallup y Newport (1991), en una encuesta a más de mil norteamericanos adultos, descubrieron que cerca de la cuarta parte de ellos creía en fantasmas y un diez por ciento afirmaba haber estado en presencia de uno de ellos. Aproximadamente la cuarta parte de los encuestados dijo haber tenido experiencias telepáticas, y alrededor de uno de cada siete creía haber visto un OVNI. El setenta y cinco por ciento declaró leer ocasionalmente su horóscopo en el diario.

Schmeidler y McConnell (1958) acuñaron los desafortunados términos de «ovejas» y «cabras» para designar, respectivamente, a los creyentes y no creyentes en los fenómenos paranormales, y desde entonces, a pesar de la naturaleza aparentemente peyorativa de esas denominaciones, su uso se extendió entre los parapsicólogos. French (1992), en una revisión de la literatura psicológica que comparaba «ovejas» con «cabras» – que en gran parte utilizó cuestionarios para medir la creencia en lo paranormal, como la Escala de Creencia en lo Paranormal (Jones & Russell, 1980) – encontró considerables evidencias de que «las ovejas» muestran desviaciones en el razonamiento y en el procesamiento de la información que tienden a reforzar su creencia.

Por ejemplo, algunos estudios hallaron que «las ovejas» son más propensas que «las cabras» a creer que tienen control sobre los acontecimientos aleatorios (Brugger, Regard, & Landis, 1991), y que la creencia en los fenómenos paranormales está asociada con altos niveles de rendimiento percibido en pruebas parapsicológicas (por ejemplo, pruebas de psicokinesia), no importa cuál fuera el rendimiento real (Benassi, Sweeney, & Drevno, 1979).

Blackmore & Troscianko (1985) observaron que «las ovejas» se desempeñaron peor que «las cabras» en problemas diseñados para medir su capacidad para razonar sobre probabilidades, y que también tendían a subestimar el nivel de resultados esperable por azar en pruebas de parapsicología, con la consecuencia de que su propio rendimiento les parecía muy superior al azar. Russell y Jones (1980) hicieron la siguiente prueba: dieron a «ovejas» y «cabras» artículos periodísticos ficticios con información sobre experimentos de ESP exitosos y no exitosos; ambos grupos reaccionaron emocionalmente ante las evidencias que parecían contradecir sus opiniones, pero, mientras que «las cabras» tendían a recordar con la misma exactitud ambos tipos de información, «las ovejas» recordaban con mayor exactitud la información que coincidía con su creencia.

Las convicciones religiosas forman otra categoría de creencias que, para los no comprometidos, pueden parecer absurdas, y que sólo por ser culturalmente coherentes no son consideradas como delirios. Roberts (1991) administró dos cuestionarios para medir la percepción del propósito y sentido de la vida, a cuatro grupos de pacientes: un grupo de pacientes psiquiátricos en delirio activo; un grupo de pacientes de delirio en recuperación; un grupo de seminaristas anglicanos; y un grupo «normal» de enfermeras psiquiátricas.

Los cuestionarios eran: Purpose in Life Test, de Crumbaugh (1968), y Life Regard Index, de Battista y Almond (1973). Los seminaristas anglicanos tuvieron altos puntajes en los dos cuestionarios, y lo mismo los pacientes en delirio activo, mientras que los pacientes en recuperación y los controles «normales» tuvieron menores puntajes. Catorce de 16 de los pacientes en delirio activo declararon que su vida había mejorado con el desarrollo de su sistema de creencias, por ejemplo, por haber establecido un nuevo sentido de identidad o un sentido más claro del deber y la responsabilidad, o por sentirse emocionalmente más positivos.

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