Imágenes de la Vida

A partir de unos versos de Rumi, el gran poeta sufí, Joy Mills nos traslada a una comprensión de algunas imágenes inspiradoras de la vida, llenas de simbolismo y significado por descubrir.

Hace cerca de ocho siglos o un poco más, Rumi, el poeta y místico sufí, escribió algunos versos de inolvidable belleza, recordándonos una época o lugar diferente de donde nos encontramos, en el bullicio de la vida moderna.

Es tiempo de hablar de rosas y de granadas
y del océano donde las perlas están hechas de lenguaje y visión
y de las escalas invisibles
que son diferentes para cada persona
que llevan al lugar infinito
donde los árboles murmuran entre sí.

 

Podemos ser tocados por la belleza de estos versos, respondiendo tanto a lo que se dijo como a las imágenes usadas para expresar una experiencia mística.

Existen otras imágenes que inspiran, que dan esperanza, que nos transportan de nuestros pequeños yoes hacia algún lugar donde el yo desaparece. También pueden ser imágenes de vida y de muerte, y hasta manifestar más respeto por aquella transformación total que caracteriza el movimiento de una nueva conciencia. Son imágenes de vida que revelan su propósito y significado, imágenes de muerte que retratan su necesidad como parte de la vida, que hace posibles la transformación, la regeneración, un nuevo crecimiento.

Toda gran escritura, todas las mitologías del mundo, las afirmaciones poéticas de místicos y visionarios, todas contienen imágenes, por muy diversas que sean, que despiertan al buscador serio de la verdad, el conocimiento del verdadero yo, que es uno con los demás.

Esas imágenes son de vida y de muerte. Las rosas hablan sobre la belleza de la vida, la fragancia de una vida que se abre naturalmente y que sin esfuerzo cede su aroma. Y las rosas también hablan de los dolores, de las puñaladas súbitas que traen lágrimas de infelicidad, de las tragedias tanto grandes como pequeñas, que son parte de la vida. Las espinas que se clavan en nuestro dedo cuando nos inclinamos para oler la rosa, nos hacen recordar que tanto el dolor como el placer crecen en el mismo tallo, siendo ambas, experiencias íntimas de la vida. Sí, todos nos encaminamos en la senda de las rosas: bellos momentos que muchas veces vienen entremezclados con momentos de dolor y de tristeza.

Las granadas, por otra parte, hablan de muerte y de partida, pues, según dicen, son fruto de los muertos.

A medida que pisamos el camino de las rosas, aprendiendo las lecciones de la belleza y del dolor, descubrimos que podemos muy bien, haber ingerido las simientes del granado, las simientes kármicas que nos llevan de la vida a la muerte y nuevamente a la vida. Las rosas y las granadas también hablan de un jardín, pues aunque puedan crecer en medios agrestes, son encontradas con más frecuencia en los jardines; las rosas cultivadas por su belleza, los granados por su fruto comestible.

La imagen de un jardín sugiere una parcela de tierra, bien ordenada, plantada de forma adecuada, meticulosamente cuidada, en la cual todo es sembrado según un plan, nada hay fuera de lugar, los senderos se mantienen limpios, las malas hierbas arrancadas, las hojas muertas y las flores marchitas cortadas para dejar espacio al nuevo crecimiento.

La vida de cada uno de nosotros es ese jardín, en el cual debemos encontrar nuestra obra única, la tarea que debe ser emprendida durante ese intervalo. Tal vez precisemos tan solo sentarnos en silencio y escuchar lo que el jardín de nuestras vidas nos tiene que decir. Precisamos tan solo escuchar; después podemos aprender los secretos ocultos del jardín, secretos revelados a través de las imágenes de vida, de muerte y de transformación que el jardín representa.

Primero vemos el secreto de la semilla, de la cual surge todo lo que compone el jardín. El cambio se desarrolla; miramos con asombro el próximo estadio o etapa, que en la tradición alquímica es conocido como formatio. Eso significa crecimiento según las leyes innatas y precisas de cada planta; leyes que por analogía, encuentran su contraparte en nuestro propio desarrollo.

Entonces llega el momento en que los botones crecen y las hojas se desarrollan, las flores se abren y la planta alcanza su plenitud, la plena madurez o desarrollo.

Ese estadio, cuando la floración es fertilizada por los granos de polen traídos por el viento, es conocido en alquimia como conjunctio, significando tanto unión de energías como el despertar de un nuevo ser. De nuevo, por analogía, descubrimos en nuestras propias vidas que, en la relación, en la conjunción de opuestos simbolizada por la unión de energías, es posible el crecimiento.

Pero esa no es la conclusión, pues otro milagro aún debe realizarse en el jardín de la existencia, en el jardín donde se encuentra la tarea de la vida. Las flores que se abrieron, las mismas flores cuya producción parecía ser todo el propósito de la planta y de la simiente, ahora comienzan a marchitarse. El proceso de debilitamiento, que parece marcar el fracaso del proceso, tiene también una contraparte en la tradición alquímica. Es conocido como obscurecimiento, nigredo, un estado donde, en términos psicológicos, todo parece perderse.

Sin embargo, cuando miramos con atención, descubrimos que nuevas simientes nacieron de la vieja floración, y el ciclo comienza de nuevo. Aquí está el fenómeno de rotatio, o ciclo del eterno retorno. Tal vez, la mayor lección que podamos aprender de la imagen del jardín «el jardín donde la tarea es encontrada”, sea la lección de metamorfosis, transformación, regeneración, sucediendo continuamente.

Si afrontamos nuestra presente encarnación como un jardín en el cual, vida, muerte y transformación, son procesos naturales, gobernados por el dominio de la ley inherente al universo, entonces nuestras acciones, serán muy diferentes de aquellas acciones que surgen de una imagen de la existencia como un campo de batalla, en el cual la lucha por la vida está compuesta por la ganancia, violencia, odio, prejuicio y egoísmo.

Cada uno de nosotros se sumergió en aquel océano de que hablo Rumi “el océano donde las perlas están hechas de lenguaje y visión”. Si nuestra visión es sobre la posibilidad de la totalidad, una visión nacida de la comprensión de la unidad de la existencia, entonces el lenguaje que hablamos será de compasión, empleando términos de fraternidad, paz y amor. Tal vez esas imágenes, serán aquello que Rumi llamó “escalas invisibles diferentes para cada persona”; nosotros las subimos rumbo al infinito.

Helena Blatvasky afirmó que vendrá un tiempo en que el “aprendiz sabrá que ningún cuadro o esquema jamás representará la verdad”, pues el proceso continúa, hasta que finalmente la mente y sus esquemas sean trascendidos y el aprendiz penetre y habite el mundo de la no forma, mas del cual todas las formas son reflejo.

Subiendo por “la escalera invisible” del alma, seremos transportados de las imágenes hacia lo sin imágenes. Bien que el camino sea inclinado o espinoso; como dice Blatvasky, o de oro, como también manifestó; bien que la escalera sea visible o invisible, cualesquiera que sean las imágenes que nos inspiren y que nos lleven adelante hasta “el lugar infinito donde reside el Uno”, debemos erguirnos y seguir el camino seguido por los grandes seres, para que el mundo pueda ser mejor por habernos servido, en esa encarnación la visión que nos fue concedida.

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