IGLESIAS EVANGELICAS-Requisitos bíblicos exigidos para el pastor y los obreros.

Requisitos bíblicos exigidos para el pastor y los obreros.
Breve explicación.
El presente trabajo fue efectuado por el Pr. Bladimiro Pucenicz, Presidente de la Asociación de Iglesias de los Cristianos de la Fe Evangélica durante dieciséis años, con la colaboración y aportes del Pr. Horacio Pastor, actual Presidente de ella. La razón principal que motivó el inicio de este trabajo fue el deseo de volver a proclamar que el Señor, suprema autoridad de su Iglesia es, el único que puede llamar siervos a su obra y que si en la Iglesia se toman decisiones de manera respetuosa y obediente a la Palabra de Dios es posible salir de la confusión existente en algunos sectores del llamado pueblo evangélico. Para ayudar a los hermanos se condensó en un solo conjunto las normas bíblicas a respetar y aplicar en las Iglesias de los Cristianos de la Fe Evangélica, no solo para utilizarlas en el reconocimiento de obreros sino para aplicarlas tanto a quienes serán ordenados y enviados en el futuro como para quiénes lo fueron años atrás.
El trabajo original posee, además, dos cuestionarios que se han omitido aquí; el primero para ser respondido por el hermano candidato a la ordenación y el segundo por los Pastores y Obreros que lo conozcan, ya que está ligado con el testimonio de vida que tuvo hasta ese momento. Sin otra introducción que estas palabras presentamos pues, a modo de un manual, lo que entendemos son requisitos esenciales que las Escrituras exigen tener y conservar a los Pastores y Obreros de las Iglesias cristianas.

1. Conocer personalmente al Señor Jesús como Señor y Salvador.

Poseer un conocimiento personal y experimental de Jesucristo como Salvador y Señor en su propia vida será la base de todo lo que en su ministerio el obrero del Señor deberá vivir y predicar. Solo quien ha vivido la experiencia personal de la salvación por el poder que tiene la sangre de Cristo derramada en la cruz del Calvario puede testificar a otros, con plena certeza, que ella es la única capaz de limpiarnos de todo pecado y asegurarnos la salvación eterna de nuestra alma. Este principio es el paso primero y esencial de un candidato a obrero del Señor porque le brindará la autoridad necesaria para testificar a otros con plena convicción “acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos de los Apóstoles 20: 21).

2. Tener la experiencia del bautismo en el Espíritu Santo.

Jesús prometió a sus discípulos antes de ascender al cielo que: “…recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, Hechos de los Apóstoles 1:8. Promesa que cumplió en el día de Pentecostés: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”, Hechos de los apóstoles 2:4. “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre ellos” (Hechos de los apóstoles 4: 33). Aunque esta experiencia es para todos los creyentes que forman la Iglesia del Señor, creemos que es particularmente necesaria en aquellos que deben ser apartados para su servicio.
El Señor sabía que nosotros necesitaríamos poder para ser sus ministros y testigos porque El mismo necesitó del poder del Espíritu Santo cuando estaba en cuerpo físico. El Apóstol Pedro dijo en la casa del centurión Cornelio que todos sabían “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazareth y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos del diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos de los Apóstoles 10:38). Si el Señor Jesús necesitaba unción para servir, ¿Cuánto más nosotros? “Unción es capacitación, habilitación, autorización, poder” y todo siervo de Dios lo necesita para testificar, predicar, enseñar, expulsar los demonios, sanar a los enfermos, manifestar los dones del Espíritu Santo y llevar a cabo el ministerio que Dios le ha confiado.
Pero no es suficiente recibir la experiencia del bautismo en el Espíritu Santo, es imprescindible que la “unción permanezca”. Para ello es necesario vivir una vida consagrada al Señor, es decir, una vida, pura, dedicada a su señorío y servicio y apartada de la corrupción moral que hay en el mundo. “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al señor, y dispuesto para toda buena obra” (2ª Timoteo 2: 19-21).

3. Conocer al Señor Jesucristo mediante la revelación de Dios.

A partir de la experiencia de la salvación es posible comenzar a conocer más profundamente al Señor. No es un conocimiento natural o intelectual de la persona histórica de Jesucristo, sus enseñanzas y milagros, su muerte y resurrección; sino un conocimiento sobrenatural del Señor Jesucristo como Persona viviente, que únicamente la palabra de Dios y el Espíritu Santo son capaces de revelar por su gracia cuando se busca la comunión con él, pero además porque la naturaleza y el carácter del ministerio lo demanda, “tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra” (Lucas 1: 2); o como escuchara de labios del Señor Jesús, Saulo de Tarso: “…levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti” (Hechos de los Apóstoles 26: 16). Para ser ministro y testigo de Jesucristo el Pastor, el Presbítero y todo Obrero cristiano debe conocerlo personalmente. A semejanza de su Salvador y Señor debe ser capaz de afirmar por experiencia personal “lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos” (Juan 3:11). O como lo expresaran los apóstoles: ”Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada desde el cielo, cuando estábamos con él en el monte santo” (2ª. Pedro 1: 16-18). “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos” (1ª. Juan 1: 3).

4. Debe tener un claro llamamiento de Dios al ministerio y reconocimiento del mismo por parte de la iglesia.

Para convertirnos en colaboradores de Dios, en Obreros aprobados por El, debemos recibir un llamamiento al ministerio. Uno de los graves problemas que las iglesias tienen que enfrentar fue la errónea actitud de algunos de sus miembros que pretenden ejercer un ministerio que el Señor no les ha confiado. Si bien muchos de esos hermanos pueden tener buen testimonio y abrigar buenos propósitos, existe un problema: no han sido llamados por el Señor para cumplir la función que ambicionan. Es de capital importancia tener la certeza si alguien fue o no llamado por el Señor al ministerio. No es suficiente que una congregación “elija democráticamente a alguien” para llevar a cabo el ministerio y ser ordenados en el cargo pastoral. Los hermanos del presbiterio de una iglesia pueden otorgar el cargo de pastor, pero nunca el ministerio. Para tener el ministerio es imprescindible haber sido llamado por el Señor y ungido por el Espíritu Santo para la elevada tarea que significa.
Según la enseñanza bíblica el Señor llama, escoge, pone y constituye a sus ministros. Esta prerrogativa, este derecho de llamar y escoger a sus obreros, el Señor lo reserva para sí y no se lo otorgó a nadie, la razón es una sola: ¡El es el Señor de la Iglesia!

Por eso leemos en Marcos 3: 13-15, “Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios”. En Lucas 6: 12-13, el evangelista dice: “En aquellos días fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando fue de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales llamó apóstoles”. Y en 1ª Corintios 12: 28 leemos: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros…” En la Carta a los Efesios 4: 11 el Apóstol Pablo escribió: “Y el mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”.

Cuando los apóstoles constituían ancianos o presbíteros en cada iglesia ellos ordenaban a los que el Espíritu Santo ya había puesto en la iglesia, no los escogían motivados por preferencias, parentesco o simpatías personales. En ese caso tal ordenación no hubiese tenido validez ante Dios. Los mismos apóstoles fueron apartados para el ministerio de acuerdo este principio según el relato de los Hechos de los Apóstoles capítulo 13: 1-3, cuando el Espíritu Santo dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado”.
Notemos que fue el Espíritu Santo mismo fue quien eligió a Bernabé y a Saulo, y no el grupo de los ministros, ni tampoco los miembros de la iglesia. El Espíritu Santo los había llamado para el ministerio apostólico y cuando llegó el momento de apartarlos para el campo misionero lo hizo saber. ¡Que este incidente sirva de ejemplo a seguir en nuestros días!

Siempre surge esta pregunta: ¿Y qué parte toma la iglesia en este asunto? Pues, “en reconocer” a los obreros que el Espíritu Santo llamó a tal o cual ministerio. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis”.
La vida y el ministerio de los hermanos llamados por Dios, constituyen la prueba irrefutable para su reconocimiento, por tal motivo la iglesia no debe aceptar a ninguna persona para la obra ministerial si el pedido está basado únicamente en el deseo, la preparación, la preocupación o alguna supuesta visión de la persona. Cualquiera que diga que es llamado por Dios para realizar algún ministerio debe ser primeramente probado por los ministros experimentados y los miembros de la iglesia que han alcanzado madurez espiritual según las normas bíblicas, los cuales no tienen derecho a reducir los requisitos personales exigidos por el Espíritu Santo en la Palabra del Señor. Asimismo, cuando existe un llamado del Señor, los frutos del ministerio lo confirman.

5. Reunir las cualidades personales establecidas en la Biblia (1ª Timoteo 3: 1-7; Tito 1:5-9; 1ª Pedro 5: 1-4). Vamos a considerar estas cualidades bajo tres aspectos: a) Conducta moral.
b) Madurez espiritual. c) Aptitud para enseñar.

a) Conducta moral. La primera y principal cualidad que debe manifestar un Pastor, un Presbítero y todo Obrero del Señor en su vida es ser irreprensible, esto significa, intachable, irreprochable, o sin nada en su contra por lo que puedan reprenderle. En otras palabras, deben tratarse de hombres contra los que no solo no debe haber acusación, sino que debe ser imposible formularle una después de ser sometido a una profunda investigación. El siervo del Señor debe poseer una condición de irreprensibilidad demostrable. Por eso el Apóstol Pablo escribió: ”No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado” (2ª. Corintios 6: 3). La razón principal por la que el Señor exige que el Pastor, el Presbítero y todo Obrero cristiano sea irreprensible tanto en su vida personal, como en la familiar y tanto dentro como fuera de la Iglesia, se sustenta en el hecho que debe ser ejemplo de sus hermanos y un modelo a imitar en todo. Solo así podrá reflejar la imagen de Cristo y su autoridad espiritual será firme. El pueblo de Dios y el mundo deben ver la moral cristiana no solo escrita en la Palabra de Dios sino especialmente en las vidas de los pastores que se ajustan a las normas bíblicas.

En cuanto al ministerio, el Apóstol Pablo afirma, que “es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios” (Tito 1: 7). Notemos que el Apóstol encomendó a su hijo espiritual Tito la ordenación de Ancianos en diferentes ciudades, a los cuales también llama Obispos, dando a entender que se refería a las mismas personas. En su mensaje a los ancianos o presbíteros reunidos en Mileto les dijo: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su sangre” (Hechos de los Apóstoles 20: 28). La palabra “obispo” significa “sobreveedor”. Como tal debe mirar y velar por su vida personal, por su vida familiar y por el estado espiritual de la iglesia en la cual ejerce su ministerio. “Como administrador de Dios debe ministrar sus misterios”, a Dios (1ª Corintios 14: 2), a la familia, a los hermanos de la iglesia y a las personas que todavía no conocen al Señor. “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1ª Corintios 4: 1). La palabra “misterio” en el sentido bíblico significa verdad revelada. La suma total de todos los misterios que encontramos en el Nuevo Testamento representa ese cuerpo completo de verdades que nos fue revelado en el Antiguo Testamento. Al respecto el Apóstol Pablo escribió: “Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén” (Romanos 16:25-27). “Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder” (Efesios 3:1-7).

Ahora bien, el mismo apóstol, que tuvo su discurso de despedida en Mileto, que se mencionó en el párrafo anterior, también se refirió a la mayordomía de los recursos económicos cuando dijo: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudara los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: mas bienaventurado es dar que recibir” (Hechos de los Apóstoles 20: 33-35). Por ello, tanto el Pastor como el Presbítero y todo Obrero cristiano, en tanto “administrador de los misterios de Dios” debe ser sabio, no solo en el empleo de los bienes espirituales, o “la multiforme gracia de Dios”, según la expresión del Apóstol Pedro, sino también en el manejo del dinero que gana en su oficio o en su profesión, o que percibe como sostén de la iglesia. El ministro que acostumbra gastar más de lo que gana, tomando en calidad de préstamo o a crédito sin poder abonar su deuda con puntualidad está incurriendo en una falta que empaña su testimonio. Aparte la impureza sexual y de la soberbia, quizá no haya pecado que desacredite más al ministerio que éste. Por lo general, el sueldo del pastor suele ser bajo y sus exigencias son muchas. Pero si buscamos primeramente el “reino de Dios y su justicia” el Señor será quien le ayude a cumplir sus compromisos financieros, con tal de que aprenda a distinguir entre lo deseable y lo necesario.

Asimismo, el Apóstol Pablo señala entre los requisitos, que los obreros del Señor deben poseer en el área financiera es que “no sean codiciosos de ganancias deshonestas”, tampoco “avaros”. Por eso el Apóstol escribió: ”Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1ª Timoteo 6: 8-10).

El Apóstol Pedro por su parte se dirige a los Pastores diciéndoles: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1ª Pedro 5: 2) o como los expresa otra traducción: “no por ambiciones económicas sino porque desean servir al Señor”. Existen, lamentablemente, Pastores y Presbíteros que no viven “por fe” sino “de la fe”. A éstos el Apóstol Pablo los describe como “enemigos de la cruz de Cristo; cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que solo piensan en lo terrenal” (Filipenses 3: 18 – 19). Finalmente llegamos a la conclusión que ser “codicioso de ganancias deshonestas” no solo puede ocurrir en la vida material sino en la vida ministerial; porque si alguien percibe un salario de la iglesia y no trabaja honrada y responsablemente en el ministerio se lo puede considerar como “ganancia deshonesta”.

Vida familiar. Dentro de los requisitos personales del Pastor o del Presbítero, el Apóstol Pablo se refiere a las facetas más importantes de su vida familiar. Por tal motivo, escribió en las cartas pastorales en cuanto a la fidelidad conyugal, a la formación cristiana de los hijos y aun de la hospitalidad que debe manifestar en su hogar.

“Marido de una sola mujer”. Con respecto a este requisito, los comentaristas bíblicos ofrecen distintas explicaciones. Algunos dicen que un pastor o presbítero puede casarse una sola vez durante su vida. Otros dicen que esto significa que un ministro debe estar casado con una sola mujer a la vez. Otro punto de vista es que un pastor o presbítero debe ser fiel a su esposa: “un hombre de una sola mujer” y otros dicen que para ejercer su ministerio pastoral conviene o es necesario que sea casado. Nosotros creemos que el espíritu que encierra la expresión “marido de una sola mujer” es el de señalar que el ministro del Señor debe tener una esposa única con la que permanecerá hasta la muerte, pues el mandamiento del Señor Jesucristo cuando dijo: “lo que Dios juntó no lo separe el hombre” (Marcos 10: 9), complementa al ya señalado de “marido de una sola mujer”.
El obrero del Señor, que posee un llamado a la obra pastoral, debe buscar una esposa que sea “ayuda idónea”, apta, adecuada, complementaria para la tarea que el Señor le ha encomendado para no correr el riesgo de fracasar en su ministerio. Por ello deberá poner en oración ante el Señor a la mujer que crea es la que el Señor preparó para él. Al decir esto lo hacemos sobre la base de lo que Dios expresara al descubrir lo único “no bueno” que ocurría en el huerto: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” (Génesis 2: 18) y la solución inmediata que le dio al problema: “Y de la costilla que Jehová tomó del hombre, hizo una mujer y la trajo al hombre” (Génesis 2:22). Habiendo llegado a la convicción sobre la aprobación de Dios para la mujer por la que orara, el obrero cristiano deberá conversar sobre el tema con la mujer con la que desea iniciar el noviazgo haciéndole saber que tiene un llamado ineludible del Señor para que a ella no la tome por sorpresa. Ahora, si se casó con una mujer no idónea, esto indica una de dos cosas: O que fue incapaz de discernir la voluntad de Dios en una de las decisiones más grandes de la vida; o que, discerniéndola, no quiso acatarla y desobedeció al Señor. Si se casó con la mujer idónea y ésta llegó a serle infiel, esto evidenciaría, a priori, que no supo cultivar y conservar su cariño y no supo, no pudo o no quiso cumplir con las responsabilidades que tenía en su hogar y porque, tal vez, por ocuparse más de la iglesia o del ministerio que de ella la dejó en un olvidado segundo lugar. Situaciones como las descriptas son indicio de incapacidad para gobernar bien la Iglesia del Señor al no haber sabido gobernar bien la propia casa. Cualquiera fuese el caso, resulta descalificado para ejercer el ministerio. Lo mismo debemos decir de los pastores que caen en el pecado de adulterio, o se divorcian y se vuelven a casar, pretendiendo estar en condiciones de proseguir en el ministerio; creemos que tales hermanos han perdido su cualidad de irreprensibles y por lo tanto no están en condiciones de seguir frente a su ministerio. Tales personas, si se arrepienten, pueden ser restauradas a la comunión del Señor y de la iglesia, pero no pueden continuar en su ministerio.

“Que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad” y los críe en “disciplina y amonestación del Señor” para que sean “hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía”. Para ello, el pastor debe mantener una buena relación con sus hijos. No debe ser un dictador sino ganar con amor el corazón de ellos para que se sujeten a su autoridad, el mismo Apóstol Pablo, concluye: “Pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?”

“Hospedador”. El hogar del pastor debe ofrecer hospitalidad a los hermanos que vienen de visita a su casa o a la congregación. Que los invitados encuentren un verdadero oasis de refrigerio espiritual y físico en él.

La conducta del pastor debe ser irreprensible en la iglesia. “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1ª Timoteo 4:12). Los pastores cuya vida es un ejemplo de integridad, fidelidad y santidad para los miembros de la iglesia se convierten en la autoridad espiritual delegada por Dios, porque alguien dijo con sobrada razón: “Mejor predica aquel que vive”. Por eso el Apóstol Pedro en su primera carta capítulo cinco y versículo tres, reafirma esta característica diciendo que los pastores deben ser “ejemplos de la grey”.

La conducta del pastor debe ser irreprensible en el mundo corrupto que vivimos. Nuevamente recurrimos a las palabras del apóstol San Pablo, quien dijo: “También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo”. O como lo parafrasea la traducción de La Biblia al día: “Debe tener buena reputación entre los que no son cristianos, para que Satanás no le tienda una red de acusaciones que le impida conducir con libertad el rebaño”. En el aspecto social debe ser capaz de ser amigo de los pecadores sin contaminarse con sus vicios y pecados, tal como fue la experiencia del mismo Señor, que antes de ser nuestro Salvador fue “Amigo de los pecadores”, pero apartado de los pecados de ellos.

“No dado al vino, no violento, sino amable, no pendenciero”. Estas expresiones hablan del comportamiento que debe tener el Pastor o el Presbítero. Para mantener relaciones cordiales con el prójimo se necesita, por una parte, una disposición no violenta. La idea es que no debe ofenderse fácilmente. Por otra parte, no debe insistir en sus derechos sino soportar la ofensa y dejarla pasar por alto, no dando lugar a la contienda. Estas palabras revelan el significado del vocablo traducido “amable”. El requisito “no dado al vino” guarda relación con las actitudes mencionadas por cuanto el vino enciende las pasiones y convierte al más apacible en pendenciero, pero además avergüenza al evangelio un ministro que no puede dominar su inclinación a la bebida alcohólica.

b) Madurez espiritual. El Pastor, el Presbítero y todo Obrero cristiano debe ser una persona madura “no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo”. La palabra “neófito” se ha traducido también como “recién convertido”. Pero no hemos de creer que el hecho de haber transcurrido mucho tiempo desde que un hermano se convirtió a Cristo es indicio infalible de madurez espiritual. El Apóstol Pablo en su Carta a los Hebreos corrobora esta situación, diciendo: “Porque debiendo ya ser maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado la madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5: 11-14). Esto indica que, además de la madurez espiritual que solo se consigue con el paso de los años vividos en comunión con el Señor y en la meditación de su Palabra, el siervo de Dios debe prepararse estudiándola continuamente porque solo quien sigue siendo discípulo puede continuar creciendo en el conocimiento de Dios. Si hubiese quien piense que ya no tiene más que aprender es porque dejó de sentirse discípulo, y si esto ocurriera, el tal hombre habiendo perdido la capacidad de continuar aprendiendo y por ello la de ser discípulo, habrá dejado de ser un instrumento útil en la obra del Señor.

El “neófito o el nuevo convertido” no puede asumir el ministerio pastoral porque corre el riesgo de enorgullecerse y el orgullo conduce a la caída, como le ocurrió al querubín que se transformó en Satanás. Leemos en el libro de Proverbios 16:18: ”Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez del espíritu”.

Los Apóstoles Pablo y Pedro escribieron que era necesario que el pastor no sea soberbio y que apaciente la iglesia de Dios no por fuerza sino voluntariamente, no como teniendo señorío sobre los hermanos. La soberbia no solo puede afectar a los nuevos hermanos también a los pastores más usados por Dios en el ministerio, porque piensen que son superiores a los demás o que son los únicos dueños de la verdad, por lo que con arrogancia imponen su propia voluntad, dominada por sus propios intereses sin tener en cuenta las necesidades de otros. Quienes actúan así olvidan lo dicho por el Apóstol Pablo: “¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado?” (1ª Corintios 14: 36) y también: “Digo, pues, por la gracia que me ha sido dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12: 3), para enseñar finalmente: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2: 3-8).

Cada Pastor y Presbítero debe tomar conciencia que el Señor es el Amo y Cabeza de la iglesia y que nosotros somos servidores de Dios y de los hermanos, ni dueños ni patrones de la iglesia, “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios” (1ª Corintios 4: 1); “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos por amor de Jesús” (2ª. Corintios 4: 5); “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente… no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado” (1ª Pedro 5: 2-3).

Alguien expresó con sobrada razón: “Una cosa es pastorear el rebaño y otra, es arriar el rebaño”. Los ministros del Señor deben distinguir entre el concepto de “autoridad” y de “autoritarismo” que algunos manifiestan para con sus colaboradores y miembros de la iglesia en la cual están sirviendo.

La madurez espiritual incluye la posesión y el desarrollo de las cualidades citadas por el Apóstol Pablo: “sobrio, prudente, decoroso”. La “sobriedad” capacita a una persona a controlar sus palabras, acciones y emociones. Debe controlar, por la gracia de Dios, su vida en todos los aspectos, es decir, su carácter, su temperamento; aun su vestimenta, el alimento y los apetitos sexuales. En suma, debe ser moderado en todo. La “prudencia” es una virtud que consiste en discernir lo bueno de lo malo, es obrar con sentido común y con dominio propio. Una persona prudente es razonable, sabia y de buen juicio. No toma decisiones apresuradas y superficiales, basadas en pensamientos inmaduros, sino que ejerce control de sí misma. El “decoro” posibilita a llevar una vida ordenada, decente y equilibrada, es decir, organizada correctamente tanto en el aspecto físico, como en el emocional, el intelectual y el espiritual. A medida que el ministro de Dios entregue su ser al señorío de Cristo estas virtudes serán acrecentadas en él.

Juntamente con el aumento de la madurez espiritual del Pastor, del Presbítero y de todo Obrero cristiano y en relación directa con ella, se producirá un aumento de eficacia en su ministerio de predicación y enseñanza. La madurez espiritual significa que las verdades divinas han sido apropiadas por él y hechas suyas por la experiencia, convirtiéndose así en testigo y practicante de lo que predica y enseña.

Otras de las cualidades que el Señor exige en su palabra a sus siervos son que: “no debe ser iracundo” pero sí “amante de lo bueno, justo, santo, dueño de sí mismo”. En otras palabras, sabe controlar su temperamento, ama lo que es bueno, vive rectamente, conforme a la palabra de Dios, apartado de la corrupción moral de este mundo, con toda pureza.

c) Aptitud para enseñar. “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros… Pero desecha las cuestiones necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas. Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2ª. Timoteo 2: 1-2 y 23-26). El Apóstol Pablo en su carta a Tito capítulo1, versículo 9, escribió que el pastor, el presbítero deber ser “retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen”.

Estas palabras nos llevan al desarrollo de la aptitud para enseñar y tiene una similitud con la experiencia de Esdras en el Antiguo Testamento. Leemos en el capítulo séptimo y versículo décimo de su libro: “Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos”. Todo Pastor y todo Presbítero debe tener en cuenta estos pasos a seguir y en el orden que allí se señala para ser “apto para enseñar”. Primero: Debe preparar su corazón espiritualmente a solas con el Señor; segundo: Estudiar constantemente las Escrituras; tercero: Practicar lo que aprende para tener autoridad en su enseñanza y cuarto: Enseñar bajo la unción del Espíritu Santo.

El propósito de la enseñanza que se debe impartir a los miembros de la iglesia es para “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4: 12). En otras palabras debe formar y capacitar a sus colaboradores para que éstos a su vez vivan, trabajen y testifiquen como fieles cristianos.

“Exhortar con sana enseñanza”. La palabra “exhortar” significa: Instar, mover, estimular a una persona con palabras, razones y ruegos a que haga o deje de hacer alguna cosa. Esta definición contrasta con el concepto que tienen muchos acerca de la palabra en cuestión. Para muchos “exhortar” es “agredir con palabras” o “reprender” a los hermanos exigiendo el cumplimiento de la palabra de Dios. Una versión de las Escrituras dice: “Por lo tanto, te encarezco ante Dios y ante Jesucristo, quien juzgará a los vivos y a los muertos cuando venga a establecer su reino, que con urgencia prediques la Palabra de Dios; que lo hagas a tiempo y fuera de tiempo, cuando convenga y cuando no convenga. Convence, aconseja, reprende si es necesario, insta a hacer el bien; y en todo tiempo, con paciencia, proporciona a tu pueblo el alimento espiritual de la Palabra de Dios. Porque llegará el momento en que la gente no querrá escuchar la verdad, sino que correrán en pos de maestros que le digan lo que desean oír. En vez de escuchar lo que la Biblia dice, correrán ciegamente tras sus errados conceptos” (2ª. Timoteo 4: 1-4).

Cuando el Pastor o el Presbítero enseña públicamente y por las casas debe alcanzar los mismos objetivos que propone la Escritura, es decir, debe apuntar a la enseñanza de la “sana doctrina”, es decir, de las grandes verdades de la fe cristiana explicando cómo éstas pueden tener una aplicación práctica en nuestras vidas. Dios por medio de su Espíritu y utilizando su Palabra despertará la conciencia de los oyentes para que se reconozcan, confiesen y abandonen los pecados. La enseñanza de la doctrina corrige los conceptos errados que tienen muchos hermanos en cuanto a la vida y experiencia cristianas; también en cuanto a la iglesia y su misión. Asimismo, el Pastor y el Presbítero deben tener como fin el de enseñar en forma positiva ante las diferentes circunstancias, cómo andar diariamente ante Dios y los hombres, cómo vivir correcta, limpia y justamente, con el propósito de que seamos enteramente preparados para toda buena obra (2ª Timoteo 3:16-17).

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