Horror a bordo

– “Tihéa” –ya está lanzado al vacío, la mirada al infinito, la espalda al chofer del autobús, el bolso deportivo al amparo táctil de los tobillos, las tijeras al viento–. Así le dice a las tijeras mi hijo mayor, Wilson, Wilsoncito. Tiene cinco años y un problema de dicción irreversible, secuela de un accidente que sufrimos hace seis meses. “Tihéa”.

El Vendedor de Tijeras sacude su filosa mercadería. Habla con tono bajo, desanimado a  los ocho pasajeros. «Hay que tener mucha labia para vender café con este calor”, le dijo la Vendedora de Café que bajaba del autobús cuando él subía, “hay que saber mentir”. Pero aunque sepas mentir, tener sólo ocho potenciales compradores es demasiado poco para ilusionarse con vender algo. Resulta muy difícil, por más labia que tengas.
– Resulta muy difícil, por más necesidad que tenga, contarles esto, porque ustedes van a pensar que me aprovecho de lo que le pasó a mi familia, de lo que le pasó a Wilson, solamente para venderles a diez pesitos una tijera. Una joven embarazada lo mira con los ojos grandes, sin pestañear. Una mujer de pelo verde lo mira con desconfianza. Un muchacho de anteojos no lo mira, prefiere la ventanilla.

– A diez pesitos una “tihéa”, como él me dice, cada mañana, y me pide que no vaya a trabajar, que me quede jugando en casa. Por suerte ya  está grandecito y entiende cuando le explico que hay que ganarse la vida, y me ayuda a preparar el bolso para salir a alimentar a los cuatro. Porque ahora somos cuatro… Una anciana lo mira por sobre el pañuelo mientras se suena con esfuerzo la nariz. Una chica muy bonita lo mira con ojos entrecerrados.

– Hasta el accidente éramos seis, pero ese día murieron mi mujer, Eleonor, y mi otro hijo Marianito, que en paz descansen. Ahora somos solamente cuatro, porque Wilson tiene dos hermanitas menores, mellizas; Lili y Tina.

Un hombre joven, con barba de dos días, lo mira con la cabeza apoyada en el vidrio de la ventanilla. Un canoso obeso, con traje de dos días, mira hacia el horizonte con mueca de fastidio.

– Tienen diez meses las gordas, pero parecen más grandes. Wilson las cuida todo el día. No parece de cinco años. Es muy responsable. Un adolescente que lleva auriculares lo mira marcando el ritmo con el mentón, como si asintiera todo el tiempo.

– Mi mujer, Eleonor, tenía cáncer, sabíamos que iba a morir pronto –se descubre más enérgico–. Pero el accidente apuró la cosa: nos cayó una avioneta militar en el techo de la casa. Ahí fue que murieron ella y Marianito. Una avioneta en tu techo mata más que el cáncer. No hay vacuna para la avioneta en tu techo. El hombre con barba de dos días aprieta los labios. La señora de pelo verde lo mira extrañada.

– Y así como las mellizas y Wilson tienen que comer, prácticamente, todos los días, yo tengo que vender tijeras todos los días. Si hoy no vendo, esta noche en casa alguien no come –resopla–. “¿Vendi’te tihéa?”, me sabe preguntar Wilson cuando regreso. La chica linda mira a su alrededor, acaso busca complicidad en algún otro pasajero. La anciana parece impresionada y luce la quijada caída.

– Wilson no puede caminar, desde que nos cayó esa bendita avioneta en el techo. A Dios gracias, tiene una sillita de ruedas. Me la vendió una vecina, que es concejal. Se la voy pagando todos los meses. Hice el cálculo: una de cada cuatro tijeras que vendo, va para pagar la silla de  ruedas.La chica embarazada se quiebra y tose. La señora de pelo verde niega con la cabeza y repudia.

– Gracias a la sillita de ruedas, Wilson puede preparar las mamaderas o ir a cambiarle los pañales a las mellizas. Las dos nacieron con una enfermedad en la sangre, ¿les dije? No se sabe bien qué es, pero el tratamiento es muy costoso, tanto, que no lo están haciendo, pobres  criaturitas. Muestra y blande un segundo modelo de tijera, envuelta en cartón y plástico. El muchacho de anteojos se seca las lágrimas.

– Para colmo, tenemos la casa inundada. No por la lluvia, sino por las napas. Vivimos en zona de relleno, fue rellenada con basura y el suelo  es poroso. Es como basura líquida que brota del piso. Me lo explicó una vecina, que es concejal. No la de la sillita de ruedas, otra vecina que también es concejal. Son las dos buenísimas. El canoso de traje traga saliva con dificultad. El adolescente de auriculares frunce el ceño, sin  dejar de marcar el ritmo.

– Digo, las dos tijeras, son buenísimas. Industria brasileña. Como la avioneta que cayó en mi casa. Diez pesitos cada “tihéa”. Duran toda la  vida. No se rompen ni se desafilan. Recuerden lo que les digo: estas tijeras nos van a enterrar a todos. Una, dos, seis vendidas. Nada mal.  Cobra y entrega con la cabeza gacha, mira fugazmente a cada comprador, retrocede rumbo a la puerta.

– Muchas gracias, de parte mía, de Tina, de Lili, de Wilson y de su sillita de ruedas. El autobús se detiene. Mientras dos pasajeras ascienden, da un vistazo final a su coto de venta: la señora de cabellos verdes todavía lo mira con recelo; el canoso menea la cabeza, enojado; la mujer  embarazada solloza. El Vendedor de Tijeras baja e intercambia un saludo con el Vendedor de Reglas y Escuadras, quien trepa la escalinata en pos de su propio intento comercial. El autobús arranca. El Vendedor de Reglas y Escuadras se acomoda, la mirada al infinito, la espalda al  chofer del autobús, el bolso deportivo al amparo táctil de los tobillos. Se lanza al vacío.

– “Égla y ecuhála”. Así les dice a la regla y a la escuadra mi hijo mayor, Wilson, Wilsoncito. Tiene cinco años y un problema de dicción irreversible, secuela de un accidente que sufrimos hace seis meses. “Égla y ecuhála”. Para mí es muy difícil, por más necesidad que tenga, contarles esto, porque van a pensar que me aprovecho…

Insultos, injurias, improperios. El sujeto canoso y la anciana resfriada comparten gestos de reclamo airado. La joven bonita y el muchacho de barba amenazan al Vendedor de Reglas y Escuadras, que está a la mano. La señora de cabellos verdes y el hombre de anteojos prefieren  asomarse por la ventanilla e intentan divisar al Vendedor de Tijeras. Mentiroso. Ahí está, parece. Pero ya muy lejos. No escucha. El autobús sigue su ruta a los saltos. La chica embarazada llora. El adolescente marca el ritmo.

Atardece y el Vendedor de Tijeras camina feliz. Va casi bailando por la acera suburbana mientras cuenta los billetes del sabroso botín diario. Aquí hay menos tránsito, pero más ladridos y disparos de balas perdidas. Se termina el pavimento, empieza a chapotear en barro, en agua. La zona está inundada. Hay basura flotando. Llega a una pequeña casa de ladrillos, también inundada. Desde afuera percibe el dueto de llantos de bebé. Se agacha para abrazar a Wilson, quien salió a recibirlo en su silla, con el agua negra hasta la mitad de las ruedas: “¿Vendi’te tihéa?”  La cola verde oliva de una avioneta asoma, incrustada, desde el techo.

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