Homero y Hesiodo

HONGOS
Homero y Hesiodo. La descripción homérica de los valores y la sociedad micénica. La épica y la moral de la fuerza. Hesiodo, lo pacífico y lo divino.

Homero y Hesiodo son las raíces espirituales de la Grecia Clásica. Son las raíces del mismo árbol. Pero no son raíces nuevas, digamos que su semilla entronca con el mundo aqueo, colapsado por lo que la tradición llama la invasión doria y que, muy probablemente, deba situarse dentro de los movimientos –profundamente enigmáticos- de los Pueblos del Mar.

La Ilíada y la Odisea

Así Homero, en la Ilíada y la Odisea, nos muestra lo que debió ser el mundo micénico. En el primer caso su épica, sus valores y lo que debía ser una Grecia arcaica dominada por reyes y “aristoi” contemplados y concebidos como héroes.

Concepción, por otro lado, que poco o nada tiene que ver con los valores teóricos que, muy posteriormente, se desarrollaron en la Edad Media alrededor de la caballería y del concepto de lo caballeresco. Impecable muestra de eso será la tradición Occitana y, por citar un personaje novelesco tardío, la figura de “Tirant lo Blanc”-.

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Esos héroes micénicos son caudillos, y su comportamiento moral no se basa en la “mores” (costumbre social) sino en la pura fuerza. Eso es lo que los justifica, después podrán tener o no “pietas” –es paradigmático el caso de Aquiles y los dos comportamientos que da al cadáver de Hector, el primero y humillante tras la victoria sobre él, el segundo y más compasivo tras los ruegos de Priamo-.

En la Odisea se muestran, sin embargo, ya una cierta inversión o evolución de valores, ahí el ingenio prima sobre la fuerza, aparece la idea de virtud –en el intachable comportamiento de Penélope-. Y, en lo espacial, aparece también lo que son los horizontes del ecumene micénico, que no se circunscribe sólo al mundo Egeo sino buena parte del Mediterráneo oriental –Sicilia y el norte de África aparecen en el viaje de Odiseo a Ítaca, genial y contemporáneamente versificado por Kavafis-.

El mundo homérico

De la obra de Homero se desprende un mundo de exaltación de valores guerreros. Pero donde también existen unos héroes fundadores, que con todos sus defectos, a veces mucho más claros que sus virtudes, muestran unos patrones a seguir y unas moralejas de las que tomar ejemplo.

Se muestra también el mundo divino, en la medida de las muy humanas deidades olímpicas, y su funcionamiento, así como unas tierras y unos límites del espacio conocido y una concepción del universo.

De la interacción de esas esferas, humana, divina y espacial, surge una determinada visión del mundo, que en Homero es esencialmente épico.

Lo es en todo, así los comportamientos, las pasiones y hasta los movimientos son esfuerzos a superar, pruebas que cumplir, pero el mismo hecho de realizar ese esfuerzo ya se ve como algo positivo, ya implica, en sí mismo, un premio.

Esa épica de la superación lleva, en cierto modo, el germen del interés hacia lo nuevo, del ir hacia más allá, de traspasar los límites y de considerar que no hay límites infranqueables, en definitiva, que no hay límites fijos.

Hesiodo o la sencillez de lo natural

Hesiodo expresa unos valores mucho más pacíficos, fuertemente vinculados a una cierta imagen idealizada de un mundo rural en «Los trabajos y los días», aboga por las virtudes de la justicia y del trabajo y, también, de, cómo por medio de éste último se agrada, a los dioses, que son quienes lo han instituido como necesidad.

Dentro de esa necesidad de explicar el funcionamiento del mundo divino y su motivación, que para Hesiodo es la justicia que considera valor esencial de Zeus, se realiza un esfuerzo para racionalizar toda la herencia mítica-religiosa y formar, a partir de ella, un “corpus” que pretende ser coherente, tanto como dispensador de valores como sistema explicativo.

La Teogonía y su cosmovisión

De lo primero nos interesa sobre todo la voluntad de formar un comportamiento racional, lógico, al que adaptar el comportamiento, muchas veces caprichoso, de los dioses. Ya no se trata de aplacarles o buscar su favor sino de comprenderles, y considerar que su voluntad obedece a un fin.

De lo segundo nos interesa ver la concepción del universo que, en origen, manejaba el mundo griego.

La cosmogonía que recoge Hesiodo en su Teogonía es similar a la de las culturas cercanas, aunque incluye algunos aspectos diferenciales u originales. Así considera que el elemento primigenio es el Caos, que en este caso es un espacio vacío, del Caos surge Gea o la Tierra, que se sostiene o flota en ese Caos, y Eros, que se considera la fuerza animadora y creadora del cosmos.

Aquí se contempla que el universo lo forman el espacio (el Caos), en el que se encuentra la materia (Gea, que incluye a toda la materia: montañas, estrellas, mares…), que se desarrolla gracias a la energía (Eros, que es el espíritu creador, la fuerza que mueve el universo).

Es evidente que estos tres elementos clave, de los cuales se derivaran todos los demás (desde las abstracciones a las fuerzas naturales), forman ya un sistema explicativo de un fortísimo componente racional y que, lejos de ser un sistema cerrado, su propia formulación (espacio, materia y energía), facilita múltiples relaciones y posibles modificaciones.

La flexibilidad del sistema deriva de la esencia de sus componentes, ya no son materializaciones (tales cono agua, fuego, aire o tierra), son abstracciones que pueden incluir, sin alterarse, diferentes materializaciones, así dentro de cada una de las tres categorías caven los elementos nuevos que sean precisos.

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