Hologramas del pasado

“Seamos realistas, pidamos lo imposible”, escribían en las paredes durante el Mayo Francés. Pero mejor es lo inesperado. Ir a un lugar pensando que vas a encontrarte con una cosa y de golpe, ¡zas! aparece otra. Por ejemplo: el mejor analista político del país no es un analista político, sino un poeta. Si te querés ir a dormir tranquilo, poné el GPS de la felicidad progre y leé o escuchá a Mario Wainfeld, pero si preferís poner tus propias certezas en duda y aspirás a ampliar tu sensibilidad y no descansar en el cuarto viciado y cerrado de tu ideología, entonces leé a Martín Rodríguez quien desde su blog Revolución Tinta Limón erosiona los lugares comunes de su propia agrupación, el kirchnerismo. Lo mismo pasa con los libros de Simon Reynolds. Pensás que vas a leer reflexiones sobre el pop, pero en verdad terminás pensando sobre la historia, la muerte personal, los fantasmas y la nostalgia conservadora o restauradora como enemigos del espíritu. Hace poco se empezó a decir que la verdadera gran novela americana no la escribían los novelistas contemporáneos, sino los guionistas de las series como LostMad Men y tantas otras. Parecía haber ahí más intensidad y potencia narrativa que en Jonathan Franzen o Jennifer Egan. Y puede ser. De hecho, en los dos libros de Simon Reynolds, Después del rock yRetromanía (Caja negra) y en el genial El basurero de la historia de Greil Marcus (Paidós) uno encuentra más ideas inquietantes que en los libros de críticos culturales hechos y derechos. Marcus y Reynolds son periodistas que empezaron reseñando discos de rock y a través de lecturas cruzadas se “desespecializaron”: Derrida, Barthes, Deleuze, Kristeva, Benjamin hacen mosh con Johnny Rotten, el post punk, los Beatles, la cultura rave o Dylan. Los genéros bastardos como la ciencia ficción y la crítica de rock están produciendo gemas al trabajar como soldadores de la alta cultura y la cultura trash.

Hace unos meses, mediante un holograma en dos dimensiones, la sociedad del espéctaculo mostró un recurso estéril pero impactante: devolvió a la vida al rapero Tupac Shakur y lo hizo cantar junto a otros raperos míticos, pero vivos, en el escenario de un festival. Me imaginé charlar con mi madre muerta en el patio de mi casa mediante este mismo método. Creo que grabando la voz ya se conseguirá que el holograma –el fantasma– responda de manera inteligente a lo que uno le pregunte. ¿Qué significa esto? Mi experiencia vital con mi madre está almacenada en mis recuerdos, en mis gestos y en mis decisiones, su aparición fantasmal, su regodeo retro, es anular esa experiencia. Martín Heidegger decía que la ciencia ya no piensa. Uno podría afirmar después de los esterotipados recitales de Roger Waters, entre otras cosas, que la gente ya no quiere tener experiencia, prefiere grabar, repetir, volver a mirar sin animarse a aceptar la condición mortal de los eventos y de uno mismo.

En un ensayo de Otras inquisiciones, “El pudor de la historia”, Jorge Luis Borges escribe: “Yo he sospechado que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo, secretas”. Greil Marcus trabaja esta idea en su libro cuando defiende, para explicar el nazismo, a ficciones menores como los best-séllers de cacerías nazis, del tipo Los niños del Brasil. Simon Reynolds se pregunta en Retromanía: ¿La nostalgia obstaculiza la capacidad de avanzar de nuestra cultura? ¿O somos nostálgicos precisamente porque nuestra cultura ha dejado de avanzar y por lo tanto debemos mirar inevitablemente hacia atrás en busca de momentos más potentes y dinámicos? La respuesta a esta pregunta la dio Bob Dylan en sus últimos conciertos de Buenos Aires. Por un lado, existe la repetición de fechas. Dylan está luchando con la muerte en su gira de nunca acabar. Pero si bien se reiteran las fechas, nunca los temas que toca son iguales, todos se regeneran y se potencian en vivo. Dylan no se regodea en su mito, en su pasado, sino que busca que cada canción suene en presente del indicativo. De esta manera, los que asisten a sus conciertos, no ven taxidermismo, sino pura experiencia. Volvamos a Borges. Cuando se le preguntó qué libro llevaría a una isla desierta, dijo que le gustaría tener ahí la Historia de la filosofía occidental, de Russell. La pregunta por la isla desierta ya es un lugar común, sobre todo porque los libros no sirven para estar solo, aunque prometan eso, la literatura verdadera es para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos, propongo tener a mano el catálogo genial de Caja Negra: Reynolds, Pablo Schanton, Spinoza, Oscar del Barco, Burroughs, Barón Biza: qué más pedir.

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