Historia y leyenda del Petiso orejudo

Horripilante, hiena, monstruo, bestia, idiota, imbécil, inhumano, fiera, repugnante, degenerado, morboso, horrendo, abominable, macabro, invertido. El periodista Rodolfo Palacios lee y cada una de las palabras de la lista parece pesar más que la anterior, doler más que la anterior. Se trata de las formas en que ha sido calificado Cayetano Santos Godino, más conocido como el “Petiso orejudo”, en el imaginario colectivo el primer asesino serial de la historia argentina, tema del coloquio sobre delito, memoria urbana y escritura en la Argentina “El Petiso Orejudo. A un siglo de sus crímenes 1912-2012”, que tuvo lugar en el Museo del Libro y la Lengua de la Biblioteca Nacional. “Quizás haya que buscar en las resonancias de la criminología profana, criminología de papel de diario, de cancionero urbano, de radioteatro y de cinematógrafo, las razones de la perseverancia de Santos Godino en la memoria popular”, explicó el sociólogo e historiador Diego Galeano, organizador junto al periodista Javier Sinay del coloquio en el que se desarrollaron dos mesas sobre delito y sociedad en la Argentina del siglo XX y crimen, memoria urbana y cultura; que abordaron la fascinación de nuestro país por las historias policiales y el modo en que cada una de ellas, las que componen la historia criminal argentina, fueron y son narradas. “Les puedo asegurar que no hay ninguna historia más siniestra en Buenos Aires que la del Petiso orejudo, porque está ubicada en un tiempo y un espacio ideal”, dijo el historiador Leonel Contreras, autor del libro La leyenda del Petiso orejudo , en el inicio de su exposición. El Petiso, dijo, “es un personaje mítico y una leyenda urbana” y recordó los modos en que se lo evocaba en su barrio, Parque Patricios, cuando él era pequeño. “El 3 de diciembre de 1912 cuando comete su último crimen, Godino hace una serie de cosas que quedan instaladas en la mente de todos los que vivieron en ese momento. En el imaginario él hacía sistemáticamente lo que hizo ese 3 de diciembre: agarraba chicos, les prometía caramelos, los ahorcaba con un piolín, les clavaba un clavo en la cabeza y luego –esto es clave– iba a los velorios de los chicos que mataba”, comentó Contreras y aclaró que esa forma de proceder sólo pudo constatarse en ese caso, el último.

“Cómo decir algo nuevo después de cien años, cómo encontrar nuevos sentidos –se preguntó el periodista Osvaldo Aguirre–. La posibilidad puede surgir de la crítica de los relatos establecidos sobre la historia del Petiso. Me parece que hay que cuestionar los relatos convencionales que convirtieron a la historia en un relato folclórico”, señaló. Aguirre se refirió a la prensa de 1912 y sus crónicas, que sentaron las bases de la construcción mítica, propuso desplacer el foco de la figura del Petiso para centrarse en sus interlocutores, aquellos que contaron lo que supuestamente confesó Godino, quienes contribuyeron a definir sus características. “Lo primero que llama la atención es la fuerte impronta asertiva. La prensa de entonces no tiene dudas, está convencida de la culpabilidad. Hay un monstruo pero ha sido capturado. La prensa cerró la historia porque, dijeron los diarios, se trataba de ‘actos indescriptibles’ que debían ser relegados al secreto de la justicia”, explicó Aguirre. Para los expositores esa clausura fue la que borró las contradicciones de la historia y negó toda posibilidad de humanización de Godino.

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