Hilos, sudor y lágrimas

HONGOS

Todos los días a las cinco de la tarde, tropiezo con muchachas que vienen de buscar costura. Flacas, angustiosas, sufridas. El polvo de arroz no alcanza a cubrir las gargantas donde se marcan los tendones; y todas caminan con el cuerpo inclinado a un costado: la costumbre de llevar el atado siempre del brazo opuesto. Y los bultos son macizos, pesados: dan la sensación de contener plomo”, escribió Roberto Arlt en los 30.

Aunque han pasado 80 años de aquella Aguafuerte Porteña, las condiciones laborales de las trabajadoras textiles no ha cambiado sustancialmente; en algunos casos –como el de los talleres clandestinos– ha empeorado hasta el punto de esclavizar a miles de trabajadoras y trabajadores argentinos y extranjeros. En Mujeres en la industria textil, de la fábrica al taller clandestino (Editorial Biblos), María Inés Fernández y Lilian Legnazzi destejen la trama del trabajo textil en la Argentina desde fines del siglo XIX hasta comienzos del XXI.

En 1890 se radicó en La Emilia, a 12 kilómetros de San Nicolás, una de la primeras fábricas textiles del país. Si bien comenzó produciendo boinas, fajas, ponchos y mantas, con el tiempo fue profesionalizándose y conquistó nuevos mercados. Según señalan las autoras, esto ocurrió en una época de crisis económica en la que el ciclo de la lana comenzaba a declinar y la industria textil era casi inexistente. Pero quizá debido a ello, dicen, nació una industria nacional con capitales privados sin ningún tipo de ayuda crediticia. Los Córdova, dos hermanos españoles de la ciudad de Arrecifes, construyeron casas para los obreros, pavimentaron la ruta a San Nicolás, levantaron un teatro, una sala de primeros auxilios, una biblioteca y una escuela. La Emilia fue creciendo y decreciendo al ritmo del país: a fines de los 60, la fábrica comenzó a perder ventas debido a la competencia con el mercado textil asiático y durante el período en que José Alfredo Martínez de Hoz fue ministro de Economía –explican las autoras– se oficializó la quiebra. Con el cierre de La Emilia, muchos trabajadores y sus familias emigraron a San Nicolás y hoy en el pueblo sólo quedan 7 mil personas que luchan por seguir viviendo en la localidad que los vio nacer y desarrollarse.

Campomar de Valentín Alsina y la Fábrica Amat de Monte Grande son los otros dos ejemplos clave que se analizan en el libro y que, como La Emilia, vivieron su época de esplendor hasta los 60 cuando, con la apertura de la importación, las fábricas textiles argentinas empezaron a desmoronarse. Siguiendo las recetas neoliberales de la Escuela de Chicago, el plan de Martínez de Hoz terminó con lo que quedaba del Estado de Bienestar, cientos de empresas nacionales quebraron, miles de personas quedaron en la calle y comenzó a inflarse la burbuja financiera que estallaría a fines de los 90 cuando las promesas de la Revolución Productiva se deshacían en el aire.

“El menemismo significó la muerte de la pequeña industria, el gran cáncer –dijo una de las trabajadoras textiles entrevistadas en el libro–. Creo que es importante que los jóvenes sepan que esto empieza desde mediados de los 60, que hay una secuencia de destrucción del país. Fuimos líderes en muchas ramas de la industria y fuimos retrocediendo como quien entra en un tobogán y no puede parar la caída”. Entre 1975 y 1985, según registran las autoras, el empleo industrial se redujo a un ritmo del 2% anual, el salario real descendió fuertemente así como la lucha sindical, crecieron las actividades cuentapropistas y gran porcentaje del personal calificado emigró al exterior. Según el Censo Nacional Económico de 1985, citado en la investigación, en 1974, 46 mil mujeres trabajaban en la industria textil, mientras que en el 85 sólo quedaban 26.931. Pero la gravedad de la situación llegó a límites insospechados a fines de los 90 cuando, según un informe de la CEPAL, 10 millones y medio de argentinos estaban bajo la línea de pobreza y 2,5 millones, en la indigencia.

“Las mujeres asalariadas fueron las primeras protagonistas de una fuerza de trabajo ‘flexible’ demandada por procesos industriales y agroindustriales que obedecían a nuevos mercados en constante transformación, algunos de los cuales en los que la conflictividad se afincaba en el bajo costo de la mano de obra, otros en que, además la estacionalidad o volatilidad de la demanda de los bienes se requería mano de obra contratada temporalmente”, escriben las autoras, quienes además subrayan la vulnerabilidad de las trabajadoras ante la falta de normas regulatorias arrasadas por el llamado neoliberalismo.

De la mano de los Tratados de Libre Comercio, las empresas multinacionales irrumpieron en América Latina y la flexibilización laboral se profundizó hasta convertir a miles de personas en esclavos del sistema: “Un comprador canadiense pagará hasta 35 dólares por una camisa de la marca GAP. Y en El Salvador, la mujer que la confeccionó en una de las tantas plantas maquiladoras, apenas ganará 27 centavos de dólar por cada una. Su ‘sueldo’ dependerá sólo de las prendas que sea capaz de confeccionar”, se lee en el libro. En la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano, la industria clandestina factura más de 700 millones de dólares al año y se estima en unos 130 mil los trabajadores y trabajadoras explotadas. Pero no todo es derrota: Fernández y Legnazzi señalan que la pauperización laboral también abrió la puerta a la organización de las mujeres para pelear por sus derechos: “Los cambios operados en las últimas décadas respecto de lo que las mujeres esperan de sí mismas y de lo que el mundo espera de ellas las convierte, como grupo, en una fuerza política destacada como nunca antes lo había sido”.

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