Hacia dónde va la prensa cultural

De qué hablamos cuando hablamos de periodismo cultural? Tracemos un mapa a mano alzada en una servilleta de papel traslúcida de bar. En primer lugar, cobra relieve una rama profesional cuyos frutos son productos que brotan en los medios masi vos, comerciales. Luego, debajo de la línea de flotación del rédito económico, está la tan vital como inestable red compuesta por una miríada de publicaciones en papel y virtuales, proyectos colectivos motorizados por afinidades y entusiasmos compartidos con el afán de difundir nuevas voces, polémicas, análisis y enfoques.

Llamamos a todo esto con el mismo nombre pero, salvo contadas excepciones, los medios alternativos no se rigen por la lógica profesional del periodismo rentado. Las revistas que de hecho dejaron una impronta indeleble, que marcaron una época, desde Cerdos y Peces a Punto de vista, del Diario de poesía a Ramona, fueron empresas en el sentido quijotesco de la palabra, no en su sentido capitalista.

¿Por qué este tipo de proyectos independientes suele tener más penetración, más incidencia, más peso específico, si tienen una infraestructura y un alcance mucho más acotado? Es un poco como el dicho, sí: el que mucho abarca, poco aprieta. Porque el periodismo profesional y su batería de suplementos aspira a un lector genérico y ofrece una mirada ecuménica que no deja a nadie afuera, y tiene el reloj y a veces hasta la retórica sincronizada cuando no colonizada por el mercado y la industria cultural, y una sed de noticias y novedades desmesurada. Por su parte, las revistas culturales independientes suelen tener una identidad y un lector o interlocutor definido, una agenda y una retórica propia, suelen responder a un proyecto puntual, a un grupo o tendencia determinada. Y despliegan una capacidad más potente de crítica e intervención porque, como dice el académico Daniel Link, no sucumben ante “los formatos estandarizados hasta la náusea del periodismo de hoy” ni a la “viscosidad propia de los medios: las efemérides, el sentimentalismo, la celebración irreflexiva de lo que existe.” “Me estimula cierta vitalidad de lo ‘independiente’”, dice el escritor y cronista Juan José Becerra. “Estos espacios de soberanía artística proliferan y un día –si ese día ya no llegó– serán, sumados, la masa crítica de la cultura”, agrega el autor de Miles de años y la flamante La interpretación de un libro, que además de novelista es una de las plumas más perspicaces y zumbonas de la actualidad, que desparrama su prosa en todo el espectro de medios culturales, ya sea escribiendo críticas de libros o películas, crónicas, entrevistas, comentando la tele en pantuflas o siguiendo la campaña de Boca desde la platea.

Otros, directamente, descreen de los medios, ya sean independientes o profesionales. “Prefiero a las redes sociales, con toda su proliferación alocada, sus discusiones atolondradas, su desprolijidad y su calentura,” dice Oscar Cuervo, responsable de la revista La otra. El joven crítico Claudio Iglesias, por su parte, aventura una explicación más mesurada: “Mover la discusión al terreno de la comunicación artesanal, la precariedad financiera y la asociación libre permite abrir un horizonte que en otras condiciones quedaría velado por el día a día, los deadlines y la necesidad de llenar el vacío con contenido semántico típico de las instituciones.” Para ser francos, la precariedad económica es un condicionamiento estructural del periodismo cultural en general. Este es uno de sus más amenazantes escollos, y el principal motivo por el que proliferan las revistas virtuales. Si bien todo esto complica la posibilidad de sostener proyectos en el tiempo más allá del impulso inicial (muchas veces uno no sabe si tal o cual proyecto terminó o si es que están hace años preparando el número próximo), el panorama en renovación constante es siempre estimulante, variado y bullicioso y va desde la literatura, las artes y la crítica tradicional, hasta experimentos más radicales. Este es un mapa tentativo, echemos un vistazo.

Un clásico del campo cultural argentino regresó el año pasado con nueva conducción editorial. Se trata de El ojo mocho, un proyecto que surgió en su momento del riñón intelectual de Horacio González y que combina teoría política y crítica cultural. Esa estela gonzaliana se propagó más allá del proyecto original hacia El río sin orillas, una revista-libro orientada a la filosofía política, y Mancilla, hecha por un grupo de jóvenes que ya va por su segundo número y está entre las propuestas más atendibles de los últimos meses. Otra revista que volvió –en este caso después de casi treinta años– y que comparte un zeitgeist con las anteriores, es Crisis. Su frecuencia bimestral le permite encarar los temas de actualidad –sobre todo cuestiones sociales y económicas– con otro tiempo y profundidad, y un discurso permeable a la academia y las ciencias sociales.

En general, en cada nicho o disciplina germinan publicaciones. Por nombrar algunos: en materia de teatro, Funámbulos; en arte y literatura, desde el fanzine Mama Lince, dirigido por Iglesias, hasta publicaciones refinadas, rigurosas y sofisticadas como Otra parte y Las ranas. En psicoanálisis, un clásico: Conjetural. En los márgenes, publicaciones de transgénero como El teje, la fumona THC y la futbolera Un caño. Luego vienen aquellas que cubren un espectro más amplio, de información general pero con recomendaciones y análisis especializados: Llegás a Buenos Aires, Los inrockuptibles o Rolling Stone. Un caso particular es el de La otra, un micro-multimedio de un solo hombre que tiene la forma de los intereses de Oscar Cuervo y que hace pie en una publicación semestral, un blog y un programa de radio.

En el campo de las revistas literarias, tras un cuarto de siglo ininterrumpido, el Diario de poesía (tal vez la publicación que mejor supo aunar las técnicas del periodismo en una escena artística específica) se convirtió en un faro ineludible que excede el verso para difundir una concepción de la literatura. Y después, La mujer de mi vida, la epistolar En ciernes, y la flamante Luz artificial (reconversión de la bahiense Vox), por citar algunos. Por su parte, ciertos proyectos de gran trayectoria encontraron en la Web una opción viable para seguir adelante, como la cinéfila El amante y la célebre Punto de vista (hoy Bazar americano).

Hablando de soportes y del paso del papel al bit, hasta hace diez o doce años, una revista cultural era sinónimo de celulosa, desde las hojas A4 abrochadas de los fanzines hasta el papel ilustración finamente encuadernado de las revistas filoacadémicas, pasando por el clásico papel de diario que sigue manchando de tinta las yemas. Hoy ya no. Mucho se habló de cómo la Web facilitó el pulular de todo tipo de publicaciones. Sin embargo, con los años, lo digital también empezó a mostrar la hilacha. ¿Qué pasa cuando se da de baja el dominio, cuando se deja de pagar el alojamiento en un servidor? El contenido se esfuma como si nunca hubiera existido. Pasó, por ejemplo, con dos proyectos pioneros como el Poesía.com y la revista Exito. Mientras en el primer caso dejó de estar disponible un archivo enorme de poesía argentina y latinoamericana contemporánea, en el caso de Exito se extravió uno de los proyectos editoriales más innovadores de los últimos tiempos. Fueron más de veinte números entre octubre de 2004 y mediados de 2007, cuyos sumarios podían incluir una crónica sobre un festival de música electrónica al lado de una nota sobre los recortes presupuestarios a la universidad pública, una introducción a la narrativa rusa contemporánea junto a la crónica de una visita a un dark room. “Devotas de lo bizarro y lo bello”, diría Iglesia, las notas de Exito se propusieron reformatear los códigos del periodismo cultural, echando mano tanto al humor irónico como a la crítica desenfadada. Pero como suele pasar en estos casos, no logró establecerse como un proyecto viable a largo plazo. Dice Germán Garrido, uno de sus editores: “Vivíamos convencidos de que la revista podía ser lanzada por un gran multimedio y ser un boom de ventas, pero eso derivaba del impulso egomaníaco que nos llevó, entre otras cosas, a nombrar a la revista Exito”.

El mismo riesgo corren El interpretador o No-retornable, Cítrica (hecha por ex trabajadores del diario Crítica), Escritores del mundo, o las flamantes Tónica (de crítica literaria) y Anfibia, un ambicioso proyecto de periodismo premium dirigido por Cristian Alarcón, descomunal cronista de la marginalidad. La Web ofrece inmediatez pero al mismo tiempo no garantiza la preservación. ¿Qué hacer, entonces? Una opción ingeniosa es la adoptada por la revista Planta, que gracias a un subsidio acaba de publicar una antología en papel, materializando algunos de los textos críticos más relevantes del último lustro.

Podríamos seguir trazando mapas, redes, vértices, conexiones, enumerando proyectos. Pero en definitiva, volviendo a la pregunta que abría el texto, ¿de qué hablamos cuando hablamos de periodismo cultural? En su conjunto, como discurso social o actividad intelectual, se erige como una suerte de Leviatán, caja de resonancia de la época y aparato de difusión, análisis y legitimación.

Y aunque la mayoría de las veces opera como mero espejo o termómetro de mejor o peor definición, queda claro que todavía puede funcionar como bisturí, como instrumento de crítica e intervención sobre el campo cultural o una escena determinada. Sin ir más lejos, seguramente hoy sábado cuatro o cinco personas se junten alrededor de la mesa de un bar, hagan un bollo la servilleta en la que se garabateó este mapa, pidan una ronda de café o cerveza y retomen la discusión acerca de esa revista que hace años viene npergeñando y, bueno, ya es hora de dar a conocer.

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