Hacedores de templos y criptas lujosas

La ciudad de Buenos Aires alberga algunos templos que constituyen verdaderas joyas arquitectónicas. ¿Qué fue lo que hizo posible la construcción de templos de lujo? En ello jugó un papel relevante un puñado de familias de la alta sociedad porteña.
A comienzos del siglo XX los más variados estilos arquitectónicos se instalaron en los templos de la ciudad de Buenos Aires. Cuanto más sofisticados, además de lujosos y caros resultaran, mejor. A veces se buscaban combinaciones entre diversos estilos que contribuyeron todavía más a realzar la sofisticación arquitectónica de algunas iglesias porteñas. El eclecticismo fue la norma, aunque el estilo neogótico constituyó la principal fuente de la que abrevaron los arquitectos que tuvieron a su cargo la construcción de las principales iglesias. No casualmente, esta riqueza arquitectónica se desarrolló en el momento de esplendor de la belle époque porteña. Las iglesias de Buenos Aires se sumaron a los grandes palacios que poseían las más importantes familias de los terratenientes pampeanos y contribuyeron también a embellecer y construir la ciudad. La sofisticación arquitectónica y artística de los templos porteños se podía advertir tanto en los principales barrios como en algunos rincones apartados de la ciudad. Los barrios tradicionales del centro contaban con parroquias de larga data, heredadas en su mayor parte de la época colonial. En Recoleta, en Retiro y en pleno centro de Buenos Aires las iglesias, si bien antiguas, se vieron súbitamente renovadas desde fines del siglo XIX en adelante. Comenzaron a lucir nuevos altares lujosos, que combinaban finos mármoles traídos de Europa con platería local; también las pinturas y los ornamentos religiosos se renovaron y adquirieron sofisticación. El tráfico de obras de arte y objetos de culto que se desarrolló a comienzos del siglo XX fue de enormes proporciones. Fue tal el tráfico que se desarrolló en este sentido que pronto despertó las suspicacias de los socialistas, que encontraron allí una buena ocasión para denunciar la alianza de las clases altas con la religión católica. En el Congreso nacional, estos últimos denunciaron recurrentemente que los terratenientes se dedicaban a comprar altares importados porque podían utilizarlos como fachada para un contrabando comercial que se hallaba a resguardo de las leyes. En efecto, la comercialización de objetos sagrados y de culto estaba exenta de impuestos según las leyes argentinas de Aduana. ¡Los socialistas acusaban a los terratenientes de ocultar telas de lujo importadas dentro de los embalajes de los altares de mármol de Carrara que llegaban al puerto de Buenos Aires! Con la sola firma de un sacerdote se podía -según afirmaban sus detractores – lograr que un determinado envío permaneciera exento de impuestos. Y todos sabían que había muchos sacerdotes que estaban vinculados por lazos de familia a importantes familias terratenientes. De este modo, se tejían redes que -insinuaban los socialistas en el Congreso- apañaban el contrabando1. No podríamos probar en estas páginas si efectivamente había algo de cierto en tamaña acusación, pero era innegable que existían lazos muy estrechos entre algunas familias “distinguidas” y el clero porteño. Tales relaciones quedaron plasmadas en la construcción de templos católicos que constituyen verdaderas joyas arquitectónicas tales como la basílica de Nuestra Señora de Pompeya o la de Nuestra Señora de Buenos Aires más allá de la Chacarita.

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