Hablando de mi generación

Esta entrevista se concretó en el lobby de un hotel en la ciudad de Valparaíso, unas horas después de que Almudena Grandes impartiera una charla larga y descontracturada para un puñado de fanáticos chilenos en el contexto de la segunda edición del Festival Puerto de Ideas. Es raro ver cómo se desenvuelve, frente a sus lectores, alguien que no podemos etiquetar como best-séller pero que genera un fanatismo comparable al que suscitan los que arrasan mercado: Almudena promete, frente a sus lectores, que en unos meses va a sacar una nueva novela, y ellos aplauden y festejan con la repentina tranquilidad del adicto que sabe que pronto recibirá su dosis. El lector de Julio Verne, su libro más reciente, es la segunda entrega de un proyecto panorámico, de seis novelas, acerca de la historia reciente de su país. El subtítulo global de la serie es “Episodios de una serie interminable”. De corte más bien decimonónico, Almudena Grandes contrabandea una tradición y una política literaria de otra época para narrar el presente. Amables con el lector, sus libros no proponen incomodidades ni rispideces en la fluidez de la trama, pero se van cargando de sentido ideológico de a poco, porque no hay dudas de que esta autora española tiene mucho para decir.

-¿Cómo surgió la idea de los 6 libros, la saga “Episodios de una guerra interminable”?
-Este proyecto arranca de un fenómeno que me absorbió a la hora de preparar El corazón helado. Cuando estaba pensando en escribir El corazón helado pensaba, como todos los españoles, que lo sabía todo sobre la Guerra Civil española. Yo había estudiado historia en la universidad, y tenía esa sensacion muy común y errónea de que llevaba toda la vida escuchando hablar del tema, y que con lo que sabia ya era suficiente. Había, sí, un par de puntos que no tenía claro, sobre los que tenía que documentarme, entonces decidí leer un poco al azar algunas cosas sueltas. Inmediatamente descubrí que no sabía nada. Eso fue una gran cosa. A partir de ahí me enganché: no podía parar de leer. Empecé a leer todo lo que podía; ficción, no ficción, republicanos, fascistas, propaganda, memorias, novelas, libros de historia. Fue un proceso muy absorbente porque era como tirar una hilera de fichas de dominó: cada libro que leía me obligaba a leer cuatro libros, cada uno de esos cuatro libros me obligaban a leer otros cuatros, etc. Acabé en una inmersión radical, durante muchos años. Solamente veía cine español, solamente leía libros españoles, solamente escuchaba música española. En ese proceso me fui encontrando con muchas historias o, mas bien, muchas historias me encontraron a mí. Me parecía que esas historias tenían un posible desarrollo literario, me daban ganas de escribir algo para contarlas. Pero yo estaba escribiendo una novela muy larga, que ya había decidido cómo iba a ser, asi que estas historias paralelas las iba apuntando en un cuaderno y las dejaba allí.

-Entonces escribió “El corazón helado”, ¿y qué pasó con esas historias?
-Bueno, me quedé un poco desconcertada después de ese libro, porque no sabía qué hacer. No podía escribir otra de mil páginas, porque era un poco excesivo. Escribir una novela negra de 200 páginas habría sido muy raro, para los lectores y para mí. Entonces me di cuenta de que había una de esas historias que había apuntado que se seguía dando vuelta, obsesionando de algún modo, la de la invasión del Valle de Arán, porque era un episodio demasiado grande, demasiado trascendente, y del que yo no sabía nada. Eso me impactó. Entonces empecé a pensar en una mujer que iba a caballo, con una pistola y pensé…. ¡yo esa imagen la había visto! Era parte de un western. Entonces probé escribir a partir de eso un guión de cine, como una forma de romper con la experiencia de El corazón helado. Probé escribir ese guión, pero no funcionaba. Digamos que tardé un año y medio en equivocarme, que fue el tiempo de trabajo sobre ese guión, y tardé un segundo y medio en acertar: en un momento de mucha desesperación, cuando ya no sabía hacia dónde ir, me dijo “bueno, pero lo que tengo que hacer es escribir novelas, que es lo que sé hacer”. Puse sobre la mesa, entonces, todas esas historias que tenía dando vueltas, que a su modo llevaba elaborando desde hacía años, y descubrí que me salían seis.

-¿Vio en esas historias una sucesión temporal, un camino?
-Sí, claro. Me permitían hacer un recorrido coherente durante 25 años de la historia de España, desde el 39 hasta el 64. Ahí me acordé de Benito Perez Galdós.

-¿Por qué?
-Bueno, es el escritor que más me ha influido, como lector y como escritora. Este es el modelo que hizo él en los Episodios nacionales, que después fue el modelo literario que uso Max Aub para contar la historia de España en un ciclo de novelas fundamentales, que se llama El laberinto mágico. Hay varios ciclos de los Epsiopdios de Galdós que son seis, a Max Aub le salieron 6 y a mí también. Así que hay algo en esa tradición.

-¿No le da miedo que le aburra el tema a mitad de camino, que la sature?
-No, porque estas novelas tienen un espíritu común, son novelas de resistencia al franquismo. Pero las primeras son de resistencia armada, de guerrilla, desde dos puntos de vista muy distintos, porque en la primera la protagonista está en un cuartel general de un ejército guerrillero y la segunda la cuenta un niño de nueve años que es hijo de un guardia civil y vive en una casa cuartel. Con esas dos ya he terminado con la guerrilla, con gran dolor de mi corazón, porque yo podía seguir escribiendo sobre la guerrilla hasta que me muriera. Y la tercera es una nvoela muy distinta, que sucede en Madrid, y cuenta una historia de resistencia chapucera, de militantes de base que hacen una cosa que sale fatal, y la novela termina en el año 50. Y como decíamos antes, la novelas van avanzando temporalmente, entonces espero que no vaya a aburrir, porque nunca es la misma época, y tampoco son iguales los enfoques.

-En los últimos años, en Argentina hay una fuerte revisión de los años de dictadura desde la ficción. ¿En España pasa lo mismo, o el suyo es un caso aislado?
-En España la memoria es el tema de mi generación. Cada generación, en cada país, tiene un asunto pendiente, y el de mi generación (que es la de los nietos que lucharon en la guerra) es la de la memoria. En algunos casos, hay escritores que escriben con consciencia de analizar un proyecto y recuperar la memoria, y en otros casos, no. Pero por ejemplo Javier Marías, que es un escritor que no ha hecho una apuesta política de recuperación de la memoria, tiene como tema central de su literatura la memoria. Porque ha sido el tema central de nuestra vida. Porque para todos nosotros ha habido una especie de nebulosa a nuestras espaldas, unos años de los que no se hablaba, de los que no se sabía. Los españoles de nuestra edad nos hemos criado en casas donde había fotos de personas de las que nada se sabía. No sabías por qué estaban tan amorosamente guardadas esas fotos. Eso ha sido una obsesión para todos nosotros. Esa obsesión se ha formulado de muchas formas distintas. Yo creo que es un tema central en la literatura española contemporánea. Hay formulaciones más frontales, más tangenciales, pero el tema siempre está ahí.

-¿Siente que este proyecto realista es, además, una buena plataforma para volcar su ideología y sus impresiones políticas?
-La crítica marxista tenía razón en que la literatura puede no tener que ver con la política, pero siempre tiene que ver con la ideología. Cada escritor filtra el mundo desde los atributos y los ingredientes de su memoria, de su conciencia, y por eso nunca hay dos miradas iguales. Escribir es tomar posición frente a la realidad. En ese sentido, escribir es un ejercicio comprometido. La diferencia entre un “escritor comprometido” y uno que no lo es, es que el primero lo reconoce en público y el segundo, no. Pero es igual. En un mundo como el que vivimos, escribir novelas rosas es una toma de posición tan profunda como escribir literatura social o política, entre comillas. Es inevitable que en tu obra aparezca tu visión de mundo. El deber de un escritor no es la neutralidad. Y además, la objetividad no existe. Por otro lado, mi única obligación es escribir los mejores libros que pueda, así que no puedo dejar que un afán panfletario o propagandístico vaya en detrimento de la calidad literaria. Evito la propaganda todo lo que puedo, en ese sentido. Hay otros medios para hacer propaganda, además, que son mucho más útiles: los articulos en los periódicos, las conferencias. Los panfletos te obligan, por otra parte, a renunciar a una serie de elementos que son fundamentales para la literatura, como la sutileza o la ironía.

-Hablando de España, ¿el mercado editorial está muy afectado con la crisis?
-Sí, se ha afectado mucho. Ha tardado, somos los que más hemos aguantado. La música y el cine cayeron antes, pero en los últimos meses el mercado se ha empezado a contraer, porque subieron salvajemente los impuestos, las cifras de paro crecen cada vez más, y es evidente que, en la medida que el consumo se contrae, se resiente el mercado editorial. La cosa ha aguantado bastante bien hasta después de navidad, pero en los últimos meses la situación dramática se empezó a notar fuerte en los libros.

-Cambiando de tema: ¿tiene pensado en algún momento escribir algo marcadamente autobiográfico?
-Tengo una idea que me gusta mucho. Después de haberme inventado tantas familias españolas, me gustaría escribir sobre mis bisabuelos. Veremos…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *