Guía de Salud Mental desde Ayacucho, Perú 

En mi país y mi continente, al margen de las inmensas preguntas celestes que legítimamente nos asedian a los implicados en la salud mental, la más prosaica cuestión, la omnipresente y que no pierde vigencia es qué hacer para que la atención de salud alcance una cobertura adecuada y digna para los usuarios: aún inmensas zonas del país carecen de atención dirigida hacia los aspectos de salud mental y no son exclusivamente caseríos aislados sino muchas localidades y capitales de la costa, sierra y selva, las que carecen de cualquier consultorio destinado a tal fin.

Por eso, muchas veces concita la atención el repetido debate de los gremios locales sobre los límites entre el desempeño profesional del psiquiatra y del psicólogo. No es que sea prescindible tal polémica, no afirmamos tal extremo, pero no es ni con mucho lo más importante respecto a la salud mental en el Perú. En todo caso, reviste alguna importancia, sí, para la salud mental de los habitantes confinados a las grandes ciudades donde hay servicios públicos y privados de psiquiatría y psicología. (Y donde los usuarios en general acuden, si lo hacen, en primer lugar al psicólogo, al neurólogo, o al médico internista o general, lo que nada de malo tiene sino mucho de bueno, más bien).

Por supuesto, esta dicotomía de límites es de larguísima data y amplia difusión. Por ejemplo, en reciente número de la revista ‘Time’ (Psychology vs. Psychiatry: What’s the Difference, and Which Is Better?), se ventila la discordia entre ambas APA’s (American Psychiatric Association y American Psychological Association) a raíz de la publicación de ciertas guías para el tratamiento de la depresión de la primera asociación en que se ningunean a las intervenciones psicoterapéuticas. Nos sonroja la emoción de que nuestras pequeñas ‘Apitas’ locales también se aboquen de cuando en cuando al tema de su desencuentro como número principal de sus agendas.

Hace pocos días se han publicado unas guías de mayor trascendencia para realidades como la peruana y de países en vías de desarrollo. Tales son las Intervention Guide for mental, neurological and substance use disorders in non-specialized health settings de la Organización Mundial de la Salud, esto es, son protocolos dirigidos a personal de atención primaria como el que existe disperso en la mayor parte de nuestra abrupta geografías y que es el único contacto de los pobladores con el sistema de salud nacional. Este documento es producto de la iniciativa del Programa Acción contra la Inequidad en Salud Mental (WHO Mental Health Gap Action Programme – mhGAP) y se aúna a otras valiosas propuestas para entornos de carestía como es, en la India, el trabajo notable del Dr. Vikram Patel, a quien hemos dedicado una breve entrada (‘Psiquiatría sin Psiquiatras’). Ya Patel bien decía:

«Personas con preparación profesional mínima puedan atender partos con adecuada seguridad y tratar enfermedades potencialmente mortales como la neumonía infantil. ¿Es que acaso para ellos los tratamientos psiquiátricos serían más difíciles de suministrar? Tal pareciera que no. Un conglomerado de investigaciones y experiencia clínica en algunos de los países más pobres del mundo demuestran que varios tipos de personal no-especializado pueden prescribir una serie de tratamientos psiquiátricos, obteniendo buenos resultados y a una mínima fracción de costo. El rol de los psiquiatras consistiría en diseñar los planes de salud mental, entrenar y supervisar a los no-especialistas, además de auditar los procedimientos clínicos y proveer vías de referencia. La psiquiatría sin psiquiatras es una realidad para la vasta mayoría de personas viviendo con trastornos mentales hoy en día.»

Javier Mariátegui, preclaro psiquiatra nuestro, había afirmado lúcidamente que la ruta de la psiquiatría peruana debía ser la psiquiatría social, o no la habría. Actualmente existen y surgen distintos modelos de atención comunitaria en salud mental en nuestro país: todos ellos son bienvenidos en una realidad deficitaria como la nuestra y ojalá todos fructifiquen y sean replicados.

Una de estas iniciativas, discreta como todas aquellas encabezadas por personas del clero y sin el relumbrón de los entes gubernamentales, es el trabajo de la Comisión de Salud Mental de Ayacucho. Ayacucho, tierra peruana donde se libró la última de las batallas independentistas de América del Sur y que fue la población más abatida por la violencia subversiva entre los años 1980 y 2000, se ubica a pocas horas de Lima, enclavada en los Andes. Hace siete años llegó allí una misionera filipina, la Hermana Anne Carbon, de la Orden de San Columbano y además enfermera, quien en este breve lapso ha liderado un programa admirable de promoción, atención y rehabilitación de la salud mental en esta castigada ciudad, con énfasis en el entorno familiar y comunitario.

Muy reveladora de la desidia de las instituciones estatales cuando no hay bombardas ni matracas alrededor, es que en este tiempo ninguna autoridad pública firmó convenio para asegurar, al menos en parte, la provisión de recursos para la comisión de Salud Mental de Ayacucho y ésta ha debido salir adelante con aportes desinteresados, espontáneos y voluntarios. Fue un 10 de octubre que la labor fue iniciada, coincidiendo con el Día Mundial de la Salud Mental, lo que ciertamente dota de pleno significado a tal fecha para los que en esta misión participan. Dentro de poco la Hermana Anne partirá hacia nuevos rumbos pero la obra iniciada exige su firme continuación. Ella se irá silenciosa como vino. Este sencillo video ha pretendido fijar su bienhechora memoria.

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