Gianni Vattimo está feliz (porque acá lo escuchan)

Después de la sesión con el fotógrafo Sebastián Freire en las oficinas del IUNA, Gianni Vattimo transpira y solicita tomar algo. Le ofrecen una Coca y Vattimo abre los ojos y pronuncia, en casi un cocoliche académico de 77 años, “¿Coca-ína?”, para desarticular cualquier tipo de nerviosismo entre los asistentes al backstage a su conferencia “El fin del arte en las obras de arte”. La broma genera risas y comentarios entre los profesores que lo aguardan en la sala para convidarle un poco de café, té, agua, gaseosa, sandwichitos de miga y unos bombones de chocolate con almendras que a Vattimo lo vuelven loco. ¿Cómo lo trata la Argentina, Gianni?, le preguntan, y la respuesta tiene el suspenso del chocolate al recorrer la garganta: “Bárbaro, por lo menos me dejan hablar –dice y traga otro pedazo de chocolate antes de rematar–. Y encima me escuchan.” Mientras tanto, las escaleras del establecimiento colapsan con estudiantes que intentan ingresar en la conferencia que dará el filósofo italiano en un auditorio sin aire, con un público que se acumula en cada centímetro, con reflectores que broncean los rostros transpirados que escuchan o intentan escuchar a Vattimo que habla bajo sobre la frase de Nietzsche que le dio pie a esta conferencia, y sobre Heidegger, y sobre Hegel, y sobre esa discusión de por qué el arte está en crisis. Y del fondo alguien interrumpe a los gritos: ¡No! ¡No! ¡No!
–¿No está en crisis? –pregunta Vattimo.
–¡No se escucha!
–¿No se escucha? –pregunta Vattimo.
–¡No!
–¿Y entonces por qué me contestan?
Las risas invaden el malestar del ambiente y el técnico del Departamento de Audiovisuales llega y cambia de parlante, cambia el micrófono defectuoso del invitado, mientras Vattimo dice con firmeza “bueno basta” y sigue con sus ideas sobre la situación de la vanguardia, lo que significa el urinario de Duchamp y los principales exponentes del arte conceptual, porque ellos construyen un “acontecimiento mental”. ¿Qué significa que la obra de arte haya muerto?, se pregunta. Y responde que hoy el arte deviene en una forma de operación social, una creación de mundo en la cual la existencia cobra otro sentido. “Ya no nos interesa producir objetos de colección sino otra cosa: una forma de producir suplementos de alma para un mundo que lo necesita.”

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