Geografías de la imaginación

La literatura se acerca a la ciudad evocando una realidad histórica o un lugar imaginario. La ciudad puede ser el lugar de origen o de llegada del héroe, un sitio de memoria y nostalgia o de sueño y deseo.

Xanadu, la ciudad del emperador Kublai Khan en el célebre poema de Samuel Taylor Coleridge, aparece como un jardín paradisíaco de dos veces cinco millas de terreno circundado por murallas y torres donde el río sagrado corre a través de cavernas insondables hasta un mar sin sol. Italo Calvino multiplica la imagen de la ciudad maravillosa en Las ciudades invisibles , construyendo un tejido infinito de “Mil y una noches” que comentan Kublai Khan y Marco Polo. A la ciudad de Isadora llega un jinete con su deseo después de haber cabalgado largo tiempo por terrenos salvajes. Es un lugar donde los palacios tienen escaleras helicoidales incrustadas de caracoles marinos y donde se fabrican anteojos y violines. El jinete pensaba en mujeres cuando deseaba la ciudad, pero descubre que allí los deseos son ya recuerdos.
De Flaubert a Kafka

En la “Parábola del palacio”, Jorge Luis Borges escribe que el Emperador Amarillo mostró su palacio al poeta y juntos fueron recorriendo las primeras terrazas occidentales que conformaban un inabarcable anfiteatro y llevaban hacia un jardín con espejos e intrincados cercos de enebro que prefiguraban el laberinto. Visitaron luego otros recintos y al llegar al pie de la penúltima torre, el poeta recitó un poema en el que se apropió del palacio en la palabra y aunque el poema quedó para siempre vinculado a su nombre, fue por ello condenado a la inmortalidad y la muerte.

París es el escenario histórico de La educación sentimental de Gustave Flaubert, en la época clave que culmina con la revolución de 1848, la abdicación de Louis Philippe y el inicio de la Segunda República. El personaje central, Frédéric Moreau, es un joven bachiller dubitativo que al llegar a la capital desde una pequeña localidad de provincias, encuentra a la mujer que le inspira un amor imposible. Frédéric deberá aprender a vivir su desilusión mientras experimenta la vida mundana de París y los caprichos de sus amantes. Regresa a París un día en una diligencia tirada por cinco caballos, pasa la Puerta de Charenton, reconoce la cúpula del Panteón y las fortificaciones hasta encontrar el Sena amarillento. Siente “ese buen aire de París que parece contener efluvios amorosos y emanaciones intelectuales”. Sus pasos lo conducen a Montmartre, el Barrio Latino, la Torre de Saint-Jacques y Châtelet, el Palacio Municipal, Saint-Louis, Saint-Paul, el Louvre y la Plaza de la Concorde “detrás de las Tullerías”. Frédéric es amigo de los protagonistas de la revolución, republicanos más o menos fervientes, pero no es un protagonista comprometido. Atestigua, observa, describe los acontecimientos, narra la masacre luego de la caída de Guizot. Vio hombres de blusa que corrían en dirección al Palais-Royal, barricadas, humaredas y el fuego que ascendía por los muros de piedra. Oyó tambores que tocaban a la carga. Los guardias nacionales disparaban desde el Palais-Royal. Por fin, “el pueblo, de grado o por fuerza, se adueñó de cinco cuarteles, casi todas las alcaldías y los puestos estratégicos más seguros. Por sí sola, sin sacudidas, la monarquía se disolvía rápidamente”. El rey se había ido.

En Ulises , James Joyce narra el regreso del héroe a la ciudad originaria y sus personajes deambulan, se cruzan y dialogan durante las 24 horas de un día en las tabernas, negocios, calles y puentes de Dublín. Vladimir Nabokov descubre que Stephen Daedalus, el poeta que vuelve a Irlanda como Odiseo, cruza el puente a la misma hora en que lo hace su padre en sentido contrario sin que ninguno de los dos lo advierta. La dificultad de asumir la Ley del Padre en una lectura psicoanalítica. Quizás esto se manifieste en el encuentro de Stephen con el ciego al otro lado del puente. El anciano, que sobrevive como afinador de pianos, está desesperado. Ha perdido el diapasón.

En Adán Buenosayres , Leopoldo Marechal se inspira en el Ulises de Joyce. El protagonista, Adán B., que lleva el nombre del primer hombre, es un poeta que vive “una epopeya épica, lírica y metafísica” de Buenos Aires, recorriendo un itinerario porteño en pos de una dama que no lo quiere. Los personajes representan intelectuales de la cultura porteña contemporánea del autor, del Grupo Martín Fierro, entre ellos Jorge Luis Borges y el artista y astrólogo Xul Solar. Conocemos en el prólogo la muerte de Adán B. cuyo ataúd transportan sus seis amigos, incluido el autor. Nos sumergimos luego en las peripecias de su viaje, desde la pensión de Villa Crespo hasta el barrio de Saavedra donde viven las amadas, el arrabal de la llanura periurbana con “taitas y malevos”, para más tarde seguir su descenso, acompañado por el astrólogo Schulze, a través de los nueve círculos del infierno, la “Oscura ciudad de Cacodelphia”, como lo hicieran Dante y Virgilio.

Un puente puede ser el lugar significativo que separa los núcleos de una ciudad. En El proceso y El castillo , de Franz Kafka, se percibe la ciudad de Praga, la ciudad antigua y el barrio de Malá Strana cruzando el puente Carlos con la imagen dominante del castillo. Los avatares de Joseph K. y de K. podrían interpretarse como símbolo del poder omnímodo del Estado o de Dios, presagiando la impotencia del hombre frente a un sistema cuyo autoritarismo ni siquiera puede desentrañar.

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