GENOCIDIO JUDÍO

A principios de 1933 sonó la hora que dirigía a Alemania hacia el más bajo envelecimiento y manchar su nombre con el más monstruoso crimen de la historia de la Humanidad: el 30 de enero de aquel año Hitler fue nombrado Canciller. Después de quince años de intentos para vivir siguiendo el modelo y las reglas de un sistema democrático, llegó el final de la Alemania que reconocía los principios morales, la religión y el derecho.

Con la toma del poder, el camino estaba libre para convertir en un hecho lo que en el proyecto de su programa de su partido figuraba ya como objetivo desde hacía largo tiempo: evitar cualquier influencia judía (tanto en la politica, la cultura y la economía) y proceder a una expulsión de los judíos del estado nacionalista. El «espíritu ario» no tenía que ser amenazado por más tiempo por el «fermento de descomposición». A través de la Prensa y de la Radio se puso en práctica una intensiva campaña difamatoria. En todas las escuelas se introdujo como asignatura obligatoria la «ciencia de la raza», asignatura seudocientìfica que se instituyó en todas las facultades. En particular la juventud fue especialmente educada en el sentido de considerar los principios del antisemitismo como una sólida base para una Gran Alemania futura.

No se levanto ninguna protesta cuando el 1 de abril de 1933 se provocó en todas las ciudades un boicot contra los comerciantes judíos. Pocos días después de esta primera prueba, el 7 de abril de 1933, fue aclamado por los nacionalista alemanes el «Decreto para la reorganización de los funcionarios», decreto que disponía de la jubilación de todos los empleados de ascendencia no aria.

Había empezado una serie de leyes de excepción antijudías. Dos años después, el 15 de septiembre de 1935, Hitler promulgó las llamadas «Leyes de Nuremberg» para la protección de la sangre y el honor alemán en la ciudad que ya se había distinguido en la edad Media como semillero de ideas antijudìas. Estas leyes degradaron oficialmente a los judíos alemanes a la categoría de ciudadanos de segunda clase y les robaron para siempre la ciudadanía alemana. Fueron prohibidos los enlaces matrimoniales, así como las relaciones sexuales extramatrimoniales entre «arios»y judíos; los judíos perdieron el derecho al voto, tanto activo como pasivo, y ninguno de ellos podía desempeñar un cargo público.

No obstante, la Alemania culta calló. No se levantó la indignación de la burguesía ni los profesores de las escuelas superiores protestaron cuando, de la noche a la mañana, fueron expulsados de sus cátedras los colegas judíos.

En marzo de 1941 fue decidida la exterminación biológica de los judíos, decisión que fue guardada en el mayor secreto. Tenía que ser llevada a cabo por tropas de asalto de la SS.

El 20 de enero de 1942 la SS, Gruppenführer Heydrich, representante de Hitler y jefe del servicio de seguridad, dio a conocer en una conferencia secreta en Berlín la «solución final». La tesis para la destrucción masiva de todos los judíos de Europa era: muerte inmedita para todos los incapacitados para el trabajo, trabajos forzados para los aptos, bajo condiciones mínimas de vida hasta llegar a su muerte por agotamineto. Para la «liquidación inmediata se ordenó la utilización del gas en los campos de exterminio, y los fusilamientos en masa.

Los campos de exterminio se encontraban en Auschwitz, Belzec, Treblink, Mauthausen, Majdanek, Sobibor e Izbica.

En los primeros tiempos las víctimas fueron aniquiladas con muchos sufrimientos, con los gases de escape de un motor Diesel. Más tarde el asesinato masivo se perfeccionó: la firma DEGESCH suministró el gas Zyklon B, de efectos muy rápidos. Con él los judíos fueron muertos con un procedimiento racionalizado, en vagones de tren acondicionados o en salas que estaban camufladas como duchas. A los condenados al aniquilamiento, se les conducía desnudos a la cámara de gas. Todo lo que todavía poseían, vestidos, zapatos, anillos y recuerdos, se les había quitado anteriormente. Pero esto no era aún suficiente: a los cadáveres les quitaban las muelas de oro antes de lanzarlos al horno crematorio.

En verdaderas hecatombes, las cámaras empezaron a engullir hombres indefensos, cuyo único «crimen» era el haber nacido de padres judíos y pertenecer al pueblo que había transmitido al mundo la Biblia y los diez mandamientos, el quinto de los cuales ordena: «!No matarás!»

La magnitud y la crueldad del infierno al que se llego por orden de los gobernantes nazis, seres civilizados en apariencia, supera toda descripción. Sólo en las cámaras de gas de Auschwitz y Birkenau fueron asesinados en dos años más de un millón setecientos cincuenta mil judíos, en Majdanek casi un millón y medio, y en el territorio de Kamientoz-Podolski fueron fusilados treinta y un mil.

En todo el tiempo que duró la guerra se mataron aproximadamente 6 millones de judíos y unos 3 millones entre otras minorías.

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