GAUDÍ: EL HOMBRE Y SU SUEÑO

No hace muchos años un hombre soñó una ciudad. En su sueño los dragones tenían escamas de azulejo, las casas sonrisas de hierro forjado y los edificios olas de mar y montañas. Barcelona fue el taller donde cristalizó la imaginación de un genio: Antoni Gaudí

Vino al mundo en el turbulento siglo XIX, el 25 de junio de 1852. Hijo de una familia de caldereros del campo de Tarragona, tuvo una de sus primeras impresiones artísticas al ver trabajar a su padre con los alambiques y serpentines helicoidales. Un genio, que como otros genios, no fue en su juventud un estudiante brillante, estuvo 8 años en la Escuela Provincial de Arquitectura, y aprovechó para asistir a clases de Estética y Filosofía. Le apasionaba Viollet-le-Duc y su diccionario de arquitectura. Se ensimismaba ante el arte islámico, hindú, egipcio. A pesar de sus escasos medios económicos iba a conciertos, al teatro clásico, le gustaba Shakespeare, compraba libros usados en tiendas llenas de polvo, vestía modestamente.

Para mantenerse trabajó como delineante. Proyectó un depósito acumulador de agua tan novedoso que el catedrático de Resistencia y Estabilidad le aprobó la asignatura sin necesidad de hacer los exámenes.

También frecuentaba el taller del artesano Eudald Puntí, especialista en la fundición de hierro, carpintería y cristalería. Gaudí diseñó una vitrina sorprendente que se expuso en París. Cuando Don Eusebi Güell la vio quiso conocerle y se convirtió en su amigo y mecenas: 40 años de apoyo incondicional.

El diseño de uno de sus primeros encargos, las farolas para el Ayuntamiento en la Plaza Real, está inspirado en el caduceo de Mercurio, heraldo de los dioses y símbolo alquímico, que pudo ver en los porches de la casa Xifré, renombrado teósofo catalán.

Con 31 años asume las obras de la Sagrada Familia, que empezadas en 1882 vieron la renuncia de su arquitecto. Gaudí fue nombrado en 1883 arquitecto de la Sagrada Familia. Él lo construyó por tramos verticales realizando cada parte de forma completa. Hubiera querido desarrollar la planta según la diagonal de la manzana, y al igual que las catedrales góticas orientarla con los puntos cardinales, pero las obras ya estaban comenzadas y sentía un profundo respeto por los arquitectos y albañiles anteriores.

El ábside se decoró con serpientes, lagartos, dragones, representando las sombras que huyen de la estrella que brillará en la cima. Las cresterías se adornaron con motivos del reino vegetal, una corola de flores silvestres, el olivo, el laurel, la palmera… Suprimió los contrafuertes del gótico a los que llamaba “muletas” y adoptó formas equilibradas: parábolas.

La construcción avanzaba hacia la fachada de la Navidad. Para imaginarla Gaudí se sumió en un ayuno tan extremo que, agotadas sus fuerzas, se quedó en la cama, cubierto con un viejo gabán.

El Templo que nace, ya tiene portal: el portal que mira al norte, al barrio obrero. No tiene techo todavía, sí portal. No puede cobijar aún pero ya es amparo del Alma. La fachada de Navidad está soportada por dos columnas cuya base son dos tortugas que significan la longevidad y estabilidad del Universo. En la India la tortuga es uno de los soportes del trono divino. En Grecia está asociada a Hermes. Está enmarcada por los carámbanos de la fría noche de Navidad, y por encima se levanta un ciprés eternamente verde refugio de las palomas blancas que son las almas puras. En la parte inferior están las aves domésticas, junto a la estrella de los magos, y los signos del Zodíaco. Al terminar aparecería la policromía, rojo, azul, verde, como en los antiguos templos griegos y egipcios. Decía: Así todos encuentran sus cosas en la Sagrada Familia, los payeses ven las gallinas, los científicos los signos del cielo, los teólogos la genealogía de Jesús… pero la explicación sólo la conocen los sabios.

Relacionar arquitectura con poesía, mitología, astronomía, era una idea que rescataba de los clásicos: el ser humano no está hecho de compartimentos estancos, y se debe unir arte, ciencia, filosofía. En la Finca Güell crea el jardín de las Hespérides. Verdaguer y él, enamorados de los antiguos mitos, quisieron recrearlo, con el dragón Ladón en la verja de la puerta. Dicen que Hércules plantó en España la rama que robó del naranjo, y Gaudí colocó en el pilar de la entrada un naranjo elaborado con sulfuro metálico o antimonio, el mineral de los alquimistas.

En el año 1900 construye el Parque Güell, un conjunto armónico de caminos y viaductos adaptados a la antigua montaña Pelada donde escudos y animales no son meros elementos decorativos, cada uno tiene un simbolismo preciso: el árbol nos enseña la verticalidad, la receptividad de la luz como fuente de vida. La gran escalinata, el dragón, guardián de las aguas subterráneas en la mitología griega, el templo dórico, el gigantesco banco ondulado. Gaudí aprende de la naturaleza que se puede reaprovechar todo. Los obreros por la mañana en su camino hacia el parque Güell iban recogiendo botellas, azulejos, platos, y con ellos crearon una maravillosa ola de colores.

Entre 1904 y 1911, realiza los edificios urbanos en el Paseo de Gracia de Barcelona. La casa Batlló pudiera haber sido una simple reforma de fachada pero en ese edificio consiguió una de sus más poéticas composiciones. Su fachada parece el mar, especialmente a primeras horas de la mañana, cuando la luz incide en la pared ligeramente ondulada. Son las suaves olas del luminoso Mediterráneo. Un estanque lleno de nenúfares y lotos.

Por orden de Gaudí, el constructor apuntaló durante cuatro días la fachada mientras cambiaba las piedras de la tribuna por las columnas de arenisca de Montjuich: no podía dormir pensando que tenía la casa “en el aire”. A causa de sus formas inusitadas, la han llamado la casa de los bostezos o de los huesos. Se coronó con dos buhardillas en forma de animal legendario, el lomo de un dragón sin cabeza ni cola. Para evitar que el edificio gravitara sobre la casa Amatller de Puig i Cadafalch, dejando a la vista la pared medianera, desplazó a un lado la torre de la cruz y construyó una terracita.

Causó un gran impacto en Barcelona. Mientras se construía, el señor Milà visitó la obra y decidió que le diseñara su casa. Para la que hoy se llama popularmente la Pedrera, imaginó grutas montañosas, acantilados, un océano cavernoso, una Atlántida habitable, un ritmo nuevo, un ritmo de mar y de montaña.

Pere Milà tuvo una fe total en Gaudí y hoy la Pedrera es el edificio más notable del Paseo de Gracia, declarado, con el Palacio Güell y el Parque Güell, Patrimonio Mundial por la UNESCO.

En 1898 don Eusebio Güell encargó a Gaudí la obra más incompleta y perfecta de todas: La cripta de la colonia Güell en Santa Coloma de Cervelló. Gaudí escogió una pequeña colina rodeada de pinos. Fueron 16 años de trabajo en libertad; durante los 10 primeros confeccionó la maqueta funicular, cumbre de la investigación arquitectónica. En un cobertizo suspendieron la maqueta en sentido invertido. La forman multitud de cadenillas de las que penden, atadas con hilos, bolsas llenas de perdigones. El peso de estas bolsitas es proporcional a la carga que debe soportar el edificio en ese punto, y así los hilos dibujaban la trayectoria de las fuerzas. La cripta brota de la geología del terreno.

Taló muy pocos árboles, incluso cambió la forma de una escalera para salvar un pino, dijo: La escalera la puedo construir en tres semanas, pero se necesitan veinte años para que crezca un pino como ese.

Dos días a la semana, Gaudí iba en tren a dar instrucciones a los operarios. Algu-nos decían que se había vuelto “definitivamente loco”, que causaría la ruina de Güell. No sabían que sólo trabajaban nueve operarios. La obra se interrumpió sin los acabados de la cripta, ni la iglesia que se debía construir encima. Es la auténtica arquitectura mística que soñaba el maestro Eckhart: el hombre pasará sin duda, pero hay un pacto eterno grabado en la catedral del Universo, y en las piedras que alza el hombre hacia la bóveda celeste.

La construcción se financió en base a limosnas, Joan Maragall escribió el famoso artículo “Una gràcia per caritat” que conmovió a la opinión pública, pero la crisis económica había obligado casi a paralizar las obras. Gaudí renunció a la mínima cantidad de doscientas pesetas mensuales, –era lo mismo que percibían sus auxiliares a media jornada–. Él mismo salió a mendigar para la Sagrada Familia.

Como los constructores medievales edificó para lo intemporal, no vio su obra terminada, pero no importaba, él dejaba huellas que no borrarán las aguas del Tiempo. Dijo de la Sagrada Familia: Esta no es la última de las catedrales, sino la primera de una nueva serie. Para Gaudí la Sagrada Familia era un viaje inmenso a través del espacio y el tiempo para franquear los límites de lo invisible. La Sagrada Familia en su mente fue una síntesis de símbolos universales: por fuera es una montaña, residencia de dioses, y por dentro un frondoso bosque, en cuyos claros habitan los pequeños elementales. Dijo: Será como un bosque: oscuridad horadada por rayos de luz que se filtran a través de las hojas de los árboles. La arquitectura es la ordenación de la luz, la escultura es el juego de la luz, la pintura la reproducción de la luz a través del color. El templo griego es una exteriorización luminosa, la catedral gótica es una interiorización en penumbra. Por eso la Sagrada Familia, llena de ventanales, es de espíritu griego, ¡los griegos lo harían así hoy en día!

Gaudí dejó la casa del Parque Güell y se quedó a dormir en su estudio de la Sagrada Familia. El 7 de junio de 1926 un tranvía arrollaba a un hombre pobremente vestido, un indigente al que no ofrecieron ningún auxilio. Murió tres días más tarde en el hospital. Ese hombre era Antoni Gaudí, un genio del espacio, del símbolo y de la luz, moría en silencio, tal vez rodeado del canto de las Musas.

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