GACETILLA HSTORICA -FEBRERO

Un recreo de El Historiador para estas vacaciones

El Historiador sigue durante febrero compartiendo artículos y testimonios sobre las diversas formas de disfrutar el tiempo libre en otras épocas. En esta ocasión, hemos seleccionado un fragmento sobre el clásico paseo de la Alameda, que quedó retratado por un viajero inglés que visitó la región en la década de 1820.

Para el día de los enamorados -una celebración tradicional de los países anglosajones, que se fue imponiendo en otras regiones- El Historiador seleccionó algunas cartas de amor del siglo XIX. Aquellas escritas por María Guadalupe Cuenca a su adorado Mariano Moreno ignorando que éste había muerto en altamar y las que escribiera el general José María Paz a su sobrina y esposa Margarita Weild manifestándole su amor e instándola a hacer grandes sacrificios, que ella realizó hasta su último aliento.
Nuestros lectores también podrán encontrar en esta segunda edición estival algunos curiosos artículos sobre el carnaval.

Y por supuesto, no puede faltar, en el 200 aniversario de su creación, un artículo escrito en 1907 sobre las vicisitudes de la bandera argentina.

Agradecemos a nuestros lectores veraniegos que, lejos del calendario escolar, continúan alentándonos y estimulándonos en nuestra misión de difundir y disfrutar nuestro pasado.

Felipe Pigna

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Las mujeres de Buenos Aires: La Alameda, el teatro y el baile a principios del siglo XIX

A principios de la década de 1820 un viajero inglés, cuyo nombre no quedó registrado, dejó sin embargo, sus nítidas impresiones sobre la forma en la que se entretenían las mujeres a principios del siglo XIX. En su libro Cinco años en Buenos Aires (1820-1825) el visitante describía, entre otras cosas, el paseo de la Alameda (hoy Leandro N. Alem) y dedicaba algunas líneas al teatro y al baile en Buenos Aires.

Fuente: Un inglés, Cinco años en Buenos Aires (1820-1825), Buenos Aires, Solar, 1942, en Héctor Iñigo Carrera, La mujer argentina, pág. 24-25.
“Este paseo ubicado en un barrio de mala fama es indigno de la ciudad. Apenas alcanza a las 200 yardas de longitud, con arboledas de escasa altura y bancos de piedra demasiado honrados por quienes los emplean para sentarse. Los domingos por la tarde es muy frecuentado: la belleza e indumentaria de las mujeres es lo único que puede llevar a un extranjero hasta ese sitio (…) La cazuela o galería es semejante a la del Astley, aunque no tan amplia. Van allí únicamente mujeres.

Juntar en esa forma a las mujeres y separarlas de sus protectores naturales me parece abominable. Un extranjero suele formarse juicios erróneos sobre las bellas cazueleras, y apenas pueden creer que las niñas más respetables se encuentren en ese lugar. Así es, sin embargo, y esposos, hermanos y amigos esperan en la puerta de la galería. Se dice que esta costumbre ha sido transmitida por los moros. Las diosas de la cazuela se portan correctamente; y sospecho que las muchachas inglesas no demostrarían tanta seriedad en análoga situación. (…)

Las damas van bellamente ataviadas a los palcos, combinando la pulcritud con la elegancia. Por lo general visten de blanco. El cuello y el seno están bastante descubiertos para despertar admiración sin escandalizar a los mojigatos. Una cadena de oro u otra alhaja suele pender del cuello. El vestido lleva mangas cortas y el cabello arreglado con mucho gusto: una peineta y algunas flores, naturales o artificiales, por todo adorno.

Las noches de estreno presenta el teatro (Comedia) un conjunto de hermosas mujeres (como no podría soñar un extranjero). A menudo he contemplado sus oscuros ojos expresivos y el negro cabello que, si posible fuera, embellecería aun más esos bellos rostros. Creo que ninguna ciudad con la misma población de Buenos Aires puede vanagloriarse de poseer mujeres igualmente encantadoras. El aspecto que presentan en el teatro no es sobrepasado ni en París ni en Londres (he sido un asiduo concurrente a los teatros de ambas capitales). (…) La majestuosa elegancia del paso, tan admirada en las españolas, en ninguna parte es más notable que en Buenos Aires. Y esta gracia no es patrimonio de las damas: mujeres de todas las clases sociales la poseen, por donde se concluye que debe ser un don natural. (…)

Los caballeros se conducen muy cortésmente con las mujeres. (…) Me han asegurado que son maridos negligentes…pero los maridos de Buenos Aires que he tenido el placer de conocer atienden religiosamente a sus esposas y las tratan con una ternura que sería difícil hallar en la misma Inglaterra. (…)

En los bailes las mujeres se sientan juntas. Con paso vacilante se aproxima un caballero a solicitar un vals o un minué. (…) Los porteños adoran el baile. En las horas de la noche, hijas, madres y abuelas se entregan a esta diversión con espíritu juvenil. (…) Las damas se mueven con mucha gracia. (…)(Además del minué, la contradanza y el cielito.) El vals tiene gran aceptación; no han leído los sermones de nuestros moralistas y se entregan a las volteretas frenéticas de esta danza voluptuosa.”

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Cartas de enamorados

María Guadalupe Cuenca y Mariano Moreno

En el día de los enamorados, una celebración de origen anglosajón que con el tiempo se fue imponiendo en estas regiones, recordamos algunas cartas de amor que hicieron historia. Empezamos con las famosas cartas –aquellas que nunca llegaron a destino- que María Guadalupe Cuenca enviara a su amado Mariano Moreno. Se habían conocido en Chuquisaca donde él estudiaba la carrera de Leyes y se casaron en 1804 tras un breve noviazgo. Menos de un año más tarde nacía Marianito, el único hijo que tuvieron, y pronto la familia se instalaría a Buenos Aires.

La invasión napoleónica a España y un resentimiento hacia los españoles que había surgido entre los criollos a finales del siglo XVIII al calor de las reformas borbónicas, agitaron las aguas en el Río de la Plata. Pronto los criollos comenzaron a imaginar nuevas formas de gobierno. La caída de la Junta Central de Sevilla, último bastión del poder español, precipitó los acontecimientos y Mariano Moreno no tardó en convertirse en primerísima figura, al ser designado secretario de la Primera Junta de Gobierno tras los acontecimientos del 25 de mayo de 1810.

Así, Moreno se convertía en el alma mater del nuevo gobierno, lo que le trajo no pocos enemigos. Pronto se produciría una profunda división al interior de las filas patriotas, que se cristalizó en el enfrentamiento entre saavedristas (el grupo más moderado) y morenistas (el grupo más radical).

En diciembre de 1810, la pulseada se inclinó a favor de los saavedristas, y los partidarios de Moreno fueron desplazados uno por uno. El propio Moreno fue enviado en misión diplomática a Gran Bretaña. Partió el 24 de enero de 1811, pero nunca llegaría a destino. Murió en altamar el 4 de marzo siguiente.

Mientras tanto en Buenos Aires, María Guadalupe siguió durante meses enviando cartas de amor y desesperación que Moreno nunca recibió. A continuación transcribimos fragmentos de algunas de ellas:

Fuente: Enrique Williams Álzaga, Cartas que nunca llegaron. María Guadalupe Cuenca y la muerte de Mariano Moreno, Buenos Aires, Emecé Editores, 1967, págs. 70-71 y 80.
Carta de María Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno del 20 de abril de 1811

“Mi amado Moreno de mi corazón: me alegraré que lo pases bien en compañía de Manuel. Nosotras quedamos buenas y nuestro Marianito un poco mejorado, gracias a Dios. Te escribí con fecha de 10 o 11 de éste, pero con todo vuelvo a escribirte porque no tengo día más bien empleado que el día que paso escribiéndote y quisiera tener talento y expresiones para poderte decir cuánto siente mi corazón, ay, Moreno de mi vida, qué trabajo me cuesta vivir sin vos, todo lo que hago me parece mal hecho, hasta ahora mis pocas salidas se reducen a lo de tu madre; no he pagado visita ninguna, las gentes, la casa, todo me parece triste, no tengo gusto para nada. Van a hacer tres meses de que te fuiste pero ya me parecen tres años; estas cosas que acaban de suceder con los vocales, me es un puñal en el corazón, porque veo que cada día se asegura más Saavedra en el mando, y tu partido se tira a cortar de raíz, pero te queda el de Dios, pues obrando por la razón y con la virtud no puede desampararnos Dios; no ceso de encomendarte para que te conserve en su Gracia y nos vuelva a unir cuanto antes porque ya vos me conoces que no soy gente sino estando a tu lado; sólo Dios sabe la impresión y pesadumbre tan grande que me ha causado tu separación porque aun cuando me prevenías que pudiera ofrecérsete algún viaje, me parecía que nunca había de llegar este caso; al principio me pareció sueño y ahora me parece la misma muerte y la hubiera sufrido gustosa con tal de que no te vayas. (…)”

Carta de María Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno del 21 de junio de 1811

“Mi querido Moreno de mi corazón: me alegraré que ésta te halle con perfecta salud como mi amor lo desea. Nosotras quedamos buenas, a Dios gracias, pero con la pesadumbre de no saber de vos en cinco meses que se cumplen mañana. Ya te puedes hacer cargo cómo estaré sin saber de vos en tantos meses que cada uno me parece un año, cada día te extraño más. Todas las noches sueño con vos, ah, mi querido Moreno. Cuántas veces sueño que te tengo abrazado pero luego me despierto y me hallo sola en mi triste cama, la riego con mis lágrimas, de verme sola, y que no sólo no te tengo a mi lado sino que no sé si te volveré a ver, y quién sabe si mientras esta ausencia no nos moriremos alguno de los dos, pero en caso de que llegue la hora sea a mí Dios mío, y no a mi Moreno, pero Dios no lo permita que muramos sin volvernos a ver. (…) María Guadalupe Moreno.”

Margarita Weild y José María Paz

Un amor que creció en la más completa adversidad fue el de José María Paz y la hija de su hermana menor, Margarita Weild. Paz le llevaba unos 23 años a su sobrina. La prisión, en la que cayó el líder unitario luego de que su caballo fuera boleado por una partida federal en 1831, no impidió que el amor se desarrollara, alentado por Tuburcia Haedo, madre de Paz y abuela de Margarita. Abuela y nieta lograron después de casi tres años de golpear puertas visitar a Paz en la cárcel de Santa Fe.

No era precisamente un sitio alentador para el romance. Desde la celda que ocupaba Paz se escuchaban los gritos provenientes de las torturas que se realizaban un piso más abajo. Pero el amor se impuso y a fines de marzo de 1835, se casaron en el calabozo de la prisión. Margarita compartiría aquella celda con su flamante marido. Pero pocos meses después, Paz fue trasladado a Luján y hacia allí lo siguió Margarita para instalarse otra vez en la cárcel junto a su marido. Ahí, tras las rejas, nacerían tres de sus hijos –aunque una de ellas moriría a poco de nacer-, y vivirían hasta abril de 1939, cuando Paz fue dejado en libertad, aunque teniendo por prisión la ciudad de Buenos Aires.

Sabemos que Margarita había puesto una condición antes de aceptar el casamiento: que Paz abandonara las luchas políticas. Sabemos también que el jefe unitario nunca cumplió su promesa. Así lo recordaba el general muchos años después: “Es éste el único punto en que durante su vida me manifestó una tenaz oposición, y tanto más fundada cuanto que al aceptar mi proposición de matrimonio, algunos años antes, me había exigido la promesa de renunciar a una carrera que había envuelto en desgracias a toda la familia”.

En 1840 Paz decidió fugarse de Buenos Aires para emprender la lucha contra el gobierno de Rosas. La fuerte oposición de su mujer no logró disuadirlo, y comenzaría para la pareja una vida de viajes, separaciones y penurias. “Mucho tuve que luchar para vencer la resistencia de mi esposa, si puede llamarse vencimiento a una forzada conformidad (…) Todo lo desoí por correr nuevos peligros y hacer algunos más ingratos”, recordaba Paz tiempo después. Sin embargo, Margarita lo acompañó hasta el final de sus días, siempre en contra de las decisiones de su marido. Murió en 1848 en la pobreza en Río de Janeiro, adonde había seguido a su marido en su exilio, trece días después de dar a luz a su último hijo.

Así escribía José María Paz a su mujer varios años antes manifestándole su eterno amor y pidiéndole que realizara los mayores sacrificios:

Carta de José María a Margarita del 20 de agosto de 1840

Fuente: José María Paz, Memorias póstumas, Tomo I, Buenos Aires, Editorial Hyspamerican, 1988.
“Tu llanto penetra mi corazón, no te separas un momento de mi memoria. Tu inquietud es el mayor de mis pesares. Te he dicho y repito que vivo para vos y no te olvido un momento. Te tengo sobre mi corazón. Me parecen siglos los dos meses que estoy ausente. Más que nunca me sois querida. Háblame, pues, derrama sobre mi corazón el consuelo y la alegría. Cuenta con mi eterno amor.”
Carta de José María Paz a Margarita del 6 de octubre de 1844

Fuente: Lucía Gálvez, Historias de amor de la historia argentina, Buenos Aires, Punto de Lectura, 2007, pág. 187.
“Considero lo penoso que es mover la familia, considero las incomodidades del viaje, considero en fin, las que ya han sufrido, y mi corazón se acongoja al ver la necesidad en que me veo de exigirles nuevos sacrificios. Mi amargura es todavía más viva cuando pienso que no podemos saber aún cuándo podremos hallarnos en nuestra patria. Si la vida es un viaje que hacemos los pobres humanos sobre esta tierra de lágrimas, nadie con más piedad que nosotros lo puede decir y probar. Desde que uní tu suerte a la mía, no podemos decir que hemos gozando un día de reposo. En nuestro país todos han sido trabajos; y en el extranjero, intranquilidad y la más cruel incertidumbre. (…) Espero confiadamente que no quedará sin premio esa virtuosa resolución y que veré algún día mi familia rodeándome en el seno de la quietud y de la dicha.”

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Instantáneas de carnaval

El carnaval, una celebración que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana, se origina sin embargo en las fiestas paganas. Combina algunos elementos como disfraces coloridos, desfiles callejeros y el uso de máscaras. La moral y las buenas costumbres tienden a relajarse durante este breve período y abundan las bombitas de agua, todo lo cual ha escandalizado a cronistas, viajeros y políticos.

Fueron varios los visitantes que, de paso por Buenos Aires, se sorprendieron por el tipo de festejo y diversión que tenía lugar en los días de carnaval. En 1827, Thomas George Love, agente de firmas inglesas en Buenos Aires y funcionario del consulado británico, llamó la atención sobre lo que hoy pueden considerarse elementos precursores de las “bombitas” de agua.

Contra éstos y otros fervientes opositores al carnaval, descargó sus tintas Juan Bautista Alberdi, el gran referente de la generación del ’37, quien en 1838 llamaba a “librarse con franqueza al juego del carnaval”. También recogemos para este apartado un fragmento donde se puede apreciar a Sarmiento mientras ejercía la presidencia de la República inmerso de lleno en la líquida contienda.

Las “bombitas” del siglo XIX, según Love

Fuente: Fondebrider, Jorge (Comp.), La Buenos Aires ajena. Testimonios de extranjeros de 1536 hasta hoy, Buenos Aires, Emecé, 2001, pp. 94-96.
“Llegado el carnaval se pone en uso una desagradable costumbre: en vez de música y disfraces y baile, la gente se divierte arrojando baldes de agua desde los balcones y ventanas a los transeúntes, y persiguiéndose unos a otros de casa en casa. Se emplean huevos vaciados y llenos de agua que se venden en las calles. A la salida del teatro, el público es saludado por una lluvia de esos huevos. Las fiestas duran tres días y mucha gente abandona la ciudad en ese tiempo, pues es casi imposible caminar por las calles sin recibir un baño. Las damas no encuentran misericordia, y tampoco la merecen, pues toman una activa participación en el juego. Más de una vez, al pasar frente a un grupo de ellas he recibido un huevo de agua en el pecho. Quienes por su ocupación deben transitar por las calles, salen resignados a tomar un baño. Los diarios y la policía han tratado de reprimir estos excesos sin obtener éxito. Las damas abandonarían este juego si supiesen cuán poco se aviene con el carácter femenino”.

Alberdi llama a correr, saltar, gritar, mojar, silbar, chillar a gusto

Fuente: Juan Bautista Alberdi, La Moda, 24 de febrero de 1838.
«Gracias a Dios, que nos vienen tres días de desahogo, de regocijo, de alegría. No sé tampoco por dónde quiera sacarse el juego de carnaval contrario a la moral y al buen tono. No sé cómo puede perderse en tres días una moral, que cuenta doce meses, menos los dichos tres días. Ni que fuera de cristal la moral para romperse de un huevazo… Ningún obstáculo encuentro para no librarse con franqueza al juego de carnaval. Por mi parte, no puedo menos que aconsejar a las personas racionales y de buen gusto, que corran, salten, griten, mojen, silben, chillen, cencerren a su gusto a todo el mundo, ya que por fortuna lo permite la opinión y las costumbres que son las leyes de las leyes….»

El presidente Sarmiento en plena contienda líquida

Fuente: Testimonio de Alfredo Ebelot, en León Benarós, “El desván de Clío”, en Revista Todo es Historia, Nº 31, noviembre de 1969.
«…Recién llegado a Buenos Aires, me fui a ver el corso. La primera persona que encontré fue un ex ministro de relaciones exteriores. Llevaba muy serio de la brida un petiso encajado con flores, en que estaba sentado su hijito de cinco años disfrazado de salvaje. Desempeñaba esa misión con tanta gravedad como si hubiera redactado un protocolo, y la cosa parecía sumamente natural a todos. El presidente de la República acertó a pasar en coche descubierto y lo mojaron hasta empaparlo. El presidente, el ex ministro, el chiquitín y los concurrentes se destornillaban de risa. El presidente aquél era Sarmiento… (…) ¡Qué hombre de Estado ni que niño muerto! En aquel momento, el presidente había tirado su presidencia a los infiernos. Sentado en una carretela vieja que la humedad no pudiese ofender, abrigado con un poncho de vicuña, cubierta la cabeza con un sombrero chambergo, distribuía y recibía chorritos de agua, riéndose a mandíbula batiente.”

Un jocoso reglamento salteño de 1882

En una época signada por la consolidación del estado y el surgimiento de numerosas reglamentaciones, estatutos y ordenanzas que irían dando forma a la nación, provincias y municipios, no faltaron los bromistas, como aquel jocoso periodista norteño que aprovechó el carnaval para dejar un divertido reglamento que a continuación reproducimos.

Fuente: Diario La Reforma, Salta, 18 de febrero de 1882.
“…los legisladores recomendamos el fiel cumplimiento del siguiente reglamento para los días de carnaval:

Art. 1º) Es prohibido a todo hombre permanecer metido en casa y a toda mujer negar hospitalidad al peregrino: las puertas de las casas deben estar francas para que todo el mundo entre y salga.

Art. 2º) Los aficionados al juego fuerte serán sopados en tina.

Art. 3º) En vista de la carencia de los pomos, se declara lícito el libre uso del agua, ya sea de pozo o de río.

Art. 4º) Los que no tengan donde bailar durante la noche, la pasarán rezando el trisajio, o en su defecto, rosario de quince misterios.

Art. 5º) A los enamorados tímidos les será permitido en estos días tocar la mano de sus respectivas amadas.

Art. 6º) Es prohibido a los viudos y a las viudas hacer uso de pomos, ni de almidón o arroz; ellas deberán jugar con carbón molido o humo de pez.

Art. 7º) Los solterones deberán cuanto antes apresurarse a salir de su vergonzoso estado, y si no lo hicieran serán condenados a comer jamón durante todo el resto de sus estériles días.

Art. 8º) Es prohibido pisar los callos de los galanes.

Art. 9º) Las muchachas que no sepan bailar, harán el primer ejercicio con una silla: ídem los dandys.

Art. 10º) Es prohibido el amor secreto en días como estos.

Art. 11º) No se puede echar agua a mansalva, bajo la pena de ser conducidas por todos los jóvenes a una tina de agua.

Art. 12º) El que se ponga pesado de la cabeza, deberá ser curado con agua por las muchachas.

Art. 13º) Cúmplase, dése el registro carnavalesco, etc.”

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Belgrano y la creación de la bandera

Este 27 de febrero se cumplen 200 años de la creación de la bandera. En esa fecha, Manuel Belgrano, quien se encontraba al frente del Ejército del Norte, enarbolaba el pabellón celeste y blanco por primera vez en estas tierras. Era un acto de coherencia. Se trataba de dejar de utilizar el emblema que desplegaban las tropas contra las que se combatía. Pero también era un acto de heroísmo. Muchos, incluidos aquellos a quienes Belgrano respondía, consideraban que era demasiado prematuro hablar sin máscaras de la emancipación y que un acto como aquel podía menoscabar el apoyo de Gran Bretaña, aliada con España para combatir a Francia.

Fue por eso que el Triunvirato le envió una fuerte admonición, que Belgrano recibió recién después de haber hecho bendecir y jurar la bandera en Jujuy el 25 de mayo de 1812. Pronto, Belgrano demostraría lo visionario de su pensamiento y desde 1813 el nuevo emblema sería embanderado sin recriminaciones. Hoy conmemoramos a uno de los precursores de nuestra independencia con un artículo publicado a principios del siglo XX sobre las vicisitudes de nuestra bandera.

Fuente: José Manuel Eizaguirre, Páginas argentinas ilustradas, Casa Editorial Maucci Hermano, 1907.
Antes de formar la bandera argentina, los patriotas adoptaron los colores populares de la escarapela, el 18 de febrero de 1812 a petición del general don Manuel Belgrano, quien encontrándose en el Rosario de Santa Fe, aconsejó en nota al gobierno que «parecía llegado el caso de declarar la escarapela nacional que debíamos usar para que nadie equivocara nuestras fuerzas con las de nuestros enemigos. En virtud de ese consejo que tendía a fijar la uniformidad en las insignias de nuestros soldados, el Gobierno decretó que «la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata sería desde entonces de color blanco y azul celeste.»

En el mismo sitio y encontrándose al frente de las mismas fuerzas, Belgrano inauguró el 27 de febrero, dos baterías destinadas a impedir el paso del río a la escuadrilla española. Para dar mayor brillo al acto, formó una bandera con los mismos colores de la escarapela, y esta fue la primera que izaron los ejércitos libertadores en el continente.

El Gobierno, cuando tuvo conocimiento del hecho, ordenó a Belgrano «que hiciera pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente», subrogándola con la española que se le enviaba y que era la que hasta entonces flameaba en la Fortaleza. Se le prevenía además que, el Gobierno no toleraría en adelante, la realización de actos tales sin su previo consentimiento.

Belgrano no recibió esa censura en el Rosario, pues por orden del Gobierno se había trasladado a Salta, para organizar el ejército que venía en retirada desde las provincias del Alto Perú, después de la derrota en Huaqui.

En Yatasto tomó el mando del ejército, y contramarchó para avanzar nuevamente hacia el norte. Hallándose en Jujuy, el 25 de mayo de 1812, enarboló la bandera formada en el Rosario, para festejar el segundo aniversario de la revolución, y dio cuenta del acto solemne.

Ese día lanzó también una proclama que contiene este hermoso párrafo:

«Soldados, hijos dignos de la patria, camaradas míos: dos años ha que por primera vez resonó en estas regiones el eco de la libertad y él continúa propagándose hasta por las cavernas más recónditas de los Andes; pues que no es obra de los hombres, sino del Dios Omnipotente, que permitió a los americanos que se nos presentase la ocasión de entrar al goce de nuestros derechos: el 25 de mayo será para siempre memorable en los anales de nuestra historia, y vosotros tendréis un motivo más para recordarlo, cuando en él, por primera vez, veáis la bandera nacional en mis manos, que ya os distingue de las demás naciones del globo, sin embargo de los esfuerzos que han hecho los enemigos de la sagrada causa que defendemos, para echarnos cadenas, aun más pesadas que las que cargabais.»

El Gobierno creyó que el general Belgrano, insistía en un acto de indisciplina, y lo llamó seriamente al orden, recordándole su terminante prohibición.

La contestación, que en parte transcribiremos, fue digna de aquel patriota. «Vengo a estos puntos -decía-, los encuentro fríos, indiferentes y tal vez enemigos; tengo la ocasión del 25 de mayo y dispongo de la bandera para acalorarlos y entusiasmarlos y, ¿habré por esto cometido un delito? Lo sería, Excmo. Señor, si a pesar de aquella orden yo hubiese querido hacer frente a las disposiciones de V. E. ; no así, estando enteramente ignorante de ella, la que remitiría al comandante del Rosario y la obedecería, como yo lo hubiese hecho, si la hubiera recibido.»

«La bandera la he recogido, y la desharé para que no haya ni siquiera memoria de ella; y se harán las banderas del regimiento sin necesidad de que aquélla se note por persona alguna; pues si acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el ejército, y como ésta está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con la que les presente.»

«En esta parte V. E. tendrá su sistema; pero diré también con verdad, que como hasta los indios sufren por el rey Fernando VII, y les hacen padecer con los mismos aparatos con que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan oír nombre de rey, ni se complacen con las mismas insignias con que los tiranizan…»

El ejército argentino volvió a retroceder, y perseguido ya, libró batalla en Tucumán, venciendo a los realistas el 24 de setiembre de 1812. En marcha hacia Salta para batir a los dispersos que se habían concentrado en esa ciudad, pasó revista al ejército en las márgenes del Río Pasaje el 13 de febrero de 1813, y enarboló otra vez la bandera conocida. El hecho estaba justificado con la victoria alcanzada.

El día 20 del mismo mes, derrotó al ejército del general Tristán y tomó posesión de Salta. La rendición se hizo frente a la bandera, que desde entonces quedó consagrada como el símbolo de los esfuerzos argentinos.

Declarada la independencia el 9 de Julio de 1816, por el Congreso reunido en Tucumán, el mismo cuerpo publicó este decreto el 25 de julio:

«Elevadas las Provincias Unidas en Sud América al rango de una Nación, después de la declaratoria solemne de su independencia, será su peculiar distintivo la bandera celeste y blanca de que se ha usado hasta el presente, y se usará en lo sucesivo exclusivamente en los ejércitos, buques y fortalezas en clase de bandera menor, ínterin decretada al término de las presentes discusiones la forma de gobierno más conveniente al territorio, se fijen conforme a ella los jeroglíficos de la bandera nacional mayor. Comuníquese a quienes corresponda para su publicación. Francisco Narciso Laprida, presidente; Juan José Paso, diputado-secretario.»

La bandera quedó así legalmente consagrada.

El 21 de Febrero de 1818, el Congreso volvió á decretar que la bandera de guerra tuviese como distintivo peculiar, un sol pintado en medio de ella» y el P.E. 1895, reglamentó lo relacionado con el color y las intensiones de la bandera para los cuerpos del ejército y de la guardia nacional.

El artículo 1 de ese decreto, dice así:
« Art. 1. – La bandera nacional de guerra para uso de los cuerpos del ejército de línea y de la guardia nacional, será reglamentaria en la forma siguiente:

1° – Sus colores, azul celeste y blanco, como lo dispone la ley de su creación.

2° – Su tela gro de seda, en paños dobles.

3° – Sus dimensiones, un metro cuarenta centímetros de largo, por noventa centímetros de ancho, correspondiendo a cada paño treinta centímetros.

4° – Su confección lisa, sin fleco alguno en su contorno.

5° – Sus emblemas, un Sol de oro en el paño central, bordado en relieve de diez centímetros de diámetro en su parte interior, y de veinticuatro centímetros con sus rayos. »
« La bandera de los cuerpos de línea del ejército, tendrá la siguiente inscripción:

En la parte superior del Sol y en la forma de semicírculo, el número del batallón y regimiento, y en la parte inferior del mismo, las palabras Ejército de Línea.

Los cuerpos de la guardia nacional llevarán la misma leyenda en la parte superior del Sol, a la que se agregará una G. y una N. y en la parte inferior de aquél, el nombre de la provincia a que pertenezcan. Estas inscripciones serán estampadas y las letras tendrán siete centímetros de altura.»

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