FRONTERAS ABIERTAS,VOLVAMOS A EGIPTO

Las pirámides de Egipto son la atracción turística más antigua de la historia. Desde Herodoto y Alejandro Magno hasta Napoleón y Barack Obama, el sueño de verlas ha sido una obsesión. Desde hace miles de años, es prácticamente imposible encontrarlos sin inmensas hordas de turistas. Los mal portados tiran goma de mascar, se suben a los grandes bloques de piedra, pintan corazones en la roca y compiten en concursos de risa loca. Los mejor portados no dan tanta lata, pero están ahí, como nosotros, haciendo bola.

Excepto ahora. Este es el momento de ir a Egipto y recorrer no sólo las pirámides, sino el Valle de los Reyes, los templos de Karnak y los mausoleos rescatados de Abu Simbel, con un mínimo de obstrucción por parte de otros viajeros. La Revolución egipcia de enero y febrero de este año fue un evento necesario. El país estuvo sometido durante 49 años a una dictadura militar que, en sus últimas tres décadas, fue conducida por un tirano narcisista, Josni Mubárak, que gobernaba metiendo gente a la cárcel, robándose las riquezas del país y manteniendo a los ciudadanos en la pobreza.

Esto da mucho coraje porque los egipcios son de naturaleza noble, anfitriones por placer y amigos por encanto, que entregan lo poco que tienen y se niegan a recibir algo a cambio.

Pero el país se convirtió en un caos. Millones de televidentes de todo el mundo vieron cómo miles de turistas se peleaban en el aeropuerto de El Cairo para tratar de subirse a un avión.

El mayor problema era Mubárak y las cosas se empezaron a arreglar cuando los militares, los empresarios y el gobierno de Estados Unidos les dieron la razón a los manifestantes y le dijeron ya, basta de terquedad, hasta nunca. Los jóvenes consideraron esto como un triunfo y se fueron a casa, mientras acordaban con el ejército, que quedó al frente del gobierno, los cambios necesarios para la nación. Regresó el orden y pude ver que los egipcios eran inmensamente más felices: no por los cambios que aún faltan por hacer, sino porque recobraron la confianza en sí mismos. Lo demuestran con enormes gestos de civismo: quieren cambiar Egipto de pies a cabeza y, para lograrlo, decidieron empezar con campañas espontáneas que piden a la gente no tirar basura, respetar a los demás, colaborar. Los días que pueden, personas de todas las edades, sobre todo jóvenes, salen a pintar las señales de la calle y de las aceras, a encargarse de las tareas de limpia que el gobierno no realiza.

Sin embargo, sigue faltando alguien: el turista. Las pirámides están vacías. En el famoso mercado de Jan el Jalili, mi amigo argentino Mixalis se engolosina exprimiendo a sus otrora voraces comerciantes, que no tienen más alternativa que vender a precios irrisorios. Las agencias de viaje, los hoteles y restaurantes ofrecen paquetes increíblemente baratos. Para que los visitantes vengan, les dan lo que pidan. Y tienen un argumento poderoso que me encantó, escrito en carteles, en la plaza Tahrir de El Cairo, durante la fiesta de la victoria del 18 de febrero: «Apoya la libertad. Visita Egipto».

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