Fricciones ENTRE PAISES

a caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución del campo soviético abrieron el espacio para el ascenso de un nuevo tipo de izquierda, que es la que hoy gobierna casi todos los países latinoamericanos y todos, salvo Colombia y Chile, los de Sudamérica. La paradoja de una izquierda nueva que nace cuando la vieja izquierda muere es solo aparente: el fin de la competencia bipolar de la Guerra Fría habilitó la llegada al poder de partidos y líderes que en el pasado hubieran sido bloqueados por Estados Unidos mediante la desestabilización (como en Bolivia), la guerra mercenaria (Nicaragua), la invasión (República Dominicana) o el golpe de Estado (el Chile de Allende).
A esta novedosa distensión geopolítica hay que sumar un factor de orden interno, el fracaso del neoliberalismo, que falló a la hora de combatir males endémicos latinoamericanos como la pobreza y la desigualdad (algo que, en verdad, nunca había prometido) pero que sobre todo no logró cumplir los objetivos que sí se había propuesto: como demostró espectacularmente el caso argentino, el Consenso de Washington no consiguió en ningún país de la región –la única excepción, y discutible, sería Chile– estabilizar la economía ni relanzar un ciclo de crecimiento sostenido. El drama del neoliberalismo es que fracasó en sus propios términos.
Como las personas, el cambio político nace a partir de la fricción. En América Latina, fue el malestar social generado por las recetas neoliberales, que en casos como Argentina, Bolivia y Venezuela derivó en puebladas seguidas de represiones violentas, lo que hizo que cada vez más países comenzaran a explorar caminos alternativos, en lo que Rafael Correa definió no como una época de cambios sino como un verdadero cambio de época. A diez años del inicio de este nuevo ciclo, es posible arriesgar un primer balance.
Veamos.

Una mirada general

Desde el punto de vista económico, el balance es positivo. Tras la “década perdida” de los 80 y la “media década perdida” de la segunda mitad de los 90, la región recuperó niveles de crecimiento inéditos desde los 70. Según la Cepal, América Latina creció 4,4 por ciento promedio entre 2003 y 2011. Con ello, los nuevos gobiernos progresistas demostraron que son capaces de garantizar la gobernabilidad económica, es decir, evitar que la economía vuele por los aires, algo que ahora parece muy natural pero que era el fantasma más temido antes de la llegada al poder de líderes como Lula o Evo Morales.
En un artículo fundacional sobre el tema, acertadamente titulado “La macroeconomía de la bonanza” (1), José Antonio Ocampo atribuye este auge a la convergencia de factores externos (los altos precios de las materias primas y, durante varios años, las buenas condiciones de financiamiento internacional) e internos (el manejo del tipo de cambio y las políticas anticíclicas). Viento de cola, entonces, junto a una inteligente gestión macroeconómica.
Pero lejos de limitarse a garantizar altas tasas de crecimiento, los nuevos gobiernos produjeron también avances sociales sustantivos. Nuevamente según la Cepal, la pobreza disminuyó de 44 por ciento en 2002 a 32,1 en 2010, lo que la sitúa por debajo del nivel anterior al del inicio de la crisis de la deuda de los 80. Y como no se trata de contar caramelos sino de la vida de las personas, agreguemos que esto significa que nada menos que 44 millones de latinoamericanos dejaron de ser pobres en este período. La explicación habrá que buscarla en los programas de transferencia de ingresos, el más importante de los cuales, el brasilero Bolsa Familia, llega hoy a 12 millones de hogares, casi 50 millones de personas, lo que lo convierte en el plan social más masivo ¡del mundo! (ni China ni India cuentan con programas de estas características). En cuanto a la desigualdad, también disminuyó, aunque a un ritmo inferior al de la pobreza: según la Cepal, el índice Gini se redujo un promedio de 1 por ciento entre 2002 y 2010.
Aunque últimamente se ha puesto de moda calcular la política, y ahí están los politólogos que cuentan obsesivamente partidos o bancas parlamentarias, medir los avances y retrocesos institucionales es tan difícil como cuantificar el amor o la poesía. Lo que sí se puede afirmar es que –también contra lo que muchos pensaban–los gobiernos de izquierda lograron mantenerse en el poder pese al rechazo de grandes poderes fácticos, de los empresarios y la Iglesia a los medios (o quizás, es otra forma de verlo, debido a ello). En todo caso, estamos ante “ciclos políticos largos”, que a veces (Uruguay, Brasil) se sostienen en la continuidad de un mismo partido en el poder y otras (Venezuela, Bolivia, Ecuador) en la continuidad de la misma persona. Como sea, la izquierda demostró que además de gobernabilidad económica puede garantizar estabilidad política.

Mil colores

Pero quizás lo más interesante es que a esta altura ya es posible ver los matices nacionales de una izquierda verdaderamente multicolor. Algunas características notables, elegidas al azar, podrían ser las siguientes: Venezuela, quizás el caso más comentado y menos comprendido de todos, combina la continuidad exacerbada del típico rentismo petrolero con algunas políticas, muy importantes pero en franco declive, de contención social, en el marco de un gobierno de indiscutible origen democrático cargado de no menos indiscutibles inclinaciones autoritarias. Venezuela no contempla límites institucionales al ejercicio perpetuo del poder, lo que significa que Chávez puede permanecer en el gobierno tanto tiempo como su pueblo lo vote, lo que marca una diferencia con el resto de la región y emparenta a su país con las instituciones europeas (aunque en aquel caso se trata de democracias parlamentarias).
El éxito alcanzado por Brasil en temas tan variados como la lucha contra la pobreza y la exploración ultramarina de petróleo, la gestión urbana o la construcción de prestigio internacional, es consecuencia de un proyecto de largo plazo que se sostiene en tres exitosas transiciones: la democrática (cuyo pilar es la “Constitución ciudadana” de 1988), la económica (cuya base es el Real como garantía de estabilidad) y la social (con el Bolsa Familia como emblema de una larga serie de políticas). Parte de una tendencia geopolítica más amplia al ascenso de los países-continente (China, India, Rusia), Brasil es el único Estado latinoamericano capaz de convertirse en una potencia mundial.
El caso de Bolivia es diferente al resto por el carácter de “revolución simbólica” que implicó la llegada al poder de Evo Morales, el primer presidente aymara de un país en donde la población que se autodeclara indígena llega al 62 por ciento (2). Como queda claro al leer la entrevista incluida en esta edición de el Dipló, el presidente boliviano le imprimió a su gobierno un estilo muy propio, que no se limita a las costumbres de campesino de comenzar la jornada a las cinco de la mañana sino que se refleja también en una posición de intransigencia total frente a los (en verdad pocos) casos de corrupción que han aparecido, el más notable de los cuales es el protagonizado por Santos Ramírez, amigo personal de Evo Morales, quien fue padrino de la boda de su hija, y ex director de Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia (YPFB), condenado a 12 años de prisión por recibir una coima. El jacobinismo boliviano en materia de corrupción marca una diferencia crucial con países como Venezuela o Argentina.

Otro tiempo

El estallido de la crisis mundial en septiembre de 2008 produjo un hecho que, en medio de la psicosis financiera y la vorágine de los mercados, pasó curiosamente desapercibido: por primera vez, el mundo en desarrollo superó en capacidad económica a los países avanzados. Como se aprecia en el gráfico, el producto global bruto de las 23 economías desarrolladas fue ese año el 47,2 por ciento del total mundial (3). Aunque buena parte de este fenómeno se explica por el crecimiento imparable de China e India, América Latina, liderada por Brasil, contribuyó a ello.
Este notable reequilibrio del planeta a través de brechas que se reducen se profundizó a partir de la segunda etapa de la crisis mundial, que afecta sobre todo a Europa, y todo indica que con el paso del tiempo se irá consolidando: el Banco Mundial estima que en los próximos dos años el crecimiento de las economías del Sur será cuatro puntos mayor al de las más avanzadas.
Pero conviene tener cuidado con el optimismo desmesurado. Por el impacto de la recesión europea y la desaceleración de China, las condiciones económicas mundiales están cambiando aceleradamente. La Cepal, de hecho, estima un crecimiento de la región de 3,7 para 2012. Nuevas fricciones asoman en el horizonte: Evo Morales tuvo que enfrentar una mini rebelión popular cuando intentó recortar los subsidios sobre los combustibles, Brasil anunció un ajuste de 32 mil millones de dólares para mantener en orden el frente fiscal y garantizar los altísimos pagos de la deuda, el gobierno peruano tiene que lidiar todos los días con las protestas ambientalistas, y Argentina ha visto reaparecer la restricción externa, mal endémico nacional que se pretende resolver con el método más bien tosco de pisar las importaciones una por una.
En el caso argentino, parece evidente que algunos problemas que se encuentran en el centro del debate público actual, como los conflictos con la CGT por la suba de salarios, los recortes de subsidios o las tensiones con algunos gobernadores, se deben a un entorno económico menos favorable que el del pasado, que pone un límite a la nominalidad salarial, presiona sobre las cuentas fiscales y valoriza cada uno de los dólares que ingresan, provengan de la soja, la carne o el oro.

1. Revista de la Cepal, Nº 93, diciembre de 2007.
2. Datos del censo del 2001
3. Banco Mundial, World Economic Indicators 2011.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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