FRANCISCO PIZARRO

Corre el año 1493. Cristóbal Colón ha regresado de América, cargado de algodón, oro, plantas y animales desconocidos. La noticia se extiende por ciudades y pueblos atrayendo a numerosos aventureros deseosos de probar fortuna.

En Trujillo, un joven de nombre Francisco, hijo del Capitán Pizarro, de ojos tristes, sueña con las nuevas tierras, rodeado de una piara de cerdos. Abandonado por su madre al nacer, ha tenido que trabajar para comer desde niño y no ha ido a la escuela, viviendo desde pequeño el desprecio de los otros niños. Un día los escolares que salen de clase se ponen a perseguir a la piara con gritos y piedras. Francisco trata inútilmente de evitar su desbandada, haciendo sonar el cuerno. Mira de frente a uno de ellos, que exclama: ¡al bastardo! En ese momento le golpea una piedra en la frente, y cae al suelo conmocionado. Al momento, se levanta y se palpa la herida, sintiendo correr la sangre.

Francisco, decidido a dejar todo aquello, aprieta los dientes y empieza a caminar bajo la lluvia, la cara mojada y los ojos llenos de lágrimas. La Tierra Nueva, piensa, no será para los que tienen estudios, para los privilegiados, sino para los valientes.

En 1513 tiene lugar la expedición de Núñez de Balboa. Bajo unas condiciones durísimas atraviesan la selva pantanosa del istmo de Panamá. Fieras salvajes, calor insoportable, hambre y fatiga, hasta llegar a un poblado donde les hablan de las tierras del sur, el imperio de los incas, ricos y poderosos. Balboa elige entre sus hombres a un extremeño fuerte, de ojos tristes, que ha demostrado valor y resistencia sin igual, y le da el mando de un grupo de hombres. Se ha destacado por su temple y audacia en la lucha, además de un gran sentido de la responsabilidad.

Hernán Cortés, también extremeño, ha realizado numerosas conquistas en Méjico haciendo una gran fortuna, mientras Pizarro, relegado al anonimato, pasa los años soñando con la ansiada conquista. A su lado tiene un amigo manchego, Diego de Almagro, que ha tenido una vida parecida, huérfano y con una dura infancia. Los dos sueñan juntos, pero sin medios, no hay armas ni hombres. Nadie les apoya en una expedición tan incierta y peligrosa.

Al fin llega su oportunidad de la mano del sacerdote Hernando de Luque que consigue licencia y apoyo del gobernador Pedrarias. Reúnen a ochenta hombres, y en un pequeño navío se pone en marcha, quedando Almagro en Panamá a la espera de reunir un mayor apoyo. La marcha es dura, el calor, los mosquitos, el fango pestilente, el sol abrasador, y las enfermedades diezman a la tropa, teniendo Pizarro que dividir a sus hombres; los más débiles regresan y los demás se quedan sin posibilidad de huida. Comparte con sus hombres las penalidades, levanta los ánimos, duro como el bronce cuida a los enfermos.

Casi la mitad de la tropa muere de fiebres y agotamiento.

Un día llega el barco lleno de provisiones, y Pizarro ordena zarpar hacia el sur. Durante el viaje sufren ataques de tribus salvajes debiendo refugiarse hasta la llegada de refuerzos. Almagro va a su encuentro con sesenta hombres y vuelven juntos a Panamá planeando una segunda expedición. En ésta irán ciento sesenta hombres y los grandes barcos llegan por la ruta conocida hasta el río San Juan. Allí se divide la expedición, una parte con las provisiones por la costa y otros por el río en canoa explorando, al mando de Pizarro. Nuevamente las fiebres y el hambre diezman la tropa, creándose ambiente de motín.

Acusaciones contra Pizarro llegan al gobernador, se dicta orden de abandonar la empresa y éste lo acepta desolado. En este momento desenvaina su espada y pronuncia unas palabras que quedarán grabadas a fuego en la Historia: «Por allí está el sur, la gloria y el triunfo. Al otro lado la mediocridad y la derrota; el que tenga corazón, ¡que me siga!». Trece valientes se unen a él.

Almagro vuelve con un pequeño navío con órdenes de regresar todos. Al fin contemplan los Andes, los indios hospitalarios les ofrecen comida, brazaletes de oro macizo, collares de esmeraldas y turquesas. Les hablan de los incas y su ciudad, Cuzco, llena de oro. Tras tres años regresan a Panamá para realizar la tercera y gran expedición al Perú.

Las hazañas de Pizarro han llegado a Castilla. Llega a Sevilla y el rey Carlos V le recibe. Su voz es firme, erguido y fuerte cuenta al emperador sus aventuras, sus palabras son sobrias y penetrantes. El emperador le concede derecho a fundar ciudades, título de nobleza y escudo de armas. Llega a su ciudad natal y es recibido con honores. Durante la visita tiene oportunidad de rememorar su infancia, y en un momento ve a un niño harapiento en medio de una piara de cerdos, le coge de la mano y le dice: «Amigo mío, al otro lado del mar se halla una tierra rica y fértil…»

Almagro tuvo en el regreso a España un hondo resentimiento, se sintió agraviado al haber quedado en un segundo plano. Pizarro, intentando animarle, le promete una parte igual a la suya en la conquista. Llegan finalmente al Imperio del Sol en Cuzco, donde reina Atahualpa. Sus doscientos hombres apenas contra cincuenta mil indios. Le tienden una trampa y Pizarro ve clara la situación, se va al centro de la plaza con un pequeño grupo, matan a los esclavos y secuestran al inca.

Atahualpa le ofrece oro por su libertad. Pizarro, legalista y grave, marca el nivel de la sala hasta donde deben cubrir de oro, pero la rebelión se prepara. Pizarro intenta calmar a sus hombres rebeldes y codiciosos, que le presionan para matar a Atahualpa, convenciéndole al final, en lo que sería el gran error de su vida. Cuando la mirada de Atahualpa, en el momento de morir, se clava en él, Pizarro no puede evitar derramar unas lágrimas.

La conquista y las riquezas jalonan estos años. Almagro, codicioso y traidor, se rebela contra su jefe, entablándose una lucha encarnizada. Pizarro, ya viejo, tenía la razón y la superioridad del genio, aunaba espíritu y fuerza, contando a su lado con los fieles Pedro de Valdivia y Alvarado. Detenido y apresado el traidor, nuestro héroe le habría perdonado, pero sus hombres se adelantaron y le ejecutaron.

Los últimos años de su vida los pasa lleno de melancolía y rodeado de aduladores. Viejo y enfermo, casi ciego, recibía noticias de conspiración por parte de Diego, el hijo de Almagro y Juan de Rada. Le avisaron el día antes de la traición, pero Pizarro hizo oídos sordos. Esa noche se une un grupo y entran en palacio. Al oír las voces, casi todos huyen a la carrera, mientras Pizarro empuña su espada y se lanza al patio. Sus ojos reflejan bravura, su brazo se torna por unos momentos fuerte y veloz como antaño. Durante unos minutos este anciano mantiene a raya a una veintena de cobardes. Al fin, Juan de Rada le atraviesa la garganta. Al exhalar el último aliento, mojó sus dedos en sangre y trazó la cruz en el suelo para besarla. Pizarro fue enterrado en la catedral de Lima.

Trece años después la guerra civil terminó en Perú y el gobierno de España castigaría severamente a los asesinos, partidarios de Almagro, corriendo éste la misma suerte que su padre.

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