FRANCISC@NEANDO Periódico Digital AÑO VII Nº 231 18-05-2012

La inquisición llega a Maryland

 


ECLESALIA, 17/05/12.- La Iglesia norteamericana vive hoy momentos críticos: la Congregación para la Doctrina de la Fe ha decidido intervenir laConferencia de Superioras Religiosas de los Estados Unidos (Leadership Conference of Women Religious, LCWR). Lo hace supuestamente para reconducir sus “errores” teológicos y sus “desvíos” doctrinales, especialmente en materia de sexualidad humana (anticonceptivos, homosexualidad, celibato opcional) y para frenar su decidido énfasis en favor de la promoción de la mujer, propósito que, al parecer, choca frontalmente con la ya tradicional misoginia eclesial.

El P. James Martin, director del semanario católico jesuita “AMERICA”, ha tenido estos días un gesto de valentía innegable al recordar el admirable compromiso de la LCWR con los principios del Concilio Vaticano II y el decisivo papel de estas mujeres en la historia del catolicismo de los Estados Unidos. Sí, estamos seguros de que las religiosas de la LCWR escucharán respetuosamente las palabras de Roma en un clima de oración y de diálogo, pero ¿querrá escuchar Roma la voz profética de estas mujeres? Y todavía más importante que entender eso es contemplar a las propias religiosas. Hagámoslo. Miremos a algunas de estas mujeres de la era del Concilio Vaticano II y veamos qué es lo que fueron capaces de intentar y lo que llegaron a conseguir por fidelidad a Dios:

1) Para empezar, pensemos en Mary Luke Tobin, de las Hermanas de Loreto, la única mujer americana que fue invitada a participar en el Concilio Vaticano II. Luego llegó a dirigir la LCWR. Toda su vida luchó por la paz y la justicia, hasta su muerte a los 98 años. Una mujer portentosa en la historia religiosa de América.

2) Hay también personas a las que considero heroicas, como Ita Ford y Maura Clarke, de la congregación de las Hermanas de Maryknoll, o la religiosa ursulina Dorothy Kazel y la misionera laica Jean Donovan. Las cuatro fueron martirizadas en El Salvador como consecuencia de su compromiso decidido con los más pobres, las cuatro pagaron su seguimiento personal de Cristo con el precio de sus vidas. Fueron mujeres como estas las que encarnaron el espíritu del Concilio Vaticano II.

3) Pienso también en alguien increíble como Dorothy Stang, que hace sólo unos años fue martirizada en Brasil cuando luchaba por los pobres sin tierra de allí. La hermana Dorothy fue asesinada mientras recitaba las bienaventuranzas. Una mujer inigualable, misionera de las Hermanas de Notre Dame de Namur, cuyo testimonio sirvió de inspiración a tanta gente.

4) Y quizá también conozcan a la hermana Helen Prejean, autora del libro Dead men walking [traducido en español como Pena de muerte, llevado al cine y protagonizado en la pantalla por la actriz Susan Sarandon] y de la que podríamos decir que hizo más que nadie en el mundo en lo que se refiere a la concienciación sobre la pena de muerte y el rechazo que, como católicos, debemos manifestar por este procedimiento inhumano.

5) Y pienso en gente como Elizabeth Johnson, hermana de la Congregación de San José, profesora [de Teología] en la Universidad de Fordham, en Nueva York, y cuyos libros sobre Jesús, sobre María y sobre Dios, escritos con hermoso estilo literario, han ayudado a mucha gente a acercarse a Dios.

6) Y pensemos también en las cinco hermanas Adoradoras de la Sangre de Cristo, martirizadas en Liberia en 1992 por su compromiso con los pobres de allí. No olvidamos a Agnes MuellerBarbara Ann MuttraShirley KolmerKathleen McGuire y Joel Kolmer.

7) Recordamos también a Mary Daniel Turner, la anterior superiora general de las Hermanas de Notre Dame de Namur y directora de la LCWR, coautora del libro The Transformation of American Catholic Sisters, gran promotora de la justicia y de la renovación en la Iglesia antes y después del Concilio Vaticano II.

8) Pienso también en las mujeres que trabajan en el campo de la espiritualidad, gente como la hermana priora benedictina Joan Chittister o en la hermana Joyce Rupp, cuyos escritos teológicos han permitido a tanta gente acercarse al Señor.

Pero pienso igualmente en esas otras religiosas cuyos nombres puede que no sean tan conocidos, hermanas que dirigen colegios y universidades, son profesoras en escuelas o institutos, trabajadoras sociales, responsables de pastoral, enfermeras, médicos… Mujeres que han sabido desplegar las más diversas capacidades en la Iglesia. Son estas las religiosas que, juntas, sostienen la Iglesia católica en América, desde sus votos de pobreza, castidad y obediencia, y que ponen al servicio de la comunidad todo el dinero que puedan ganar con su trabajo. Mujeres que ahora se están acercando al final de su vida activa. Cualquiera que sea nuestra opinión sobre el documento del Vaticano, está claro que ha entristecido y desmoralizado a muchas mujeres religiosas católicas, que han entregado generosamente sus vidas a la Iglesia. Así que creo que es buen momento para que todos les digamos “gracias”. Gracias a todas esas magníficas mujeres religiosas que habéis llegado a ser una parte tan importante en nuestras vidas, que nos habéis conducido a Cristo por una variedad tan grande de caminos, quizá por el camino del martirio, pero también por ese otro martirio de lo cotidiano que es simplemente vivir como religiosas católicas, viviendo las exigencias de la pobreza, la castidad y la obediencia. Me gustaría daros las gracias personalmente por todo ello y sería estupendo si vosotros os animaseis también a dar las gracias a algunas de vuestras religiosas favoritas. Porque yo creo que siempre es momento para la gratitud y, especialmente, en estos tiempos, me gustaría decirles a las religiosas católicas de los Estados Unidos: ¡gracias, hermanas! .

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