Fernando Cabrera, un misántropo moderado

Del Uruguay nunca sabemos lo suficiente: envidiamos los lácteos Conaprole o reconocemos que a la hora del reparto le tocaron las mejores playas. Poco más. Casi no leemos a sus autores, de su cine aún incipiente poco y nada vemos y de su música conocemos tres o cuatro nombres, quizá incapaces de citarlos de corrido. No estamos aquí para desvelar el meollo de tanta desconsideración, sólo mostrarles un caso que no es cualquiera:Fernando Cabrera. El hombre ya tiene tres décadas de trayectoria a cuestas, ha grabado infinidad de discos, ha compuesto más de doscientas canciones y hasta intérpretes como Liliana Herrero o Juan Carlos Baglietto –una puede gustarnos más que el otro, pero no es esa la discusión– lo han versionado de este lado del río. Sin embargo, su nombre sigue siendo un secreto a voces. Lo que se decía de él era algo así como esto: “Cabrera es un genio”. Y resulta que el veredicto resultó cierto, según empezó a comprobarse cuando las versiones en mp3 de sus discos empezaron a circular entre nosotros. Mucho más cuando se presentó por primera vez ante un auditorio porteño, invitado para un recital de su compatriota Jorge Drexler, donde llegó con su pesadísima guitarra Gibson, que al final casi ni usó. Y sí, Cabrera es un genio a pesar de que el uso de esa palabra al lado de cualquier chapuza haya acabado por vaciarla de contenido. Escuchen y vean, si no, el dvd que grabó en los míticos estudios Ion de Buenos Aires, lanzado junto a un libro de poemas con el nombre Intro (S-Music), para dar fe de semejante portento compositivo. Por estos días Cabrera está presentándolo en La Trastienda de Montevideo, pero antes estuvo en nuestro Café Vinilo para cinco conciertos que dejaron con ganas de más. Allí repasó su repertorio emblemático, que incluye canciones tan conmovedoras, tan arraigadas al sentido profundo de la música popular, como “Yo quería ser como vos”, “La casa de al lado” o “El tiempo está después”; tres títulos que ya bastarían para consagrar a cualquier cantautor en la liga de los grandes. Aquí está Fernando Cabrera, uruguayo de Paso Molino.

Vos naciste en Montevideo y… 
¿Tengo que decir el año?

No hace falta, está en Wikipedia. ¿En qué barrio?
Paso Molino se llama mi barrio.

¿Cómo es?
Un barrio muy antiguo es Paso Molino, pero alejado del centro. Para darte una idea: acá en Buenos Aires sería como una distancia del Centro hasta Chacarita, más o menos. Como del lado del oeste, mirando para Argentina. Al lado de un arroyo, el arroyo Miguelete. Estación de ferrocarril, centro comercial. Una especie de pueblito que luego se unió a la ciudad.

¿Cambió mucho desde tu infancia hasta hoy?
En algunas cosas se mantiene igual. Centro comercial con todo tipo de tiendas: zapaterías, talabarterías como había antes, casas de deportes… De los alrededores todo el mundo va a comprar allí, porque pasan todas las líneas de ómnibus. Está la estación de ferrocarril Yatay, pero ahora los trenes están muy en decadencia. Cuando yo era chico pasaba uno detrás del otro, tan así que en la avenida principal que atraviesa el Paso Molino, la avenida Agraciada, se producían unas colas infernales cuando la barrera estaba baja. Así que la intendencia se vio obligada a construir un viaducto por encima de las vías… Paso Molino es eso: al lado El Prado, un inmenso parque hermoso, como si fuese Palermo acá. En esa zona están mis bisabuelos, o sea los abuelos de mi madre, desde antes de 1900. Y la familia de mi padre, en parte, también era de ahí.

¿Vos vivías en la casa que era de tus bisabuelos?
No, en otra que era propiedad de mis abuelos. Mis abuelos maternos de casaron en el año 25 y se fueron a vivir cerquita de ahí, a unas cuadras. En esa casa nació mi madre y allí, cuando mi padre se casa con ella, en el año 33, se hace una reforma. Ahí nací yo y mis hermanos. Toda mi infancia y mi adolescencia transcurrieron en esa casa. Con mis abuelos, con fondo, con gallinero, con parra, con árboles frutales. Enfrente había una quinta hermosa. Era una antigua zona de quintas el Paso Molino, donde veraneaban las clases altas antes de 1900. Después se modificaron las costumbres sociales y la gente empezó a vacacionar en las playas, que antes eso no se usaba en Uruguay.

El arroyo ese que me contabas, ¿estaba incorporado a tu vida?
Totalmente. En mi primer long play , del año 84, hay un pedacito en la tapa donde aparece un mapa con el arroyo Miguelete. Lo puse a propósito. El arroyo es vertebral en el Paso Molino. Mi abuela me contaba que antes de ser entubado la gente de otros lugares llegaba en botes o chalanas, los amarraban abajo del puente, subían, hacían sus cosas y luego se volvían para la casa. En aquel entonces no había fábricas y la gente se bañaba, pescaba.

¿Llegaste a bañarte en el arroyo?
No, porque en mi época de niño ya estaba muy contaminado. Pero mi abuela sí.

¿Tu familia a qué se dedicaba?
Mayormente al mundo automotor: repartidores, camioneros, taxistas, mecánicos, chapistas…

¿Vos estuviste cercano a eso alguna vez?
De niño para mí el mundo era un motor, era un auto, el taller de mi padre, los camiones… Todos mis hermanos siguen en esos temas. Yo soy el único de la familia que agarró pa’otro lado.

¿Por qué agarraste para otro lado?
Yo qué sé…

¿Pero qué pasó?, ¿cuál fue el primer contacto tuyo con la música?
A los seis años me pusieron a estudiar guitarra sin que yo lo pidiera. A mi madre se le ocurrió, me dio la noticia y yo obediente fui. Eso no quiere decir que en la niñez o en la adolescencia pensara en ser músico. No. Era un hobby , una actividad como cualquier otra que, sin embargo, me hizo muy bien. Me puso en el lugar donde estoy hoy y se lo agradezco a mi madre y a la profesora de guitarra, que era argentina. Una persona joven, recién casada, que se fue a radicar allá.

¿Eso fue en Paso Molino también?
Sí, se fue a vivir al barrio y abrió una escuela en el apartamento donde vivía. Puso un cartel de bronce en la puerta que decía: “Clases de solfeo, piano y acordeón”. No decía “guitarra”. Esta mujer me puso en contacto con la técnica y con los estudios, pero también con la canción. Me enseñaba canciones.

¿Qué canciones?
Canciones de acá, de Yupanqui, de Los Chalchaleros, de Ramona Galarza, de Cafrune, de Falú, de Dávalos… Y también las uruguayas que estaban surgiendo en ese momento. Fijate que yo empecé a estudiar guitarra antes de que debutara Zitarrosa: él aparece en el año 65 o 66 como una novedad y yo estaba estudiando desde el año 63.

¿Cuando aparece Zitarrosa estudiabas sus canciones?
Y de otros uruguayos también, Aníbal Sampayo o Los Olimareños, que en ese momento eran contemporáneos, no estaban incorporados al folclore… Me hizo muy bien esa profesora.

¿Cómo se llamaba?
Noemí Porratti.

¿Vive?
Sí, tiene unos 80 años.

¿Seguís en contacto con ella?
La dejé de ver a mis 12 o 13 años. Nunca más la volví a cruzar hasta hace dos o tres meses, que la llamé por teléfono.

¿La buscaste vos?
No, ella. Me mandó un mensaje por otra persona. Yo fui un poco desamorado también, tantos años sin llamarla…

A veces la gente se desencuentra, es lo más común. Sin embargo, seguís recordándola como alguien que te marcó la vida.
Sí, siempre la nombro…

¿Y cómo fue ese reencuentro telefónico?
Precioso, precioso… Me puse un poco al día de su vida. Su marido falleció, tiene tres hijos grandes y sigue viviendo en el barrio.

¿Después que la dejaste a ella adónde fuiste con la guitarra?
Abandoné un par de años en la adolescencia. Pero después me surgió la pasión por la música, ahora sí, como una cosa muy mía y vocacional. Ahí empecé un largo recorrido hasta el día de hoy.

¿Por qué fue que abandonaste esos años?
Estaba cansado, fue como una rebeldía. La música hasta ese momento había sido una imposición. Los exámenes… Yo era el niño que durante todos los cumpleaños tenía que tocar la guitarra… A los 12 o 13 años la guardé en su funda, la metí debajo de la cama y ahí quedó.

¿Qué te motivó dos años después a sacarla de ahí?
No sé, no sé… Estaba en mí la música. Creo que nací con condiciones, pero que en la adolescencia las redescubrí. Sentí que la música era un mecanismo maravilloso de tanta emoción, de tanta comunicación… Se me ocurrió componer alguna canción. Empecé a ir a recitales, a comprar discos, en fin… Cuando decís “nací para la música”, ¿no será algo que tu madre supo ver en vos y por eso… Lo vio, pero también quería que sus hijos hicieran lo que ella no pudo. Cuando era muy chica le hubiera gustado mucho estudiar el piano. Cuando tuvo hijos quiso trasladarles eso.

¿Cómo eran tus primeras canciones?
Románticas. El despertar propio de la adolescencia, alguna chiquilina que no me daba bolilla me llevaron a garabatear algunos torpes versos. Después se me ocurrió ponerles música. Pensé: “Conozco las canciones por dentro desde niño, no debe ser tan difícil hacer una…”. Y bueno, de hecho no me resultó difícil, pero sí apasionante.

¿Habían aparecido algunas referencias nuevas, además de los compositores que estudiabas de chico?
Los Beatles. Y la música de Brasil también, que se escuchaba en mi casa desde siempre. A mis dos padres les gustaba la bossa nova , que era un fenómeno muy vanguardista que recién empezaba. Mi madre silbaba a la perfección “Garota de Ipanema”, con el cambio de tono en la parte del medio. Si pasaban por radio “Samba de uma nota só”, mi padre me decía: “Escuchá, Fernando, este tema qué interesante…”. Pero Los Beatles me mataron. Y luego el tango, Piazzolla. En realidad, fue al revés: primero Piazzolla y luego todo el tango pa’tras. A los 15 descubrí a Piazzolla. Me arrancó la cabeza. Me tuvo varios años como poseído.

¿Seguís escuchando tango?
¡Y estudiándolo! Lo juzgo un movimiento original, inventado acá por ustedes. No se parece a nada. No es que vos digas: “Ah, está copiado de una moda que viene de Europa…”. No, el tango nació acá, es un invento criollo. Hoy escucho con mucho placer, pero también con ánimo de investigación, todo el tango de 1910: Canaro, Arolas, Maglio, Firpo… A Gardel lo escucho todo el tiempo. También todo ese inmenso reservorio de brutales compositores: Cobián, Piana… Sucede que a todo ese repertorio muchos le debemos la vida… Y sí, claro, más bien… La gente hoy no escucha eso, por eso debería ser materia obligatoria en los conservatorios.

En general la música latinoamericana se escucha poco. Hasta el bolero, que parecería ser un género más amable, tampoco se escucha en su complejidad.
De acuerdo, pero igual pienso que el tango es el más interesante como fenómeno.

Sí funcionan las versiones pasteurizadas. Pueden escuchar la versión de “Tonada de la luna llena” de Caetano Veloso, pero son incapaces de comprarse un disco de Simón Díaz… 
Exactamente. Tampoco es tan fácil encontrar algunas cosas. El bolero, por ejemplo, tiene su contacto con el tango porque, en un momento muy fuerte del género en México, Discépolo se fue para allá y se hizo amigo de Agustín Lara… Y acá también hubo gente que cultivó esa relación, como los hermanos Expósito.

Volvamos a tus primeras composiciones. ¿A quién se las mostrabas?
A mis amigos, a otros muchachos también de mi edad que en el Liceo tenían inclinaciones musicales.

¿Cuándo te presentaste en público por primera vez?
Estrictamente, en la infancia. Porque la profesora que te contaba llevaba a sus alumnos por kermeses, fiestas de fin de curso en escuelas, plazas, programas de televisión infantiles… Desde muy chico tuve la experiencia de estar arriba de un escenario, con un gentío adelante, con un micrófono que se movía colgando del techo. Tengo fotos mías de niño, sentado en una silla, con la guitarra que me llegaba al cuello, los pies que no me llegaban al piso… Eso me sirvió. Después, de grande, no tuve el famoso miedo escénico.

¿Cuándo te das cuenta de que la música es tu profesión?
Creo que a los 19 o 20 años. Cuando quise acordarme ya estaba haciendo cosas profesionales con mis canciones. Grabando discos. Tampoco es que haya sido una cosa de un día para el otro, pero hubo un momento en el que me di cuenta de que mi destino fuera musical. Aunque me costó muchos años poder vivir de la música, tuve que tener varios empleos.

¿Cuáles?
Taxista, empleado en venta de bulones, tornillos y arandelas… Daba clases de guitarra también. Fui copista de partituras.

¿Cómo era eso?
Me daban la partitura del director, donde vienen los pentagramas de todos los instrumentos juntos, y yo tenía que desglosar la partitura para cada instrumento de la sinfónica. Un trabajo de semanas, con una caligrafía perfecta… En el año ochenta y poco, Piazzolla fue contratado por la municipalidad de Maldonado para hacer una sinfonía que se llamó Suite Punta del Este y yo fui uno de los dos copistas convocados para hacer las partes. Un gran orgullo, pude darle la mano a Piazzolla.

¿Esa fue la única vez que lo viste?
Lo fui a ver cinco veces en vivo. La primera en el año 73, yo tenía 15. En la última, yo ya era conocido de los empleados del teatro y me las ingenié para meterme en camarines. Me acuerdo de la impresión que me llevé: miré por la puerta de los camarines del Solís, que era una pieza grande bastante decadente, y los vi a todos como viejitos, cuatro o cinco tipos de sesenta largos o setenta y pico: Piazzolla, Bragato, Gandini que tocaba unas demencias en el piano que no se podían creer. Todos de negro charlando entre ellos. Entonces van a salir para empezar el espectáculo y yo me enfrento a Piazzolla y le digo simplemente: “¿Me permite, Maestro, estechar su mano?”. El me miró sorprendido, me dio la mano y me sonrió. Y después vi ese recital, a esos viejitos tocando así, era como estar mirando, no sé… Heavy metal… Sí, heavy metal … Infernal ¿En qué momento incorporás el canto a la guitarra?

Desde niño… ¿Mientras estudiabas guitarra tomabas clases de canto?
No, cantaba simplemente. Nunca en mi vida tomé clases de canto, lamentablemente. Fui un tozudo en eso.

¿Por qué?
Por pereza, yo qué sé. Un error.

¿Te parece?
Pienso que sí. Hubiera aprendido cosas buenas del manejo de la voz, de la respiración, cómo colocar el flujo de aire… Tal vez hubiese logrado tener un mejor timbre de voz.

¿A veces no es complicada la relación entre los profesores de canto y la música popular?
No encuentro que sea interesante que un músico estudie con un profesor de canto lírico y luego incorpore esas características a la canción popular. Te pongo un ejemplo: a mí de Queen me encanta la banda, me parece espectacular, pero no tolero cómo canta Freddy Mercury porque tiene una forma operística.

Gardel también tomó cosas del canto lírico, era fanático de Caruso.
Pero Gardel fue un sabio, tomó elementos pero nunca dejó de cantar como un criollo. Mejoró su técnica, pero no se engoló. El cantaba con una voz plana, sin vibrato y con todos los yeites del canto criollo… El que sí se dejó influir por el canto lírico fue Agustín Magaldi, que se formó como cantante de ópera, pero no le fue bien en ese mundo.

Volvamos a vos, ¿cómo componés?
Arranco a escribir sin saber en qué se va a convertir. Muchas veces son canciones, pero otras las guardo y quedan en el papel.

¿Empezás siempre por la letra?
En un 90 por ciento, aunque a veces pasa que se me ocurre primero la música.

¿Todo junto nunca?
Yo eso no sé cómo es. A veces leo reportajes donde colegas dicen que se les ocurre todo junto y me pregunto: “¿Cómo es todo junto?”. No entiendo.

Debe ser algo del pensamiento antes que técnico, ¿no?
Sí, claro, les aparecerá toda la idea junta. Eso es imposible para mí.

¿Tenés canciones favoritas?
Tengo un grupo de unas 10 o 12, capaz que 15, que considero mis mejores canciones entre 250.

¿Cuáles serían?
“Agua”, “El loco”, “El tiempo está después”, “Méritos y merecimientos”, “La casa de al lado”, “Dulzura distante”, “Por ejemplo”, “Imposibles”… Y unas pocas más.

Si tuvieras que pensarte en una tradición de músicos o cantautores fuera de la latinoamericana, ¿en qué figuras te reconocés?
Bob Dylan, Serrat, Los Beatles… El más grande es Bob Dylan. No tengo nivel ni herramientas para juzgarlo, está más allá.

¿Lo viste en vivo alguna vez?
No, nunca.

¿Y a Paul McCartney cuando estuvo en Montevideo?
Tampoco. No me llama la atención. No me gustan las aglomeraciones. A veces, después, me quedo pensando: “Tendría que haber ido…”. Casi nada voy a recitales, de invitado sí, pero como espectador cada vez menos. Me cansa mucho. Estoy un poco abúlico.

¿Y eso por qué?
No sé, tal vez cansancio o desgaste… No voy al cine, no salgo, no voy a fiestas, no voy a la playa, no voy a un cumpleaños, no voy a un boliche ni loco. Más que nada ahora, de un tiempo a esta parte. Cuando era joven vivía en la calle. Vivía en sociedad.

¿Ahora ya no?
Me cansó un poco.

¿Te volviste misántropo?
Siempre fui un misántropo moderado. Estoy cansado del bullicio. Debe ser una neurosis que tengo yo.

¿Y qué cosas hacés?
Vivo en la Ciudad Vieja, en el casco antiguo. Frente al puerto. Vivo en un lugar muy hermoso que me conecta con la historia de la ciudad, con el pasado nuestro. Ahí imagino que estoy en 1726 o que estoy en 1810… Que estoy en distintos momentos de los procesos urbanísticos de la ciudad. Me imagino cómo sería el paisaje sin este edificio horrible que hicieron acá. Cómo era cuando todavía había pasto. Y después el movimiento portuario es muy lindo. Desde mi ventana se ve cómo entran y salen los barcos. Toda la bahía y el Cerro enfrente con su farola se ve desde mi ventana. El Cerro es la razón de ser del Uruguay.

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