– Fascinación por el miedo

Una de las pocas excepciones del refrán «Cada quién es dueño de su propio miedo» toma cuerpo en una mujer de 44 años, conocida entre los psicólogos como la paciente SM. Esta mujer sufre una rara lesión en la amígdala (región cerebral con forma de almendra) a consecuencia de la cual es incapaz de sentir miedo, según un artículo publicado en Internet el 16 de diciembre de 2010 en Current Biology.
Durante tres meses, los investigadores hicieron cuanto pudieron por asustar a la paciente. «Tratamos de usar estímulos habituales en nuestra cultura que dan miedo», explica Justin Feinstein, estudiante de postgrado de la Universidad de Iowa, quien trabajó en el estudio. Echaron mano de películas de terror, de visitas con SM a casas encantadas y otras situaciones que hubiesen aterrado a cualquier persona.
Asimismo, los investigadores indagaron sobre el pasado de la paciente, interrogándola acerca de ciertos momentos en los que casi perdió la vida (en una disputa doméstica fue amenazada a punta de cuchillo y con una pistola). Ni una sola vez encontraron en sus palabras o gestos que la mujer sintiera miedo.
Descubrieron, en cambio, que situaciones que aterrorizarían a casi cualquiera de los mortales evocaban en la paciente sentimientos de intensa fascinación. En una ocasión llevaron a SM a una tienda de animales domésticos para ver cómo se comportaba entre serpientes, un animal que, según había dicho, detestaba. Cuando vio a las serpientes, se sintió de inmediato atraída por ellas. Llegó incluso a coger una; se puso a jugar con la lengua del reptil. Al pedírsele que explicase su comportamiento, indicó que se sentía dominada por la curiosidad.
Tales observaciones sugieren que nuestra respuesta emocional ante un peligro entraña elementos de temor y de fascinación. Cuando nos encontramos en situaciones potencialmente amenazantes, explica Feinstein, «la amígdala nos ayuda a orientarnos a través de la frágil frontera que separa la aproximación de la evitación». Si la amígdala funciona de manera correcta, ambas emociones trabajan de forma conjunta para evitarnos desgracias… y permitirnos disfrutar de vez en cuando de una película horripilante. Sin embargo, si se halla lesionada, nuestra respuesta puede ir en contra de nuestra supervivencia, atrayéndonos hacia aquello que deberíamos evitar. Los investigadores concluyen que se pierde el valor evolutivo del miedo.

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