EVANGELIZAR: ARROJO DESPROPORCIONAL O QUIETISMO AUTOREFERENCIAL

Editorial del Periódico de CONSUDEC por el Pbro. Lic. Alberto A. Bustamante, presidente de Consejo Superior de Educación Católica (Agosto de 2011)

“Siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible. Me hice judío con los judíos para ganar a los judíos; me sometí a la Ley, con los que están sometidos a ella –aunque yo no lo estoy– a fin de ganar a los que están sometidos a la Ley. Y con los que no están sometidos a la Ley, yo, que no vivo al margen de la Ley de Dios –porque estoy sometido a la Ley de Cristo– me hice como uno de ellos, a fin de ganar a los que no están sometidos a la Ley. Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes”. (1Cor 9,19-23)

El gran Papa Pablo VI nos decía que “La Iglesia lo sabe. Ella tiene viva conciencia de que las palabras del Salvador: «Es preciso que anuncie también el reino de Dios en otras ciudades”, se aplican con toda verdad a ella misma. Y por su parte ella añade de buen grado, siguiendo a San Pablo: «Porque, si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no evangelizara!”. Con gran gozo y consuelo hemos escuchado Nos, al final de la Asamblea de octubre de 1974, estas palabras luminosas: «Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia”; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa.” (EN 14)

En el mes de agosto la Iglesia celebra la vida evangelizadora en el ámbito educativo de muchos: la Beata María del Tránsito de Jesús Sacramentado, San José de Calasanz, Santo Domingo de Guzmán , Santa Edith Stein, San Alberto Hurtado, San Pío X, el nacimiento de San Juan Bosco.

Sin pretender agotar ni simplificar sus biografías podemos decir que fueron hombre y mujeres que testimoniaron en sus tiempos el gozo del evangelizar.

Escucharon el llamado del Señor a anunciar el reino de Dios “en otras ciudades” y no pusieron excusas para hacerlo. Llamada del Señor que se hacia “carne y sangre” en el clamor de tantos niños y jóvenes necesitados de asistencia, de afecto, de cercanía, de hogar, de bondad, de bien, de verdad, de curar heridas, de sentido a su existencia. Y en ese clamor focalizaron sus vidas, para ese clamor vivieron, ese clamor se convirtió en la cumbre que orientó y dirección todas sus energías, todas sus potencialidades.

Para responder se entregaron en las manos providentes de Dios sin especuladores cálculos humanos de posibilidades, de proporcionalidad de fuerzas. El Señor los llamaba y hacia allá fueron caminando, como Pedro, en tormentosos mares.

Hoy la Iglesia tiene el desafío de repensar y relanzar su misión en una época de cambios amplios y profundos. Desde esos cambios, vividos por los hombres, Dios clama por la tarea que constituye la identidad y gozo de su Iglesia: Evangelizar. Ser discípula misionera.

Para ello tendrá que lanzarse con la mirada puesta en el Señor y no en calculadores análisis de posibilidades humanas.

A veces tengo la sensación de que caemos en la tentación de mirar primero cuántos somos para después pensar a qué podemos responder; cuando la lógica de Dios es justo al revés: escuchen mi llamada y respondan con lo que tengan y son, yo me encargaré de multiplicar la entrega. Perder “la cumbre” del llamado siempre será desbarrancarnos en la tristeza y la infecundidad.

Una lógica evangelizadora del somos pocos , acomodémonos a los que somos, hagamos poco y lo que podamos, hagamos reingeniería sobre los que vamos quedando y amuchémonos todos en una casa, lleva incoado el achicamiento, la retira, la decepción, la perplejidad, el abandono del hombre. (Casi como si pudiéramos pensar que los apóstoles se juntaron para decirse: somos doce, Jerusalén tiene tantos habitantes, no nos alcanza mas que para atender unas pocas capillitas, juntémonos todos en una casa y hagamos lo que podamos. Si hubieran pensado así todavía están en Palestina)

No nos podemos dar el lujo de privar al hombre de nuestro tiempo del arrojo misional de aquellos, que con lo que somos y tenemos, asumimos la desproporcionalidad de la misión entregando totalmente nuestras vidas sin especuladoras consideraciones. Siempre será cierto que el que guarda su vida la pierde y el que la pierde la encuentra.

La desproporcionalidad es garantía de que el llamado es de Dios. La proporcionalidad es quietismo autoreferencial. Es elegir el lugar a donde “yo”, proporcionando mis fuerzas, quiero ir, en vez de acoger “el lugar desproporcional” al que Dios me envía.

Que la ejemplaridad misionera de los santos nos alienten y estimulen en “nuestro existir para evangelizar”, en nuestro “hacernos todo para todos”.

Pbro. Lic. Alberto Agustín Bustamante, presidente de Consudec

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