Estragos del sectarismo

obre la lógica binaria de pensamiento: «Clarín, La Nación y Noticias son mala palabra», dice el autor.

Noto que algunos amigos o conocidos se comportan raro. Le pregunto a una adicta al cine bélico si leyó la nota que escribí para Ñ sobre el tema. “Ay, no”, me dice, “antes te seguíamos con mi marido todas las semanas, pero ahora, imaginate”. Como no me imagino, quiero saber qué pasó, si me porté mal. “No es eso: es que ese diario ya no se puede leer”. Caso 2: me reúno a comer con otro amigo en un barcito cerca de casa. Al acercarme, noto que está leyendo Clarín, pero en cuanto me ve lo hace a un lado rápidamente. “Estaba matando el tiempo hasta que llegaras. Te imaginás que no voy a comprar esto”. Cuando salimos del local, el mozo lo corre diciéndole que se olvidó el diario. Mi amigo le responde, incómodo, que se lo guarde, que no es de él. Caso 3: me topo por la calle con otra amiga a quien no veía hace mucho, me larga: “La otra tarde en la peluquería me puse a hojear Noticias, veo que todavía seguís escribiendo en esa mierda”. Le digo que sí y nos despedimos rapidito. Con cierto terror creciente, compruebo que los kirchneristas, ahora rebautizados cristinistas, se comportan todos de la misma manera.

Clarín, La Nación y Noticias son mala palabra. No ven Canal 13 ni TN y consideran que Jorge Lanata es poco menos que el diablo. Leen Página 12 o Tiempo Argentino y no se pierden una edición de “6,7,8”. Más de una vez intenté ver ese programa. Al segundo bloque me quedé dormido y pasé a Tinelli. Me vienen a la memoria películas como “Los usurpadores de cuerpos” o “1984” en esa última versión en la que Richard Burton convence a John Hurt de que había que amar al Hermano Grande. Me da mucho miedo el pensamiento único, que es, más o menos, la línea que me bajan desde arriba. Si insinúo algún reparo a la forma en que se encaró lo de YPF, seré estigmatizado como gorila o vocero de la antipatria. Siempre se supo que el peronismo no era un partido, sino un movimiento. El cristinismo, en cambio, se parece a una secta en la que nadie discute ni dialoga con los medios de prensa. Se trata de creer o reventar.

 

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