Espiritualidad urbana y naturaleza

Acaba de concluir, en el “Espacio de Arte” del Dock del Plata, una muestra de la pintura de Enrique Torroja. Parte de este material se expone ahora, junto con otros trabajos del pintor, en Niko Gulland.

 

Con ocasión de la exposición en el Dock del Plata, ha escrito el reconocido crítico Fermín Fèvre: “Las pinturas que ahora presenta Enrique Torroja… están constituidas con elementos mínimos. Despojadas, ascéticas… una textura que se armoniza en una imagen sosegada y serena”.

 

Y es verdad. Imagen sosegada y serena que se levanta de la pintura de Torroja y envuelve, como un vapor, al que mira; imagen que tiene una característica peculiar nada desdeñable: ha sido hallada en elementos que están a la mano, que no es necesario ir a buscar lejos, aunque puedan aludir a lo lejano, o convocarlo. La sutileza de la gama de colores produce una suerte de bruma de luz tenue, en la que se resaltan e insinúan cuidadosas geometrías estrictas. Así, bruma y geometría, resultan elementos característicamente urbanos, y son la forma que surge de la materia pictórica elaborada por Enrique Torroja. Materia que, a la vez, por el tipo de tratamiento, hace visible y presente el mundo de la naturaleza, especialmente de la naturaleza mineral. No es común ver una síntesis que permita ofrecer una serenidad ganada e impuesta a la ciudad a través de una naturaleza aludida y presente sólo por la materia elegida para la pintura y por el modo de trabajarla y organizarla en la tela. No hay figuras sino un espíritu. Y es una síntesis que hace bien, porque no elimina la tensión (que en algunos cuadros es más dramática que en otros) sino que la sostiene como a una sabiduría, como aceptación.

 

En efecto, todo elemento es, en cada cuadro de Torroja, dos cosas (por lo menos). Una primera mirada sobre una de esas pinturas presenta y pone en evidencia algo sutil, aéreo. Conforme uno se va acercando a la pintura, eso mismo se manifiesta como tierra y arena. La primera mirada percibe un plano; la mirada prolongada, una profundidad.

 

Fèvre ha hablado de la creación, en la pintura de Enrique Torroja, de un “espacio espiritual”. Queremos agregar: un espacio espiritual contemplativo, además. Hay en el ámbito y en la atmósfera de cada cuadro presencias apenas aludidas que revelan un modo de habitar. En muchas de estas pinturas aparecen tres trazos paralelos muy interesantes. En algunos cuadros estos trazos son parte del fondo y están insinuados por una ligera variación de color y por el cuerpo mismo del trazo. Resultan así una suerte de omnipresencia, una misteriosa trinidad plástica definida en la bruma. En otros cuadros, por el contrario, los tres trazos aparecen como la forma geométrica sobresaliente, como si lo explícito y más evidente fuera un reflejo nítido de lo más oscuro, de lo implícito, que es menos preciso pero que es a la vez más vasto y abarcador. (El cuadro más expresivo y claro en lo que se refiere a este último aspecto es el que lleva por título “Mocana”).

 

Una última observación. El filósofo Gadamer dice que “el poeta es el que ha emigrado de lo evidente”. Cualquiera que se sitúe frente a un cuadro de Enrique Torroja sentirá que todo, sin dejar de ser lo que es, puede ser, también, algo un poco más leve, y puede ser además promesa de otra cosa, que ya se manifiesta en esa levedad.

 

Hay dos obras que llevan el mismo nombre (“Katio”); una es de 1990 (quizás una de las pinturas más bellas e intensas de la muestra) y otra de 1998. En ambas hay una zona que se aclara y parece indicar el paso a otro ámbito, a un más allá del cuadro, pero que sin duda se parecerá al cuadro.

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