Escribiéndonos en cada gesto

HONGOS

“¿Qué dice ahí?”, pregunta Catalina, señalando una línea verde que alterna puntos y rayas, al mejor estilo código Morse. “Contame vos”, respondo. Sus tres años me someten a la prueba de descifrar un lenguaje en el que asegura haber narrado la historia de un gato. Me reconozco: yo también sentía urgencia por escribir antes de saber cómo (para frustración de mis profesores de dibujo que encontraban monótonos mis intentos). Escucho el cuento hasta el final –“…entonces Miau se fue a dormir”– que celebramos con un abrazo enruladísmo de buenas noches.

“Lo escrito permanece” es una máxima latina cuya fuerza supera tiempo y soportes. ¿Irá la niña luego por la vida garabateando libretas o twitteando impresiones? ¿Tendrá la necesidad de escribir para que lo pasado no parezca perdido para siempre? En el reciente Esto no es un diario(Paidós), el sociólogo polaco Zygmunt Bauman va más allá y reflexiona sobre la escritura no sólo como memoria sino también como método de pensamiento. Escribir, apuntar la realidad, afirma el autor de Mundo líquido, le ayuda a procesar retazos, esbozos “que deben escribirse uno detrás de otro para que la idea –redondeada hasta encajar dentro de unos mínimos tolerables– nazca por fin” o sea descartada. El libro reúne reflexiones escritas en tiempo real entre el otoño de 2010 y la primavera de 2011 sobre temas variados (política, lecturas, las desigualdades que genera el capitalismo), en la certeza de que participamos “de un mundo –y de un modo de vivir-en-el-mundo – compuesto únicamente de experimentos sin teoría alguna” que permita evaluar resultados.

La apuesta se dobla a cada paso. Qué diferencia hay, se pregunta Bauman, entre vivir y explicar la vida. Y responde con el “casi diario” del novelista José Saramago, para quien las palabras, los gestos y movimientos que de cada uno son piezas sueltas de una “autobiografía involuntaria”. Sepa cada quien estar a la altura de las circunstancias: vamos diciéndonos por ahí. Nos escribimos en cada letra.

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