:: Escorpio y el Sacrificio

A unos días de haber finalizado la temporada escorpiana (octubre-noviembre), sincronicamente terminé mi lectura anual de una temporada en el infierno de Rimbaud, cerré el libro y medité unas horas con una calavera en la mano acerca del gran misterio simbolizado por esta energía (la de escorpio). La primera idea que me sobrevino (sin ser muy original) es el de la muerte, pero no al estilo del romance del enamorado, ni la Muerte Bergmaniana del séptimo sello. La imagen que disparó mi dialogo interior fue la del sacrificio.

El sacrificio es una de las formas rituales más antiguas de las culturas primitivas. Uno de los aspectos sobresalientes y superpuesto a otros del culto de sacrificio es el de representar, de expresar materialmente, el sacrificio del oferente a Dios, siendo el oferente mismo, en última instancia, la materia de su sacrificio. Desde este punto de vista, el sacrificio esta cargado de un profundo sentido simbólico: por medio de la sangre de un animal, y por tanto de su «alma» -ya que la sangre para muchos pueblos antiguos contiene el alma-, el oferente se ofrece él mismo a Dios. El «alma» del animal sustituye así al alma del oferente, dado que el animal puede desempeñar esta función, ya que es un ser vivo, como el ser humano. Y dado que el ganado, materia habitual del sacrificio, constituye también la propiedad esencial del ser humano, su riqueza, y también su alimento, de la que depende su propia existencia, su vida, es la más apta para representar la entrega total de sí mismo.A la luz de la mirada astrológica podemos ver en esta forma ritual la presencia de la polaridad tauro- escorpio. A través de la imposición de la mano sobre la victima, el oferente expresará entonces su deseo de ofrecer todo lo que posee, y así de ofrecerse por completo a Dios. Este deseo será realizado con la muerte de la víctima. La aspersión de la sangre pondrá, por medio del «alma» del animal, el alma del oferente en relación con la dimensión divina, de manera que todo lo que hay en ella de culpa sea destruido, y se lleve así a cabo la purificación del oferente. Y la combustión sobre el altar, haciendo subir por medio del humo la víctima a Dios, hará de esta alma, ahora reconciliada con él, un perfume de agradable olor para Dios.

El culto sacrificial, aun hoy vigente, ha sufrido cambios y adaptaciones. Dicho de otro modo, el ritual propiamente sacrificial desaparece, ya no hay ni víctima sacrificada, ni sangre recogida, ni ofrenda quemada sobre el altar. Por tanto, ya no hay materialmente sacrificio. Por el contrario, el lenguaje sacrificial se mantiene, pero este lenguaje es aplicado a partir de ahora a una realidad espiritual. En cierto sentido, existe una sublimación del sacrificio.

Paradojicamente esta «evolución» del ritual ha hecho perder el contacto y la cercanía con notas esenciales que constituyen el ritual: La Sangre y la Muerte

Desde la perspectiva del culto sacrificial, para participar en los efectos del sacrificio hay que entrar en comunión con la víctima misma. Para ello no basta un símbolo: es esencial que no sea un como si , sino un real sacrificio que esté su cuerpo y su sangre. Moisés no roció al pueblo con un signo sino con la sangre del sacrificio. Jesús no pudo tampoco ofrecer como ratificación de su alianza un mero símbolo. Ni Agamenón para calmar la furia de Artemisa pudo evitar sacrificar a su hija.

En la lógica sacrificial no hay alianza verdadera con lo divino sin comunión real con la víctima misma. Sin pasar por la muerte, no hay verdadera transmutación.

En la teología cristiana es el don del cuerpo sufriente de Jesús en quien se da aquella transformación realmente re- creadora «el cordero que quita el pecado del mundo»

Así como los cultos de misterio cultivaron hábitos por los cuales se prepararaba a sus iniciados para el sacrificio final, su propia muerte, a través de ellos se les revelaban las claves para abrirse a los sagrados misterios de la muerte.

Visto desde esta perspectiva la muerte no es un acontecimiento individual, ya que como queda evidenciado en el caso de Cristo, su sacrificio es una obra trinitaria y sus efectos tienen alcance universal.

Este es quizás el punto en donde se percibe mas cabalmente la relación de Escorpio con los otros dos signos de agua piscis y cáncer, en que su hacer no esa para un individuo.

La re-orientación de conciencia que propone Sagitario está íntimamente ligada al encuentro con el dolor y con la muerte de una de las posesiones más difíciles de abandonar, nuestro Ego. El Yo es quien generalmente se presenta en el ofertorio ofreciendo cosas «aparentemente» valiosas pero rara vez se ofrece asi mismo al sacrificio.

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