Esclavos y angustiados

Un estudio de salud mental enciende una luz roja: uno de cada cuatro habitantes porteños presenta problemas de ansiedad y/o depresión. Especialistas analizan el origen.

Taquicardia, temblores, sofocones, hormigueos en las manos, en los labios, dolor en el pecho, transpiración, sensación de irrealidad. Miedo a morir. Miedo a volverse loco.

Las personas que sufren ataques de pánico conocen de memoria este desagradable inventario de síntomas, que suelen aparecer de forma repentina y simultánea. El ataque de pánico (también llamado “crisis de angustia”) es quizá la manifestación más conocida de la ansiedad extrema (sin duda la que más prensa tiene), y puede ser parte de varios cuadros psicopatológicos, muy especialmente de los llamados “trastornos de ansiedad”.

Considerados en su momento como “la epidemia silenciosa del siglo XXI”, y con frecuencia subestimados como verdaderos problemas de salud mental, los trastornos de ansiedad no cuentan con datos oficiales actualizados acerca de cuántos argentinos los sufren.

Dos estudios piloto, uno realizado por el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Psicología de la UBA y otro por el equipo de psicólogos del Hospital Argerich, arrojaron, sin embargo, una alarmante proporción: uno de cada cuatro habitantes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (es decir, el 25% de su población) presenta problemas de ansiedad y/o depresión.

En el mundo, se estima que unos ciento veinte millones de personas viven día a día bajo su yugo, y “yugo” no es tanto una metáfora como una realidad: los trastornos de ansiedad pueden resultar esclavizantes y disminuir notablemente la calidad de vida de quienes los padecen.
¿Cuáles son estos trastornos? La Asociación Americana de Psiquiatría los ha categorizado en trastorno de pánico con y sin agorafobia, fobia específica, fobia o ansiedad social, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno por estrés postraumático y trastorno de ansiedad generalizada. Podría decirse que el denominador común de todos ellos es el miedo. Pero mientras el miedo es una herramienta primitiva de supervivencia, que nos ayuda a procesar las amenazas y los peligros y actuar en consecuencia, la ansiedad es una respuesta emocional más prolongada, que se activa frente a situaciones que la persona considera impredecibles o incontrolables y por tanto potencialmente amenazantes.

La diferencia es sutil, pero necesaria, pues da cuenta del grado de sofisticación que puede alcanzar la ansiedad, y por lo tanto del hecho concreto de que cada paciente ansioso lidia con demonios que le son absolutamente propios.

Los psicólogos Ricardo Rodríguez Biglieri y Giselle Vetere, egresados de la Universidad de Buenos Aires y con nutridos antecedentes en tratamiento e investigación de la ansiedad, acaban de publicar el libro Manual de Terapia Cognitiva Conductual de los trastornos de ansiedad: una herramienta imprescindible para difundir una alternativa terapéutica que tiene una larga trayectoria y que ha demostrado ser sumamente efectiva para el abordaje del diagnóstico de ansiedad. A diferencia de otros países, en la Argentina las terapias cognitivas conductuales no tienen aún difusión suficiente a pesar de contar con especialistas excelentes, varios de los cuales comparten las páginas del libro.

Si bien esta terapia surgió en Estados Unidos a principios de los años 60, sus principios se remontan a los inicios de la era cristiana. El filósofo griego Epicteto sostenía que no eran los hechos objetivos los que perturbaban la dinámica del alma, sino la interpretación que hacemos de ellos. En este sentido, el postulado central de la terapia cognitiva es que la lectura particular que hacemos de la realidad influye en nuestro sentir y comportamiento. Los hechos en sí (o “la cosa en sí” que pregona Kant) no significan nada; es el hombre quien les otorga significados: cada psiquis cumple con la tarea constante de procesar y ordenar los estímulos externos e internos para darles sentido y construir una visión coherente de uno mismo y del mundo. Si la cognición es el conjunto de procesos y estructuras que intervienen en el procesamiento de la información, la terapia cognitivo conductual trabaja sobre dichas estructuras y sus complejos componentes (creencias, pensamientos automáticos, emociones, etc.), motivando en el consultante la búsqueda de respuestas. En palabras de Rodríguez Biglieri y Vetere, esta terapia supone un “proceso de aprendizaje activo, de tipo experiencial, que busca que el paciente desarrolle nuevas habilidades de afrontamiento que le permitan superar sus problemas y dirigirse hacia sus propios objetivos vitales”.

En sus más de cuatrocientas páginas, distribuidas en los conceptos básicos de la terapia cognitiva, la tipología de los trastornos, sus alternativas de tratamiento y los desafíos y líneas de investigación futuras, el Manual supone un verdadero hito para los terapeutas y estudiantes de habla hispana: Rodríguez Biglieri y Vetere son conscientes de la escasa disponibilidad de textos en español sobre el tema.

Además el libro contó con el aporte directo de los prestigiosos psicólogos Aaron T. Beck y David A. Clark. Beck es el padre de la terapia cognitiva y considerado por la American Psychological Association como uno de los cinco psicólogos más influyentes de la historia. Clark es un referente ineludible de la terapia cognitiva para los trastornos de ansiedad a nivel mundial.

El Manual, que presenta información actualizada, siempre contextualizada e históricamente fundamentada, es otro grano de arena para que la “epidemia silenciosa del siglo XXI” rompa, finalmente, el silencio.

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