ES OBLIGATORIO ENVEJECER

Envejecer es «obligatorio» para nosotros, como para todo ser vivo.
Pero, atención, lo que no es obligatorio es envejecer mal,
acumulando enfermedades, frustraciones y miedo a la muerte.

Una joven tía de 85 años decía: «¡Qué lástima que me tenga que morir con lo bien que me siento!».
Una frase tan simple, salida de lo más profundo de las entrañas, simbolizando el miedo más común a todos, el miedo a la muerte. Sin embargo, no fue dicha con angustia sino con una suave nostalgia por lo que ya fue, y en una espera calma de lo que tiene que llegar.
Creo que esa debería ser una de nuestras aspiraciones: llegar a viejos enteros, sin dejar pedazos de vida y salud en enfermedades sin fin, tratamientos cada vez más traumáticos, para terminar en una sala de terapia intensiva tratando de respirar unos minutos más.
Cada vez hay más personas longevas, y si observamos su filosofía de vida, vemos que responde a principios sencillos, higiénicos, fáciles de cumplir.
No es tan importante si fumamos o no, si hacemos gimnasia todos los días, si comemos esto o lo otro… Lo fundamental es poner el acento en nuestra actitud general: una vida alegre, productiva, solidaria, aumenta el nivel inmunológico contra muchas enfermedades y también ayuda a envejecer suavemente.
Envejecer no es sinónimo de enfermedad. Algunos cambios que va señalando el proceso evolutivo y que son simples cambios naturales que compartimos con los reinos animal y vegetal, pueden parecerse a algunas enfermedades. Pero no lo son. Necesitamos aprender a hacer esa distinción. Aprender gradualmente a familiarizarnos con esa realidad que todavía no conocemos y que nos cuesta aceptar sin discutir, cuestionar, resistir. No podemos luchar contra la vejez. Pero sí podemos tratar de decidir cómo vamos a envejecer.
La búsqueda de tratamientos exóticos, drogas milagrosas, cirugías espectaculares… sólo hace más cruel el inexorable avance de la vejez. El esfuerzo por evitar lo inevitable nos impide percibir la magia de haber pasado por todas las etapas y llegar a la culminación de una vida útil, serena, joven.
Esperando soluciones extraordinarias, desestimamos las pequeñas precauciones cotidianas, las mínimas normas de higiene, prevención, cuidado de la salud física, psíquica, mental, espiritual.
Quiero subrayar un aspecto en el que los pequeños cuidados diarios pueden producir grandes beneficios a largo plazo: los llamados recargos grasos. Veamos.
El proceso de envejecer tiene que ver con el deterioro de los componentes celulares y el agotamiento de su capacidad funcional; sobre todo del tejido conectivo, sostén responsable de la estructura general de nuestro cuerpo.
Las sustancias no asimilables, los detritus de todo tipo, van formando agrupaciones de tejido graso que conforman los llamados recargos grasos morbosos, presentes en casi todos los tejidos y órganos.
Esto, que es normal en condiciones ordinarias, asume importancia porque permite vislumbrar anticipadamente el proceso que va a seguir cada cuerpo a lo largo de la vida, a partir del nacimiento, un momento tan especial y único en el que ya empezamos a envejecer.
Los recargos se agrupan en grandes categorías dentro de las cuales hay infinitas variantes:
Recargo graso general: es lo que llamamos habitualmente obesidad. Muchas personas obesas pueden tener buen temperamento y buena salud, siempre que no excedan cierto límite que no comprometa la circulación e inervación de los órganos. Cuando el acúmulo graso se acompaña de intoxicación artrítica, que obstaculiza el funcionamiento, aparece la enfermedad: deterioro de la piel y tejido celular subcutáneo, depósitos ateroescleróticos en las arterias, dificultades venosas, edemas linfáticos, disfunciones hormonales y sexuales. Todo esto va agotando la energía vital y en poco tiempo el individuo muestra señales evidentes de envejecimiento, su edad biológica no resulta acorde con la edad cronológica. La grasa reemplaza tejidos jóvenes, dinámicos, apresurando el desgaste total y representando inconvenientes y hasta peligros para la salud.
Recargos parciales: se establecen en zonas amplias. Por ejemplo: recargo delantero (papada, bolsas en los párpados inferiores, mejillas fláccidas, gran recargo mamario y torácico, vientre abultado y caído); recargo posterior (abultamiento del cuello y nuca, sobrecarga dorsal, nalgas voluminosas); recargos laterales (suelen ser prolongación de los anteriores y posteriores, comunicándolos).
Recargos localizados: son los de manifestación más frecuente, y aunque no afectan el estado general del paciente deben ser reconocidos como manifestaciones de mal funcionamiento orgánico, digestivo y metabólico.
Recargo del vientre: suele acompañar estados catarrales de las vías digestivas, alteraciones hepáticas, renales, ováricas. Es frecuente que el aumento de grasa debajo del diafragma produzca estados congestivos y catarrales en las bases pulmonares.
Recargo del tórax: produce descargas catarrales bronquíticas o pulmonares a través de las vías respiratorias.
Recargo del cuello: se acompaña de dolor y congestión de cabeza, trastorno de la vista, catarro nasal y de garganta, dolor de oídos.
Recargos secos: no contienen grasa, sino que son manifestaciones distróficas con alteraciones químicas y endocrinas, que afectan especialmente la tiroides y la suprarrenal. En estos acúmulos se observan productos de degeneración granulosa, degeneración hialina, queratinización, transformación amiloide, etc.
Aun a riesgo de provocar sonrisas irónicas o comentarios poco amistosos afirmo que estos recargos se diluyen como por arte de magia cumpliendo varios de los «consejos prácticos» que mencionaré a continuación:
-Cuidar la alimentación en forma equilibrada, sin dietas mágicas de ningún tipo;
-realizar actividades físicas normales, adecuadas a la edad y estado de entrenamiento evitando desgastes por esceso tanto en cantidad como en calidad de la actividad elegida;
-buscar momentos de reposo entre las diversas actividades laborales, de estudio, profesionales, domésticas, deportivas… ya que una pausa adecuada en un medio tranquilo, alegre, bien dispuesto, puede multiplicar el rendimiento en forma geométrica;
-dedicar espacio a la reflexión sobre los problemas y el modo más adecuado de resolverlos para evitar reproches por ineptitud, descuido, falta de atención;
-valorar la vida, el amor, el trabajo, las emociones, los sentimientos, más allá de tener un vientre abultado, rollitos o catarros emocionales;
-no desperdiciar el tiempo tratando de mantenernos jóvenes sino vivir como los jóvenes: con expectativas, proyectos e ilusiones. ¿Quién sabe cuanto tiempo tenemos por delante, cualquiera sea nuestra edad?;
-no gastar dinero ni energías en promesas de eterna juventud exterior, porque siempre son falsas. Si no no habría tantos viejos en el mundo…
-aprovechar esos esfuerzos en ayudar a alguien, mejorar nuestra relación con la vida, querer y querernos felices, seamos como seamos, a la edad que supimos conseguir.
-Procurar recordar que cada etapa de la vida tiene su encanto y su sufrimiento, su premio y su pena, y que ambos polos hacen la vida; cuando desaparece uno también desaparece el otro, y nos quedamos en la dulce nada.

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