Ernesto Tornquist, un pionero católico

Los funcionarios del régimen conservador del ‘80, tuvieron una relación menos conflictiva con la Iglesia, de lo que supone la historiografía. El ejemplo de Ernesto Tornquist y su familia, sirve para mostrar cómo fueron esas relaciones, qué nexos los unía
A partir de la década de 1880 aparecen en la escena nacional hombres que intentan dar una nueva fisonomía e identidad al país que se estaba forjando. Dentro de este grupo debemos mencionar a algunos hombres de negocios, muchos de los cuales provienen de familias extranjeras que aliadas a las elites gobernantes, apostaron a una incipiente industrialización, y al desarrollo manufacturero independiente, con crecimiento de industrias de base y expansión del mercado interno. Existe la idea generalizada de que estos hombres de la llamada Generación del Ochenta, propugnaron una legislación anticatólica porque ellos mismos eran contrarios al sentir eclesial. Sabemos, por otra parte, que muchos de esos nombres estaban asociados a grandes apellidos de férrea tradición católica, y unida a ella de una u otra manera; por lo cual no se puede afirmar que fueran realmente enemigos de la fe. ¿Cómo entender entonces su relación con la Iglesia? ¿Qué nexos, si había, los unía con la jerarquía?, ¿fueron tan conflictivos esos desencuentros con los prelados a partir de la legislación “anticatólica” que defendían? Para poder responder a estos interrogantes es importante recurrir a algún ejemplo que nos ayude a entender la situación. La figura del comerciante, financista e iniciador de las actividades manufactureras a escala nacional, Ernesto Tornquist, nos ayuda a dilucidar la cuestión1. Para este hombre, que como alguien dijo, “se dedicó a todo”, no hubo esfera ni región del país que se le escapara de sus manos “milagrosas”2: saladeros en Entre Ríos; refinerías de azúcar en Tucumán y Rosario; frigorífico en el Riachuelo; explotación de campos en Córdoba, La Pampa, San Luis, Buenos Aires; pesca de ballenas en las Islas Georgias del Sur; búsqueda de petróleo en Mendoza; explotación del quebracho en Santiago del Estero; ferrocarriles en Santa Fe; talleres metalúrgicos y de enlozados en Buenos Aires (Ferrum); y todo ello sin descuidar la actividad financiera y comercial. Para él, según su hijo Martín, el dinero tenía una función social y no constituía una fuente para llenarse los bolsillos en detrimento de los demás. Ese fue el ideal que trató de inculcar a sus hijos.

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