EQUILIBRISMO INOPERANTE O FALSA NEUTRALIDAD

Partiremos de una de las afirmaciones que en el editorial del número 1003 hacíamos acerca del sistema de gobierno en San Ignacio: El ámbito de la conducción en la Compañía es cuasi sagrado.
La conducción espiritual tiene entre manos a personas que entregan su vida a la misión que el Señor y la Iglesia le quieran dar en nombre de Dios nuestro Señor. Pretender hacer una abstracción de esta realidad sagrada para quedarse con los aspectos “técnicos” por así decirlo de la conducción, puede resultar inconducente.
Ciertos detalles de la conducción ordinaria de cualquier institución nos indican que si no hay un deseo de hacer de la vida propia y personal una vida entregada al Señor y a la Misión que el mismo Señor quiera darle dentro de la Iglesia, toda técnica deja de tener su eficacia plena. Se conseguirá a lo sumo, tener buenos empleados, pero no se logrará vivir fraternalmente.
En la conducción espiritual, cualquier decisión que se tome afectará la relación personal que el implicado tiene con Nuestro Señor. Es decir, no afectará solamente su relación laboral o un rol que puede ser intercambiable.

La conducción ante el problema de las personas que tienen una pertenencia viciada
Un punto esencial dentro de la conducción espiritual de la Compañía radica en la disponibilidad que sus miembros deben cultivar a mayor gloria de Dios. Esta disponibilidad supone un ejercicio constante de discernimiento del bien mayor -el más universal y más duradero (institucional)- y de entrega de la propia libertad.
De esta manera -dentro de las humanas posibilidades y con la ayuda de la Gracia- la adhesión al Instituto se va corrigiendo y purificando de todo interés viciado que atente contra una sana pertenencia.
En el ámbito de las instituciones que gestionan sacerdotes, religiosas y religiosos, no es raro percibir en el pensamiento del común de la gente, que hay determinadas cosas que los hombres y las mujeres de Iglesia “no pueden o a ellos no les es lícito hacer” cuando de conducción institucional se trata.
Al tomar decisiones que obviamente afectan el trabajo de la persona involucrada, es común escuchar y suele decirse: “¡cómo es posible que tal cura o (o tal monja), haga esto…!”.
Es el caso de la necesidad de decisiones fuertes sobre miembros que obran de manera manifiesta en contra de la misma institución o están dañando el cuerpo de la misma, haciendo prevalecer sus propios intereses por sobre los generales y fines de la casa.
Llegados a este punto, quisiera hacer alguna salvedad.
Reconozco que muchas veces, obrando de manera compulsiva, se descartan miembros que “molestan” a quien conduce. No a la institución sino a quien conduce. Hay casos en los que hubo apresuramiento e injusticia. Lisa y llanamente injusticias. Los conocemos y mejor que nadie los conoce el cuerpo docente de esa comunidad educativa, que pierde un miembro porque al representante legal o al directivo “lo amenaza” o “no le gusta”.
Por el otro lado, no es menos verdadero que suelen “anidar” en nuestras instituciones cierto de tipo de parásitos muy comunes, que al amparo de alguna sotana o al refugio de habilidades nepotes (nepotistas) hacen de un lugar de servicio, un lugar de enquistamiento del poder.
Si el lugar de operaciones es la administración, además de tener el poder real del colegio, se encargan de hacer favores y ganar voluntades con dinero que no es de ellos. Generosos con lo ajeno… y en muchos casos, con pingües ganancias para sus bolsillos…
Ya en otro orden, nuestras instituciones también han sido refugio de personas a las que se las ha favorecido convirtiendo en un trabajo, la ayuda de caridad que se le daba. Y aquí es necesario distinguir campos.
Para llevar adelante una institución, debe contarse con los mejores y más eficientes colaboradores y miembros, como corresponde a una obra de Dios. Si se trata de una ayuda, que sea ayuda, que descontamos será generosa… Muy generosa. Pero no es buena ayuda la que va en detrimento del mayor bien institucional.
No enfrentar con firmeza estos casos de “pertenencia viciada” supondría que hay que sobrellevar con mutismo una realidad que resulta dañina, aunque el imaginario popular sostenga que los colegios, por ejemplo, deben ser receptores de todo el que necesite trabajo y ayuda.
No es difícil discernirlos si uno mira los frutos que una pertenencia viciada suele dar. Uno de los más notorios se da en el manejo de la lengua. El que tiene viciada su pertenencia suele pasar fácilmente de la detracción institucional más despiadada a la adulación y justificación más descarada.
Hay casos notorios. Las críticas amargas que surgen contra una actividad académica equis, porque claro, la persona en cuestión, no está trabajando allí o no ha sido convocada. Es suficiente que sea nombrada en algún cargo para que esa institución considerada un lamentable desastre pase a ser la de mejor calidad.
Sinceramente no creo en cambios tan bruscos en nuestras instituciones…

Ante la tentación de un equilibrismo inoperante o una neutralidad falsa
Ante problemas como los mencionados, las soluciones que apelan a puras técnicas de gestión terminan siendo inoperantes y falsas.
La primera afirmación que surge en el gobierno de instituciones de Iglesia es que lo esencial y lo primero es una fuerte experiencia espiritual, que hace que todo lo que en el devenir del tiempo se presente, sea releído desde la Providencia. La conducción espiritual no es mera habilidad humana sino un jugarse de tal manera que sea Dios el que conduce.
No estaremos por ello indemnes e inmunes al mal ni al fracaso ni exentos de algo malo o perjudicial. Recordemos que estamos en un tiempo en el que el pecado no puede ser derrotado definitivamente.
Y si queremos seguir avanzando en el camino fijado por Dios, también deberemos llegar a la renuncia total de nosotros mismos, lo que supone el aceptar y besar el “fracaso” de la Cruz.
Pero el hombre de fe, todo lo considera venido de la mano de Dios, como el justo Job: “…Yahveh dio, Yahveh quitó, sea bendito el nombre de Yahveh…”.
Con el corazón firmemente anclado en el Señor, es muy difícil que el hombre de Dios, no se acuse en primer lugar a sí mismo. Y muy difícil también que no haga una relectura espiritual de los acontecimientos, tratando de mirarlos como los mira Dios.
Procediendo así, tal vez podríamos evitar falsas neutralidades y tal vez nos libraríamos de uno de los mayores males de nuestro tiempo; de los espectadores que dicen lo que hay que hacer, pero ellos hacen otra cosa: “…atan pesadas cargas que ellos no llevan ni con el dedo…”.
Como algunos miran desde afuera lo que sucede adentro, aún perteneciendo a la misma comunidad (en nuestro país esto es patológico), descubrimos los auténticos neo-fariseos que ya en el tiempo del Señor había. Simpáticas, obsesivas e inoperantes figuras contemporáneas, que no sólo no hacen lo que deberían hacer, sino que perjudican y molestan e impiden que otros trabajen.
No conviene ni la falsa neutralidad de la mujer del relato de Salomón, “…por mí pártanlo…!”, ni la falsa neutralidad del sirviente de la Parábola del Hijo Pródigo: “…ha vuelto tu hermano menor y tu padre ha matado para él el ternero cebado…”, con lo cual siembra la inquietud y la inquina en el corazón de una familia que no es la suya.
Toda neutralidad en este sentido dicho, tiene una carga suficiente de maldad como para atentar contra la vitalidad del cuerpo y la vida del mismo. No por lo que oculta de la verdad sino por lo que dice y condiciona. Sus palabras contienen la malicia del exterminio.
En estos dos ejemplos citados nuevamente, ninguno de los dos nefastos personajes que se presentan, tienen el más mínimo sentido de cuerpo, de pertenencia a un ámbito común y ninguno de los dos tienen el más mínimo deseo de mantener una convivencia normal y natural.
Quiero detener la reflexión aquí y pedirle a Nuestra Señora de Itatí, cuya Solemnidad coincide con el aniversario de la Declaración de la Independencia en Tucumán, nos libre de equilibrismos inoperantes, de falsas neutralidades y de pertenencias viciadas.
Que nos dé la gracia de sostener una conducción espiritual que haga fuertes los vínculos y la pertenencia institucionales para una identidad definida, confiada en la conducción providente de Dios nuestro Señor.
El país y el mundo nos necesitan íntegros, constantes, laboriosos, sin miedos y entregados generosamente a la misión recibida.

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