ÉPOCA DE TRANSICIÓN

A proporción que Europa iba adelantando en organización social, se manifestaban nuevas tendencias intelectuales, notándose en diferentes sentidos un fuerte espíritu de oposición a la filosofía de Aristóteles, que dominaba exclusivamente en las escuelas. La caída de Constantinopla arrojó a Europa algunos sabios fugitivos, y con ellos las doctrinas de Platón y otros antiguos; así se difundió más y más el espíritu de innovación filosófica; mayormente cuando la auxiliaba también el prurito de disputa característico de los griegos, lo cual, si no era muy a propósito para el verdadero adelanto, servía cuando menos como poderoso ariete contra las escuelas peripatéticas. Entre los mismos griegos, unos estaban por Aristóteles, otros por Platón; distinguiéndose como aristotélicos Argirópulo y Gennadio, y como platónicos, GemistoPlethon y el célebre Bessarion, que después fue cardenal.
Por fin la invención de la imprenta y el descubrimiento de nuevos mundos acabaron de dar un fuerte impulso al movimiento europeo comenzado en la época de las Cruzadas; y desde entonces, desplegada la afición al estudio de la antigüedad en las mismas fuentes, era imposible que los espíritus se dieran por satisfechos con las traducciones de Aristóteles, los comentarios de los árabes y las discusiones de los escolásticos. Precisamente el movimiento ascendente de la oposición antiescolástica coincidía con el abuso de entregarse en las escuelas a frívolas disputas, de manera que la reacción, ya de suyo muy fuerte, era provocada más y más por el exceso del abuso.

251. Dos lados flacos tenían las escuelas peripatéticas: la negligencia en las formas, o sea en el estilo y lenguaje, y el descuido de las matemáticas y ciencias naturales; y precisamente a fines del siglo XV y principios del XVI se habían despertado las dos aficiones diametralmente opuestas: renació el amor a la literatura y bellas artes, llevado hasta una exageración a veces ridícula, y el gusto por las matemáticas y ciencias de observación cundía por todas partes. De aquí resultaba que la filosofía aristotélica se hallaba vivamente combatida, no sólo por los que se proponían innovar en sentido dañoso a la religión y a la moral, sino también por los que deseaban sinceramente la conservación de las sanas ideas, junto con los progresos científicos y literarios.
 Lorenzo Valla ataca en Italia las escuelas peripatéticas; Pedro Ramus hace lo mismo en París, mezclando graves errores y fundando la escuela llamada de los ramistas;Paracelso amalgama el fanatismo cabalístico con la medicina, la química y la teología;Angel Policiano y Cardano se inclinan al eclecticismo; Erasmo de Rotterdam y el insigne español Luis Vives, mientras propagan la afición a las bellas letras y cuidan de nuevas ediciones de las obras antiguas, no se olvidan de hacer la guerra a las sutilezas escolásticas. Aquélla es una época de verdadera revolución; así es que en vano buscaríamos un sistema fijo: hay una mezcla de las doctrinas de Pitágoras, de Parménides, de Platón, de Zenón el escéptico. Pico de la Mirándola disputa de omni scibili, y es llamado el fénix de su siglo; Giordano Bruno enseña el panteísmo; Bernardino Telesiofunda la academia llamada Telesiana, con el objeto de combatir a los escolásticos;Berigardo resucita en Pisa la escuela jónica; los platónicos brillan en Florencia, yMontaigne, en sus Ensayos, formula el escepticismo, abriendo la puerta a Bayle y a la escuela del siglo XVIII. VietaFermatCopérnico y otros hacen grandes progresos en las matemáticas, y la filosofía aristotélica, combatida por todos lados, va perdiendo terreno y presiente su muerte cercana. En la falange innovadora descuellan por fin Bacon de Verulam Descartes, verdaderos revolucionarios de la ciencia que, si bien debieron una parte de su triunfo al ascendiente de su genio, debieron todavía mucho más a la fermentación en que encontraron a los espíritus. La revolución estaba hecha en gran parte; ellos le dieron dirección y regularidad.

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