Entrenando el cerebro con el yoga

¿Se puede entrenar el cerebro? “¡Claro!”, me responderéis vosotros. “A través de ejercicios mentales. Resolviendo problemas, planteando preguntas, haciendo cálculos, con el ajedrez, los sudokus, crucigramas… ese tipo de cosas”. Sí, de acuerdo, pero, ¿se puede entrenar, físicamente, como cuando se va al gimnasio?
¿A que parece que no? ¿A que a nadie se le ocurre que el cerebro, ese órgano tan misterioso, escondido en su celda, en el interior del cráneo, inaccesible, protegido de todo, se pueda entrenar, activar, mover, como si fuera un músculo? Pues se puede, y desde hace milenios. Lo hacen los que practican yoga. Y, la mayoría, casi sin darse cuenta.
El yoga es, como el cerebro, un misterio. Sus ejercicios, aunque parezcan extraños, no son más que flexiones, torsiones y rotaciones del cuerpo. Sin embargo, sus beneficios son mucho mayores de lo que se podría pensar. El ejemplo más claro son las inversiones, las asanas (o posiciones) en los que el corazón y las piernas se colocan por encima de la cabeza. En ellas ocurre que la sangre circula, por efecto de la gravedad, al contrario de lo habitual, con lo que el riego sanguíneo hacia la cavidad craneal se ve fuertemente aumentado. En estas condiciones, el oxígeno y los nutrientes inundan, literalmente, los recovecos del cerebro, mientras que la sangre estancada acumulada, con su dióxido de carbono y toxinas, son expulsados de allí. Mantener una posición invertida durante varios minutos es sinónimo de claridad mental, tranquilidad y concentración, a la vez que despierta los, digamos, poderes ocultos de la mente, es decir, ciertas capacidades innatas como la intuición o la consciencia profunda.
Pero el efecto más espectacular es el que da el pranayama (ejercicios de respiración). En concreto, las prácticas llamados bhastrika y kapalabhati. El primero consiste en una sucesión rápida de inspiraciones y espiraciones potentes, mientras que el segundo es igual pero sólo con las espiraciones. La cuestión es que, aunque “el gran público” no lo sabe, el cerebro sí se mueve. Lo hace muy poco, apenas milímetros, aumentando y disminuyendo su volumen con cada respiración. Esto se puede notar en las sienes: al inspirar podemos sentir que “salen”, levemente, hacia afuera, y, al espirar, lo contrario. Pues bien, este efecto, aumentado y repetido con la fuerza del pranayama, lo que consigue es realizar es un masaje, muy sutil y delicado, pero masaje a fin de cuentas, en el órgano pensante. Repetir estos ejercicios 100 o 200 veces al día ejerce una auténtica labor de limpieza y tonificación del tejido nervioso, cuyos efectos físicos se extrapolan a nivel mental. Se podría decir que cualquier actividad física que aumente el ritmo respiratorio consigue dar el mismo efecto, y es cierto. Pero el yoga, con esas dos prácticas, por su energía e intensidad, consiguen un masaje más fuerte, intenso y potente.
Pero hay más, y aún más sencillo. Si extendemos la palabra “cerebro” a las ramificaciones nerviosas tenemos que el yoga actúa con profundidad y eficacia. Los ejercicios relajan y tonifican los músculos, con lo que los nervios, que viven en el interior de éstos, también se ven beneficiados. Al funcionar mejor, los impulsos nerviosos que devuelven al ordenador central son también más calmados y mucho más “positivos”, y esto, en el plano físico, se ve reflejado en el mental. Los movimientos específicos en los ojos (el nervio y los músculos ópticos son auténticas “autopistas” al interior del cerebro), en la barriga (llena de terminaciones nerviosas), en las articulaciones (donde se acumulan tensiones, sobre todo en hombros, cuello, rodillas y articulación femoral) y en la base de la columna ejercen de calmantes y revitalizantes

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