Atomismo y la alquimia

HONGOS

De acuerdo con la advertencia introductoria que la propia autora nos ofrece, este sutil análisis de uno de los aspectos centrales de la filosofía de la naturaleza de Bacon no se limita al objetivo de reafirmar la hipótesis de que la teoría de la naturaleza constituye una clave para comprender la relación entre el pensamiento de este filósofo y la pluralidad de tradiciones que han incidido en su pensamiento, sino que se propone examinar en qué medida es posible integrar coherentemente esas influencias en un concepto único de materia. Procurando alcanzar dicha meta, esta obra no sólo ofrece un aporte original que busca llenar un vacío en los estudios baconianos, sino que nos invita a revalorizar la historia de la filosofía y su capacidad de provocar en nosotros una reflexión sobre las condiciones de la actividad filosófica en general.
En el primer capítulo, Manzo expone la trama conceptual del programa de la Gran Restauración, permitiéndonos comprender la estrecha relación existente entre el concepto de la materia y la visión general de Bacon sobre los fines que orientan la actividad científica y el método que permite alcanzarlos. En esta perspectiva, en la que conocimiento y acción constituyen aspectos correlativos de un mismo empeño, la nueva ciencia se propone producir una restauración de la dignidad humana lesionada por la caída. Saber y poder se asocian estrechamente en el método baconiano: el descubrimiento de las causas y de los mecanismos que producen y explican los fenómenos de la naturaleza permite al hombre adquirir la capacidad de actuar efectivamente sobre ella para obtener ciertos resultados útiles para el bienestar de la humanidad; al mismo tiempo, la producción de aquel conocimiento exige operar sobre la naturaleza, manipularla experimentalmente para descubrir-penetrando sus aspectos manifiestos- los procesos latentes a los que responde en ella toda generación o movimiento. La experimentación es la actividad mediante la cual el hombre -ministro de la naturaleza que, obedeciéndola, la domina- puede forzar a la laberíntica naturaleza a revelar sus secretos. La condición demiúrgica del hombre encuentra, sin embargo, un límite claro en la imposibilidad de destruir o crear materia que es, al propio tiempo, condición de posibilidad de la experimentación.
El principio de la constancia de la cantidad de materia, junto con la idea de la unidad de la naturalezaconstituyen los pilares sobre los que se asienta la filosofía de Bacon, y que permanecen incólumes a lo largo de las variaciones conceptuales que se exhiben en las distintas etapas del desarrollo de
 su teoría de la materia. El examen de la extensa obra baconiana se despliega en busca de los elementos que permitirían ir delineando una teoría de la materia, internándose en las conexiones de sus diversos componentes con una pluralidad de tradiciones que no siempre resultan fácilmente compatibles. Es así que el proceso que habría producido el ordenamiento del caos de la materia primigenia es expuesto por Bacon -siguiendo las líneas de la tradición paracelsiana que describe el origen como separación de la materia sulfúrea y la materia mercurial- en la doble clave del relato bíblico y la narración mitológica. El mito resulta ser también vehículo de la doctrina atomista de la materia, hacia la cual Bacon profesa inicialmente su simpatía, pese a su crítica a las deficiencias metodológicas en la elaboración de la teoría democriteana y a su reemplazo tardío por la noción de los esquematismos materiales. En la compleja clasificación de los tipos de materia -tangible y pneumática- y sus propiedades, que Manzo logra reconstruir, se hacen presentes elementos procedentes de la tradición alquímica, el galenismo y el avicenismo, el telesianismo, e incluso el aristotelismo.
Uno de los aspectos más originales de la teoría de Bacon, destacado en este estudio, resulta ser la coexistencia de elementos propios de una concepción materialista y proto-mecanicista de la naturaleza, y de componentes característicos de una visión vitalista y cualitativa. Ello resulta manifiesto en el modo en que se combinan la explicación baconiana del movimiento y su doctrina de las cualidades de la materia: la cuantificación no se aplica exclusivamente a las propiedades espacio-temporales que Bacon atribuye a la materia, sino también a la intensidad de los apetitos que gobiernan las transformaciones y desplazamientos de los cuerpos. Esta medición no es numérica, sino que responde a una estimación de las influencias y el predominio de unos apetitos sobre otros en función de una jerarquía de fines que rige no sólo el orden de la naturaleza sino también el universo ético-político y que se manifiesta como principio de utilidad: el mayor bien para el mayor número.
Sobre el trasfondo de esta reconstrucción del ecléctico derrotero del pensamiento baconiano, se destaca la comprobación final del modo en que el filósofo procura desarrollar y presentar sus innovaciones en un medio que lo condiciona, forzándolo a establecer cierta continuidad con la tradición que al mismo tiempo está criticando. Precisamente, la empresa que se propone Manzo es indispensable para poder discernir en qué medida su adhesión a ciertas categorías del aristotelismo – particularmente al esquema tetracausal – respondería, antes que a la persistencia de esta tradición en su propia visión de la naturaleza y del conocimiento, a una estrategia para hacer viable el desembarco de la ciencia nueva en un ambiente conservador. Esta investigación nos conduce a advertir esta riqueza de un pensamiento de transición, situado en la bisagra histórico-filosófica entre dos épocas; portador, por lo tanto, de una multiplicidad de signos de lo nuevo que visten el ropaje de lo viejo, e índice también de la larga historia que a veces tiene en realidad aquello que en un momento determinado se erige como novedad. Por ello este trabajo no sólo logra acercarnos a una visión conceptualmente más ajustada de la obra de Bacon, sino que nos permite comprenderla como resultado del complejo proceso a través del cual se desarrollan y logran afirmarse las convicciones que guían la actividad teórica del filósofo.

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