Ensayo sobre el color y la luz

El color es ese lugar donde nuestro cerebro y el universo se encuentran, decía Cézanne en ese admirable idioma del artesano del ser que le gustaba citar a Klee”. Por alguna razón Merlau Ponty evocó a ambos en esta cita que incluyó en su ensayo de 1964 El ojo y el espíritu. Aunque curiosamente, era para reforzar su teoría de que prestando su cuerpo al mundo es que el pintor cambia el mundo en pintura y que el cuerpo no implica una mera ocupación del espacio sino un entrelazado de visión y movimiento. Ese dato múltiple de la percepción, que resulta fundamental a la experiencia y la conciencia, me vino a la mente mientras recorría la exhibición de Karina Peisajovich en la Galería Vasari. Pero sobre todo a medida que avanzaba la conversación con la artista.

Ella decía que sus obras se capturan visualmente como si el ojo fuera un cerebro, y yo no podía dejar de evocar aquella cita de Cézanne . O a Merlau Ponty porque advertía que el cuerpo de la artista y el mío, como espectadora estaban involucrados, cada uno a su modo, en la experiencia estética ante la serie de dibujos hechos a lápiz que forman parte de sutiles pasajes de color y también en la instalación. Tanto al seguir los cambios de un color que se funde en otro como al atender el movimiento de la instalación, casi una coreografía protagonizada por dos lámparas que se aproximan y se esquivan como dos seres. Si bien el título de la obra, “Los amantes”, contribuye a imaginar una narrativa, hay algo en ella que le confiere humanidad a esos objetos.

En todos los trabajos hay una evidencia de desplazamientos temporales y espaciales, ya sean los contenidos en la obra misma como en los que lleva a cabo el espectador. Tratándose de una obra que incluye al tiempo como una dimensión fundamental, resulta de interés distinguir la diferencia de experiencias entre las que tienen lugar en el territorio de la producción y en el de la recepción.

El tiempo en sí mismo se hace presente en ambos casos. “En las instalaciones trabajo con el tiempo real”, dice la artista frente al incesante movimiento de rotación que acerca y distancia esas dos pequeñas lamparitas blancas. De manera que el tiempo y el espacio se vuelven claramente perceptibles en un continuo ir y venir.

Pero la dimensión temporal del espectador se vuelve bien distinta si uno se desplaza y se coloca en el lugar del artista. Sobre todo en el lugar de quien realizó esos minuciosos dibujos con lápices de color sobre papel en los que interviene la presión de la mano para saturar o lograr que un color sordo asuma la levedad de la bruma o se extienda en una zona evanescente. En este caso la artista optó deliberadamente por un régimen de color que va del marrón o el rosa pálido al verde. Ajeno a cualquier estridencia o vocación de seducir.

“La instalación es un medio muy completo, me siento cómoda en él y sé que lo puedo abarcar aunque siempre supone disponer de un determinado espacio. El dibujo, en cambio, acota, es más íntimo y se relaciona con un proyecto del día a día más cotidiano”, confiesa Peisajovich.

El tiempo y el espacio se transformaron en dimensiones clave en la obra de esta artista desde que empezó a distanciarse de la pintura sobre tela hace poco más de una década. Todo eso derivó a su vez en el rol del color como elemento fundamental y organizador. Y sobre todo en la luz que es la fuente misma del color. Así empezó a pintar con luz y a ocupar el espacio con proyecciones en lo que fue más allá de un impulso expansivo que buscaba una salida a la pintura sobre tela. Su obra planteó una relación física y más directa desde el punto de vista de la percepción. Todo esto acompañado por investigaciones sobre distintas teorías del color –Newton, Goethe, Albers, John Cage– que a su turno plasmó en obras en el plano o de desarrollo espacial. Al eliminar el soporte, el color luz adquiere una presencia física que ocupa el espacio. En esta exhibición, la artista se ha concentrado en la luz blanca, que es la suma de todos los colores y ha jugado en ella con el principio del enigma, propio de las estrategias surrealistas. Se diría que es algo inédito en la artista –rara vez ha realizado objetos como los que ahora presenta– que no se aparta de su propia trayectoria en la medida en que todo esto sigue siendo una suerte de ensayo sobre la luz pero, al mismo tiempo, aporta una sutil e interesante novedad.
FICHA
Karina Peisajovich
Totalmente, tácitamente

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