Enfermedad oncológica. Valoración preliminar en un grupo de profesionales de la Atención Primaria de Salud

En este artículo brindamos, sintéticamente, resultados parciales de una investigación más abarcadora realizada por la autora en el área de salud del Policlínico Docente Dr. Mario Escalona Reguera, en ciudad de La Habana con pacientes con cáncer, sus familias y los profesionales médicos responsables de su asistencia.

Aparece el momento descriptivo o diagnóstico del estudio realizado, de manera particular con el grupo de médicos de los consultorios a los que pertenecían los pacientes incorporados a la investigación. Se presenta el significado de la enfermedad oncológica para estos profesionales y los dilemas éticos en los que se encuentran con frecuencia en las acciones asistenciales a este tipo de pacientes. Como técnica para la recolección de información se utilizó la expresión gráfica (dibujo) y un instrumento que explora dilemas éticos, utilizado con anterioridad en la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana. En el primer caso, se hizo un análisis de contenido del que resultaron algunas categorías que facilitaron el análisis mientras que el resto de la información fue analizada a través de medida porcentual.

Entre los resultados fundamentales encontramos que los médicos que intervinieron en el estudio también tenían valoraciones pesimistas de la enfermedad oncológica, siendo las dificultades en la comunicación del diagnóstico y cómo conducir ésta durante todo el proceso, los dilemas éticos más referidos.

Arribar a estos resultados posibilitó establecer y aplicar una estrategia de intervención con ese grupo de profesionales para lograr acciones de salud más efectivas en sentido general.

Palabras clave: Cáncer, Psico-oncología, Atención primaria de salud, Médicos de familia.

Introducción

El diagnóstico de cáncer es considerado como un evento vital estresante que afecta tanto a quien lo recibe como a su entorno familiar y social más inmediato (Cano, 2005). Sólo pronunciar esta palabra genera, en el paciente y sus familiares, un ambiente de sufrimiento, tensión y dolor. El profesional de la salud no está exento de ese impacto, incluso desde antes que los familiares, pues, teniendo la información, muchas veces no saben cómo decirla, a quién decirla, en qué momento decirla.

En la realidad actual, con frecuencia se obstaculiza la posibilidad de hablar abierta y claramente con el paciente de su problema de salud, lo que le permitiría asumirlo consciente y responsablemente, y es probable que lleguen al momento de la muerte sin conocer claramente qué les ha pasado; es como si los profesionales de la salud sintieran la obligación de asumir la dirección y el control de las acciones a llevar a cabo en el proceso de enfermedad de sus pacientes oncológicos, sin estar preparados para desempeñar su verdadero rol. En síntesis, no conciben el profundo sentido de la expresión que clarifica su verdadera posición ante este enfermo: «el médico puede curar algunas veces, aliviar otras y acompañar siempre» (Aresca y Luszczanowski, En: http://www.escuelasistemica.com.ar/publicaciones/articulo-4.htm).

Asumir la atención de uno o más pacientes oncológicos en su población los sitúa frecuentemente en situaciones estresantes. En primer lugar, el control y tratamiento de esta enfermedad se convierte en una situación difícil por la diversidad de cuadros en los que se presenta, además de tener relación con una amplia gama de factores de riesgo que están implícitos en la conducta humana (Chacón, Grau, y Barbat, En: http://saludparalavida.sld.cu/modules.php?name=News&file=print&sid=169).

Sin embargo, en la actualidad ha dejado de considerarse una enfermedad letal; es incluida en el grupo de las crónicas, por el número de pacientes que se logran curan o por el número de los que, teniendo remisiones de la enfermedad, sobreviven varios años. Esta situación de sobrevivencia, si bien es positiva, los lleva a prestar atención a sus síntomas físicos y a sus necesidades psicológicas (Tenorio-González, En: http: //www.medigraphic.com) por un período mayor de tiempo, en el que gradualmente disminuyen sus capacidades a largo plazo, empeorando su calidad de vida y haciendo más crítica la situación de cuidadores y familiares en general. La atención integral al problema de salud, se torna más complicada para los profesionales de la medicina y la psicología.

En Cuba, el cáncer en general constituye un problema de salud entre las principales causas de muerte (Silva, 2000). Este elemento reafirma la importancia que tiene el hecho de que todos los profesionales implicados de alguna manera en las acciones con los pacientes con este problema de salud tengan herramientas para desarrollarlas cada vez con mayor efectividad, tanto con ellos como en su entorno familiar en general.

En su diario proceder, no son invulnerables a la representación social que se tiene de la enfermedad como sinónimo de dolor y muerte y no son pocos los momentos en que se sienten tensos, a veces hasta frustrados, en el proceso de atención a estos casos. Es a estas circunstancias a las que nos referimos cuando hablamos de dilemas éticos en el desempeño de la profesión, momentos en los que coexisten necesidades contradictorias en el profesional, que «luchan» por ser satisfechas y generan angustias mientras están presentes.

Hay elementos que son, en esencia, generadores de estos dilemas para el profesional de la salud en su desempeño frente a pacientes oncológicos en general.

Generalmente, las formas clínicas de esta enfermedad requieren en cada momento un abordaje terapéutico diferente (casi siempre agresivo); la demanda de ciertas condiciones económicas tanto para el proveedor de los servicios (equipos, medicamentos) como para el que los recibe (pacientes y familiares) para poder hacerle frente al problema de salud, están entre los aspectos que se ponen en juego a la hora de tomar una decisión de salud y fuertes potenciadores de angustia en el personal que brinda los servicios.

Otro elemento a tener en cuenta como posible estresor para el profesional es el carácter sistémico en el funcionamiento familiar. El hecho de que lo que le suceda a un miembro de la familia afecta de alguna manera a todos los convivientes, puede convertirse en una situación dilemática, pues, en ese complicado mundo de relaciones familiares, de desempeño de roles, de cumplimiento de funciones básicas del grupo, no siempre existen criterios favorables a la orientación profesional o al logro de la efectividad de estas orientaciones.

A nuestro juicio, muy relacionado con los aspectos anteriores, es importante tener en cuenta la comunicación. No en pocos momentos, el profesional en el desempeño de su función asistencial con estos pacientes, se encuentra en situaciones en las que no sabe qué decir ni cómo hacerlo.

Comunicación y familia son elementos indisolubles en la práctica y los profesionales de la salud; en primer lugar, deben identificar ante qué tipo de familia se encuentran. Se reconocen las familias abiertas en las que todo se habla y se comparte. En éstas puede considerarse como una ventaja que cada individuo se siente apoyado y querido y que realmente sus cosas interesan a alguien, estando en esto implícita la desventaja de que no hay intimidad, sentimientos o estados de ánimo privados; estarán a la vista de todos. Por otra parte, las familias de puertas cerradas no comparten, o al menos no a fondo, los temas más íntimos y personales de cada miembro. La ventaja en familias como éstas es que sus miembros sienten que tienen su intimidad y actúan sin presiones ni ataduras, sin embargo, la mayor desventaja está en que, a menudo, no se cuenta tanto con los otros en caso de necesidad.

Ante el cáncer, las familias de puertas abiertas se encontrarían en situación difícil de tolerar y las de puertas cerradas, pueden hallarse en situaciones emocionales muy intensas que no saben cómo afrontar. Este es un factor de suma importancia a tener en cuenta por el profesional que intervenga en estos grupos para lograr acciones de salud realmente efectivas y que en la práctica se convierten en situaciones de difícil manejo.

En Cuba, se insiste en la prioridad de los cuidados del paciente en su hogar, entre sus familiares, lo que se concreta en la forma en que se organizan los servicios de salud en la Atención Primaria. El médico que atiende a un grupo de familias en su consultorio, llega a conocer a cada uno de estos grupos y, en el caso de pacientes oncológicos, a involucrarse con ellos y sus familias con mayor intensidad. Esta se convierte en una relación médico-paciente más fuerte que en el modelo tradicional de atención (Viñals, García y Durán, 2002), aspecto que es favorablemente evaluado por los enfermos y sus parientes pero, sin dudas, generador de situaciones dilemáticas justamente por el costo emocional que representa para el profesional el seguimiento a estos pacientes.

La atención a estos pacientes en sus domicilios es una tendencia mundial (Viñals, García y Durán, 2002), y Cuba no es una excepción, sin embargo, en las interconsultas se han identificado médicos de familia que, por ejemplo, ante pacientes con diagnóstico de cáncer de mama, realizan un examen físico en el que no se incluye la exploración de esta zona afectada. Esta actitud, interpretada como de evasión al problema de salud de la mujer, presupone una no preparación para el abordaje psicológico de estas pacientes que sufren, que tienen temores y que conviven con una familia que también afronta, por ese acontecimiento, una crisis familiar paranormativa (Pérez Cárdenas, 2001).

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