Encuentro de Francisco con otras confesiones y religiones

Encuentro de Francisco con otras confesiones y religiones

 

Francisco pide a ortodoxos y protestantes que recen por él para ser “un pastor según Cristo” mientras que, arepresentantes de religiones no cristianas, les dijo: “Debemos mantener viva en el mundo la sed de lo absoluto” contra la visión de que el hombre es sólo “lo que produce y consume.”

 

Ciudad del Vaticano, miércoles 20 de marzo de 2013.- El Papa Francisco recibió, hoy, en audiencia privada, a Dilma Roussef, Presidente de Brasil y séquito, a Su Santidad Bartolomé, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, al -Metropolita Hilarión, Presidente del Departamento de Relaciones Exteriores del Patriarcado de Moscú, y a Claudio Epelman, Director del Congreso Judío Latinoamericano.

 

Posteriormente, en audiencia general en la Sala Clementina del palacio apostólico vaticano a los Delegados Fraternos de otras iglesias y comunidades cristianas, así como de otras religiones.

 

En la Misa de Inicio de Pontificado estuvieron presentes 33 delegaciones de Iglesias y denominaciones cristianas, entre ellas, 14 orientales y 10 occidentales. Subieron, al altar, a abrazar al nuevo Papa, Bartolomé, Patriarca ecuménico de Constantinopla, y Karekín II Katolikós Patriarca de todos los armenios. Otros líderes presentes en Roma son el metropolita Hilarión del Patriarcado de Moscú (con quien Francisco tuvo un encuentro personal en la tarde anterior a su entronización); el arzobispo anglicano de York, John Tucker Mugabi Sentamu; y el secretario del Consejo Mundial de Iglesias, Fykse Tveit, entre otros.

 

En la audiencia de hoy participaron, también, delegados de los patriarcados ortodoxos de Alejandría, de Antioquía, de Moscú, de Georgia, de Serbia, de Rumanía, de Chipre, de Grecia, de Albania y de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania. Además de los representantes de las Iglesias ortodoxas antiguas orientales: la Iglesia copta de Alejandría, el patriarcado siro-ortodoxo, la Iglesia armenia, del patriarcado armenio de Turquía y los armenios de Cilicia.

 

También estaban delegados de la comunidad monástica ecuménica de Taizé – Francia y de las comunidades cristianas como la anglicana, federación luterana mundial, metodistas, bautistas, pentecostales, evangélicas, del consejo mundial de las Iglesias.

 

Otros asistentes eran los representantes de la comunidad hebrea de Roma, del Rabinato de Israel, del American Jewish Committee, del congreso mundial judío y de la Anti-Defamation League, entre otros.

 

De otras religiones, los representantes musulmanes de Italia, Serbia, Bulgaria, así como delegados budistas, sij, jainistas e hindúes.

 

«En primer lugar, doy gracias de corazón a lo que mi hermano Andrés nos ha dicho», dijo Francisco en su intervención, refiriéndose a Bartolomé I, heredero, según una tradición, de la sede del apóstol Andrés, hermano de Pedro, en Bizancio.

 

«Me da mucha alegría reunirme con vosotros hoy, los delegados de las Iglesias Ortodoxas, de las Iglesias Orientales Ortodoxas y las Comunidades eclesiales de Occidente. Gracias por querer tomar parte en la celebración que marcó el comienzo de mi ministerio como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro», dijo Francisco.

 

Para Francisco, es necesaria «una oración más urgente por la unidad de todos los creyentes en Cristo», que sume «el plan de Dios y nuestra cooperación sincera».

 

Recordó que el Año de la Fe, que convocó Benedicto XVI y Francisco alaba, conmemora «el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II, proponiendo una especie de peregrinación a lo que es lo esencial para todo cristiano: la relación personal y transformadora con Jesús Cristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por nuestra salvación».

 

Francisco recordó también palabras de su predecesor Juan XXIII: «La Iglesia Católica considera su deber trabajar activamente con el fin de cumplir el gran misterio de la unidad que Cristo Jesús con fervientes oraciones al Padre Celestial pidió en inminencia de su sacrificio», y pronunció las palabras de Cristo: «ut unum sint», que sean uno, para «ser capaces de dar testimonio libre, alegre y valiente. Este será nuestro mejor servicio a la causa de la entre los cristianos, un servicio de esperanza para un mundo que sigue marcado por la división, por las disputas y rivalidades».

 

«Por mi parte, deseo asegurar, en la estela de mis predecesores, que se continuará el trabajo en el camino del diálogo ecuménico, y agradezco al Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana, por la ayuda que se siga prestando, en mi nombre, para esta noble causa. Os pido, queridos hermanos y hermanas, para llevar mi cordial saludo y la seguridad de mi recuerdo en el Señor Jesús a las Iglesias y comunidades cristianas que están representados aquí, y pido la caridad de una especial oración por mi persona, para que pueda ser un pastor según el corazón de Cristo», solicitó a los cristianos.

 

A los judíos les recordó que «nos une un vínculo espiritual muy especial», explicado en el Decreto Nostra Aetate del Vaticano II: «el misterio divino de salvación en los Patriarcas, Moisés y los profetas». «Estoy seguro de que, con la ayuda del Todopoderoso, podremos seguir provechosamente el diálogo fraterno», anunció.

 

Después saludó a los musulmanes, que, dijo, «adoran al único Dios, viviente y misericordioso, y lo invocan en la oración». En la presencia de estos musulmanes, Francisco dijo ver «una nueva voluntad de crecer en el respeto mutuo y la cooperación para el bien común de la humanidad».

 

Insistió en la importancia de «la promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas» y agradeció el trabajo del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso.

 

Pidió a todos ser conscientes de «la responsabilidad que todos llevamos en nuestro mundo, de toda la creación, a la que debemos amar y apreciar. Y podemos hacer mucho por el bien de los menos afortunados, los que son débiles y el sufrimiento, promover la justicia, promover la reconciliación, la consolidación de la paz. Pero por encima de todo, debemos mantener viva en el mundo la sed de lo absoluto, no permitiendo que prevalezca una visión de la persona humana de una sola dimensión, según la cual el hombre se reduce a lo que produce y lo que consume: se trata de una de las trampas más peligrosas para nuestro tiempo».

 

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Ciudad del Vaticano, 20 marzo 2013.-El Papa Francisco ha recibido esta mañana en la Sala Clementina a los “delegados fraternales”, es decir a los enviados de las Iglesias, Comunidades eclesiales y Organismos ecuménicos internacionales, así como a los representantes de las religiones no cristianas, llegados a Roma con motivo del inicio de su ministerio de Obispo de Roma y de sucesor del apóstol Pedro.

 

En nombre de todos los presentes ha tomado la palabra el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, que ha saludado al Papa recordando la “alta, grave y difícil tarea” que conlleva su ministerio” reiterando, además, la necesidad de las Iglesias de alejarse de la mundanidad y de la unidad entre los cristianos.

 

Francisco, que ha acogido las palabras del Patriarca sentado en una butaca, y no en el trono habitualmente dispuesto en la Sala Clementina, ha dado las gracias a Bartolomé I, llamándole “Mi hermano Andrés”, ya que los patriarcas de Constantinopla son considerados los sucesores del apóstol Andrés, el hermano de Simón-Pedro. Después, ha afirmado que gracias a la presencia en la Misa de ayer de todos los representantes de las diversas comunidades se sentía “de forma todavía más fuerte la oración por la unidad entre los creyentes en Cristo y, al mismo tiempo, se podía entrever, de alguna manera, su realización plena que depende del plan de Dios y de nuestra leal colaboración”.

 

“Inicio mi ministerio apostólico – ha proseguido- en este año que mi venerado predecesor, el Papa Benedicto XVI, con intuición verdaderamente inspirada, ha proclamado Año de la Fe para la Iglesia Católica. Con esta iniciativa, que quiero continuar y espero que sirva de estímulo para el camino de fe de todos, quiso conmemorar el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II, proponiendo una especie de peregrinación a lo que es esencial para todo cristiano: la relación personal y transformadora con Jesucristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por nuestra salvación. En el deseo de proclamar a los hombres de nuestro tiempo este tesoro de la fe siempre válido estriba el fulcro del mensaje conciliar”.

 

Francisco ha recordado a continuación la figura y las palabras de Juan XXIII durante la inauguración del Concilio: “La Iglesia católica estima, por lo tanto, como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio.”(…) Sí, queridos hermanos y hermanas en Cristo, sintámonos todos íntimamente unidos a la oración de nuestro Salvador en la última cena con su invocación: ut unum sint. Pidamos al Padre misericordioso que podamos vivir plenamente la fe que hemos recibido como un regalo en el día de nuestro bautismo, y ser capaces de dar un testimonio alegre libre y valiente de ella. Este será nuestra mejor servicio a la causa de la unidad de los cristianos; un servicio de esperanza para un mundo todavía marcada por la división, los contrastes y las rivalidades”

 

“Por mi parte, deseo asegurar, en la estela de mis predecesores, mi firme voluntad de proseguir el camino del diálogo ecuménico (…) y os pido que llevéis mi cordial saludo y la seguridad de mi recuerdo en el Señor Jesús a las Iglesias y comunidades cristianas que representáis aquí, y que recéis por mí para que pueda ser un Pastor según el corazón de Cristo”.

 

Francisco, dirigiéndose a los representantes del pueblo judío, ha subrayado “el vínculo espiritual tan especial” que tienen con los cristianos. Y, citando el decreto Nostra Aetate del Concilio Vaticano ha dicho: “La Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios”. “Confío – ha proseguido- que con la ayuda del Altísimo, proseguiremos provechosamente el diálogo fraterno que el Concilio deseaba y que, se ha realizado efectivamente, dando no pocos frutos especialmente durante las últimas décadas”.

 

El Papa ha saludado después a los pertenecientes a otras tradiciones religiosas, en primer lugar a los musulmanes “que adoran al Dios, único viviente y misericordioso, y lo invocan en la oración”. Y dirigiéndose a todos los presentes ha exclamado: “Realmente aprecio vuestra presencia: veo en ella una nueva voluntad de crecer en la estima mutua y en la cooperación para el bien común de la humanidad”.

 

“La Iglesia católica es consciente de la importancia que tiene la promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas. Quiero repetirlo: promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas (….) También es consciente de la responsabilidad que todos tenemos con nuestro mundo, con la creación entera que debemos amar y custodiar. Y podemos hacer mucho por el bien de los que son más pobres, de los más débiles, de los que sufren, para promover la justicia, para promover la reconciliación, para construir la paz. Pero, por encima de todo, debemos mantener viva en el mundo la sed de absoluto, no permitiendo que prevalezca una visión de la persona humana unidimensional según la cual el hombre se reduce a lo que produce y lo que consume: se trata de una de las trampas más peligrosas de nuestro tiempo”.

 

“Sabemos -ha concluido- cuanta violencia ha desencadenado en la historia reciente el intento de eliminar a Dios y a lo divino del horizonte de la humanidad y advertimos el valor de dar testimonio en nuestras sociedades de la apertura originaria a la transcendencia que está grabada en el corazón del ser humano. En esto, sentimos cerca de nosotros también a todos aquellos hombres y mujeres que, sin reconocerse en tradición religiosa alguna, se sienten, sin embargo, en búsqueda de la verdad, de la bondad y de la belleza; esta verdad, bondad y belleza de Dios, y que son nuestros aliados inapreciables en el compromiso para defender la dignidad del ser humano, en la construcción de una convivencia pacífica entre los pueblos y en la custodia amorosa de la creación”.

 

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