Enamorados en tiempo de tango

Asociadas con el desamor y el abandono, las letras de los tangos también albergan la fatalidad de la esperanza. Los versos de Contursi, Cadícamo, Manzi, Discépolo y Le Pera, entre otros, recorren las piruetas de la poética tanguera del amor.

Las letras de los tangos hablan de la soledad, del lugar de pertenencia, de la identidad, de la muerte y –por supuesto– del amor. No son pocos quienes se apresuran a creer que los tangos solo están poblados por muchachos abandonados que llorisquean por la dama que los dejó; sin embargo, un análisis apenas ligero revela que en el tango se expresan situaciones que hablan del amor con una complejidad que trasciende largamente el lamento córneo y sus pudorosas consecuencias.

La postal del guapo mal valorado que sufre artísticamente por el abandono de una mujer pérfida tiene un complemento de igual presencia en la poética tanguera: el hombre que abandona a una mujer y a la vuelta de los años comprende su fatal error. Con el auxilio del alcohol, el Patotero sentimental de Manuel Romero lo ve claramente (“cuando tomo dos copas de más / de mi pecho comienza a surgir / el recuerdo de aquella fiel mujer / que me quiso de verdad y yo, ingrato, abandoné…”). José María Contursi sufre lo que le ha hecho padecer a Grisel; parece encontrar en su propia desgracia un castigo y en el castigo un hálito de dignidad (“se cumplió la ley de Dios / porque sus culpas ya pagó / quien te hizo tanto daño”). Por su parte en La abandoné y no sabía un José Canet desorientado confiesa su desconcierto (“La abandoné y no sabía / de que la estaba queriendo”).

Es claro que el disfrute del amor y el sufrimiento por amor como pares inseparables no es una temática exclusiva del tango sino, por el contrario, un tópico visitado por la literatura universal. Más tarde o más temprano el amor hace sufrir, y es altamente probable que ese sufrimiento vaya a ser más profundo que lo que fue la dicha; en Quién hubiera dicho Luis César Amadori lleva esta situación al paroxismo. (“¡Qué cosas hermano que tiene la vida! / yo no la quería cuando la encontré / hasta que una noche me dijo resuelta / “ya estoy muy cansada de todo” y se fue, / ¡qué cosas hermano que tiene la vida! / desde aquella noche la empecé a querer”). Si para Pablo Neruda era corto el amor y largo el olvido, para Amadori el amor por breve no llega a nacer y el olvido es eterno.

En las letras de los tangos el amor es algo que sucede en el pasado; el día a día, la cotidianeidad del amor, rara vez es presentada. Malevaje, de Enrique Santos Discépolo, es uno de esos tangos que contienen una situación de amor en tiempo presente y allí amor es presentado como una verdadera molestia que arrasa con todo (“no fue más que verte y perder la fe, el coraje, el ansia ‘e guapear”). El personaje se sorprende a si mismo habitando un cuerpo ajeno, en abierto antagonismo con quien supo ser (“Decí, por Dios, ¿qué me has dao  / que estoy tan cambiao, no sé más quien soy?”) y teme que ese rodar por el camino del absurdo lo conduzca a un punto sin retorno (“¡Ya no me falta pa’ completar más que ir a misa e hincarme a rezar!”). Lejos del goce, el amor es descripto aquí como un desvarío –se desconoce si temporario– padecido ante el asombro del malevaje que, extrañao, mira sin comprender.

Otro caso de amor en tiempo presente lo aporta Celedonio Flores en Cuando me entrés a fallar. Flores elabora una visión en la que el amor contiene en su seno la traición como un elemento constitutivo, ineludible e irremediable, y es por eso que prepara los pertrechos para el momento aciago. La letra de este tango es una verdadera pirueta reflexiva que comienza en el elogio (“vos sos buena, no te cabe ni un reproche”), transita el piropo (sos “una estrella en lo triste de mi noche / una máscara de risa en mi pobre carnaval”), cae en el desasosiego (“entré a quererte por esa ley del destino / sin darme cuenta que estaba ya viejo para querer”) y culmina en la amenaza (“te quiero como a mi madre, pero me sobra bravura / pa’hacerte saltar pa’arriba cuando me entrés a fallar»).

La despedida, el momento en que el amor toca a su fin, es un hito que ha inspirado letras consagradas. Homero Manzi describe como nadie las contradicciones del adiós en el tangoFuimos (“Vete, ¿no comprendes que te estoy salvando? / ¿No comprendes que te estoy amando? / No me sigas, ni me llames, ni me beses, ni me llores, ni me quieras más”). Enrique Cadícamo subraya el costado romántico del final en Por la vuelta (“ninguna escena, ningún daño / solamente fue un adiós inteligente de los dos”) y en Los mareados se detiene en el momento exacto del quiebre logrando la famosa línea que enlaza el tiempo presente, futuro y pretérito (“hoy vas a entrar en mi pasado”). Homero Expósito se interna en las cuestiones del imposible: en Absurdo la sombra de la condición social se cierne sobre los amantes (“una casa era pobre otra rica / fácilmente se explica que no pudo ser”) y enAfiches es precisamente el amor el culpable del fracaso del amor (“yo te di un hogar / fue culpa del amor / dan ganas de balearse en un rincón”).

En el promedio de las letras de tango –qué duda cabe– las frustraciones amorosas  priman por sobre las dichas. Quizás por eso, entre tanto destino fatal de amores rotos, conviene repasar al Alfredo Le Pera de Por una cabeza. Le Pera sabe que si algún pingo llega a ser fija el domingo él volverá a jugarse entero y comprende que algo similar le sucede en las cuestiones del amor (“Cuantos desengaños, por una cabeza / yo juré mil veces “no vuelvo a insistir”, / pero si un mirar me hiere al pasar / sus labios de fuego otra vez quiero besar”). Es así que de la mano de la sabiduría burrera, Le Pera nos cubre a todos con un manto de alivio: a la fatalidad del fracaso se le opone, por suerte, la fatalidad de la esperanza.

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