En busca de una cultura del sentido

Veo en la literatura peruana tres grupos de autores jóvenes. Uno de ellos rechaza el realismo social e histórico de Vargas Llosa y Arguedas, así como el retrato urbano de Ribeyro. Estos jóvenes buscan una narrativa separada de la realidad, es decir que no debe ser valorada por criterios de la verosimilitud, la coherencia o la construcción de una historia lineal. El culto a la forma es esencial en estos autores. Iván Thays y Mario Bellatín son ejemplos valiosos de obras de esta tendencia, lo mismo que Luis Hernán Castañeda y Edwin Chávez. Estos escritores sitúan a sus personajes en un universo imaginario, aunque tome elementos del realismo. Sin embargo, están lejos de lo que se ha llamado literatura fantástica. Un lugar llamado oreja de perro de Thays y Salón de belleza, de Bellatin, son ejemplos magníficos de esta tendencia.

También hay una literatura más intimista que busca cifrar el ambiente del relato en las experiencias subjetivas, marcadas por relaciones de amor o de familia. En este campo, hay narradores como Johann Page, Patricia Miro Quesada, Jenniffer Thorndike y Alina Gadea que son de enorme interés. Los escenarios domésticos, vistos a través de una luz de la exploración interior, aparecen en sus obras con una luz convincente, de buena factura estética.

Por último, hay un grupo de autores que revalora la presencia de la historia y la sociedad, aunque la observa desde una óptica lírica y subjetiva. En ese sentido, me parece muy importante una novela llamada Ojos de pez abisal de Ulises Gutiérrez.

En estas tendencias hay una renuncia al retrato objetivo. En un universo poblado por un exceso de datos sobre la realidad, con el Facebook, el periodismo de Internet y la realidad misma acechándonos, me parece interesante y explicable este énfasis en la percepción lírica e interior.

Hace algo más de un año, el New York Times hizo una lista de los objetos que están entrando en desuso y recomendó a sus lectores que, si les era posible, pensaran en ir reemplazándolos. Entre estos objetos condenados a la hoguera de las novedades tecnológicas figuraban, a corto plazo, el teléfono fijo, la computadora de escritorio y, a mediano plazo, los celulares. Incluso el informe se permitía afirmar que un sistema tan antediluviano como el correo electrónico tenía poco tiempo de vida.

En el mundo de la laptop, el smart phone, el iPad, las variantes del libro electrónico, las redes sociales como el Facebook y el Twitter, estos sistemas son demasiado lentos y pesados para el deseo compulsivo de velocidad y de diversidad que nos gobierna. Los instrumentos que quedarán serán los más ligeros y los más veloces, en otras palabras, los que usen menos el lenguaje.

El libro sagrado de hoy, como es obvio, no es el libro que escribe un autor y lee un lector. Es un libro en el que el autor y el lector son intercambiables: la mayor parte de sus mensajes están hechos para ser registrados y olvidados. Su tema es la historia menuda de cada uno y sus frases son la abreviación y el dibujo. Me estoy refiriendo por supuesto al libro de los rostros, el Facebook, donde podemos ver la cara de nuestros interlocutores. Su verdad compartida es la de la vida cotidiana, lo que sus usuarios hicieron esa mañana, a qué concierto de rock planean ir y qué parejas se han unido esa semana. Sin embargo, en esa maleza verbal y visual, podemos encontrar también textos y entrevistas interesantes, que los medios tradicionales no reproducen.

El Facebook busca agresivamente a sus nuevos usuarios, manda mensajes y correos diciéndonos que hace tiempo que no estamos en sus filas. Es intenso y a la vez fugaz, perecedero y descartable pero siempre renovable. La emoción con la que los usuarios entran al Facebook todos los días se diluye por las noches y renace al día siguiente cuando han olvidado casi todo lo que dijeron. Ni la carga del pasado ni la responsabilidad del futuro que son tiempos densos pueden interrumpir el contacto fugaz del Facebook. Se trata, como bien dice Zygmunt Bauman, de una concepción puntillista del tiempo.

Hoy el Facebook tiene en el mundo seiscientos millones de usuarios cuando hay solo cuatrocientos millones de usuarios de computadoras y algo más de doscientos millones de teléfonos celulares. La exhibición de la intimidad en Facebook es un ejemplo del gran fenómeno de estas décadas: la difusión pública de la privacidad. En este contexto, no es sorprendente que la princesa de Inglaterra sea exhibida en topless y que haya programas de televisión que consisten en confesiones públicas.

Sin embargo, es obvio que la tecnología de Internet nos trae innumerables ventajas, entre ellas precisamente la de la velocidad. No hubiera podido escribir este texto sin la información que tenía a la mano gracias a Internet, por ejemplo. Debo reconocer también que yo mismo, tratando de preparar este texto, he hecho algo que nunca había pensado hacer. He abierto una cuenta en Facebook, donde he encontrado muchos mensajes que me habían dirigido sin yo saberlo. Sólo espero poder algún día salir de allí, para volver al mundo.

Un informe del diario El País llamado “Pienso, luego tuiteo” nos dice que se ha creado en el Twitter una pasión por el aforismo. Hay por ejemplo un grupo de cultores del doctor Johnson, que tiene treinta mil seguidores. Hay concursos de aforismos en el Facebook. El escritor mexicano Juan Villoro ha creado su propio blog de aforismos y de pronto ha tenido once mil seguidores. He leído un artículo en el que se señala a Montaigne como un precursor del Twitter.

Y sin embargo, no hay que olvidar que vivimos en un tiempo en el que hay más lectores de libros que nunca. Incluso los best-séllers de hoy han roto con todos los índices de ventas de otro tiempo. El Facebook y el Twitter no tienen por qué acabar con nuestra capacidad de leer y de reflexionar, siempre y cuando lleguemos a ellos con una formación y una curiosidad, al contacto con los libros, una costumbre que nunca debería perderse.

Si tuviéramos que distinguir entre la sabiduría, el conocimiento y la información, está claro que nuestra época privilegia esta última, entendiéndola como registro de datos sueltos. La idea misma del conocimiento se ha conservado sólo en los círculos científicos o académicos, donde ha dado lugar a la especialización. Un personaje de la vida cultural con una visión panorámica del mundo y de la cultura, alguien digamos como el historiador Eric Hobsbawm, que acaba de morir, sería imposible en esta cultura.

Lo mismo puede decirse de escritores como Jorge Luis Borges o Alfonso Reyes. Es una paradoja, porque hoy tenemos los instrumentos de acceso a un conocimiento integral, como en ninguna otra época. Las tecnologías de la investigación en cada campo se han desarrollado como nunca antes, empezando por la tecnología de las computadoras. Lo que no hemos creado es una cultura integral que les dé un sentido.

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