Empatía: miradas reveladoras

¿Por qué podemos identificarnos con otra persona? Algunos investigadores buscan la respuesta en la mirada de nuestros semejantes… y la de personajes virtuales.

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Experimentemos. Elija usted a una persona cualquiera; mírela e intente imaginar qué sucede en su interior. ¿Qué piensa? ¿Cómo se siente? En la mayoría de las personas surgirá de forma rápida­ y en cierta medida automática una impresión que percibirá también muy concreta. De hecho, a menudo creemos saber qué ocupa los pensamientos de otra persona, o si se siente bien o mal. De inmediato ajustamos nuestro comportamiento a esa idea formada. Cada dos por tres intentamos ponernos en el lugar del otro.
Esa impresión intuitiva y rápida que nos forjamos de la vida interior de otros individuos –Sigmund Freud acuñó para referirse a ella el término «empatía»– desempeña una importante función en la vida cotidiana; tanto es así que el pequeño experimento propuesto al inicio del artículo le habrá parecido, seguramente, casi banal. Empero ¿cómo podemos saber lo que otra persona piensa o siente? Los filósofos se refieren a dicho enigma como el «problema de la psique ajena»: las personas tenemos acceso solo a nuestra propia experiencia, no sin más a los pensamientos de los otros. En sentido estricto, no podemos asegurar que el o la otra posea una vida interior o un espíritu.
Sin embargo, presuponemos que la mayoría de los seres humanos piensan y sienten de forma semejante a la nuestra. Parece que llevamos en la sangre la capacidad de inferir el estado de ánimo momentáneo de nuestros semejantes a partir de unas cuantas impresiones efímeras.

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