Elogio de una fecunda insatisfacción

Julio de 1995. Mi compañero Pepe Mateos y yo somos dos bocas abiertas ante la inmensidad de la Puna. Fuimos a entrevistar a un gran escritor y la vida nos regala un guía turístico de lujo para esos pequeños pueblitos colgados de las montañas de colores y abandonados a la buena de Dios con el “ramal que para, ramal que cierra”. Héctor Tizón conduce su auto hacia la cima del mundo y nos habla; su voz tiene –tenía– el color de su origen y el sonido de una historia que lo antecedía en siglos. Todo en él estaba vinculado con esa tierra convertida en mito, entre otras cosas, gracias a la felicidad de su obra.

Quedará para nosotros el recuerdo de esa voz y de ese gesto tan suyo, puesto a recordar: el de la mano apenas apoyada sobre la sien; no, la mano, no, algunos dedos de esa mano. Quedará también la calidez de su relato, la maravilla de haberlo escuchado, no solo leído: Tizón era un gran narrador oral y practicaba en la charla una orfebrería tan valiosa como la que cultivaba en su prosa de hechizo y de nostalgia.

Tuvo muchas vidas y en todas mandó la literatura. En la del escritor que narró el pasado y el exilio como en la del cronista que entrevistó a Ramón Mercader –el asesino de Trotsky– en una prisión mexicana; en la del diplomático, en la del juez y en la del político “Yrigoyenista” que participó de la reforma de la Constitución, en el 94.

En Memorial de la Puna, esa delicadeza que nos regaló sobre el final, anunciaba que iba a dejar de escribir: “Ahora me doy cuenta más claramente que escribía porque la vida no me bastaba”. Sus lectores agradeceremos a esa fecunda insatisfacción.

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